Impedimenta recupera la fascinante y enrevesada ¿novela? que puso al escritor búlgaro en el mapa
De entre las muchas citas, algunas apócrifas, con las que Gueorgui Gospodinov abre su Física de la tristeza (Impedimenta) hay una que llama especialmente la atención: «Los géneros puros no me interesan mucho. No hay raza aria en la novela». Se trata de una observación muy pertinente y que funciona como declaración de intenciones. Porque si bien es cierto que, desde El Quijote, la novela siempre ha sido un género fronterizo, híbrido, aglutinador y un poco vampiro, un cajón de sastre en el que cabe todo, uno no sabe hasta qué punto Física de la tristeza encaja en esa categoría.
Estamos más bien ante un ejercicio de prestidigitación, un juego de espejos —mitad auto exploración, mitad memoria colectiva— estructurado de un modo fragmentario a partir de recuerdos familiares, reflexiones meta literarias, entradas similares a las de un dietario, apelaciones mitológicas y otros episodios más o menos confesionales, más o menos simbólicos, en los que detectamos algo así como una tentativa dirigida al autoconocimiento.
Un sumatorio de anotaciones dispersas dotadas de continuidad por una ‘conciencia narrativa’ que parece haber vivido varias vidas en diferentes etapas históricas y tener acceso a recuerdos ajenos. Se diría que uno de los grandes temas de este texto de difícil clasificación es, precisamente, la memoria. Incluso hay un capítulo concebido como «cápsula del tiempo para el lector posapocalíptico». Aunque tampoco el tiempo, aquí, transcurre de un modo lineal y constante sino que se condensa y se amalgama, plegándose sobre sí mismo.
La peripecia del protagonista se solapa con la de sus antepasados en una especie de bucle, con lo que, en lugar de encadenarse a un contexto histórico concreto, lo vemos transitar con naturalidad por varios a la vez. Son peculiaridades como éstas las que dotan de encanto a este peculiar artefacto narrativo. Un laberinto de voces y perspectivas levantado a partir de una especie de stream of consciousness múltiple y expandido, cuya gracia reside en que nos obliga a intentar desenmarañar la enrevesada lógica del propio texto.
En medio de ese enjambre sobresale la figura del abuelo, con quien el narrador establece una conexión profunda y, de alguna manera, infinita. Un personaje en cuya caracterización nos pa-rece encontrar guiños a Borges.
—Miguel Artaza

