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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

i una de estas abrasadas tardes abrimos una novela de Enid Blyton, saldrá de sus páginas una brisa fresca inglesa, de cuando en Londres se iba con chaqueta en invierno y en verano. Aunque habrán pasado muchos años, el milagro de la literatura hará que los protagonistas sigan siendo adolescentes y lleven a sus risueñas excursiones campestres cestas de mimbre con grandes pedazos de tarta de cerezas y cerveza de jengibre. Las de Enid Blyton son las vacaciones infinitas de la infancia en las que los relojes se blandean como en los cuadros de Dalí y bajo el entarimado de la casa de veraneo aparece la entrada a un pasadizo secreto que abre las puertas de par en par a la aventura. Pero en la edad adulta la luz fuerte de los veranos proyecta sombras y el calor funde hasta las buenas intenciones. Nos cuenta Mempo Giardinelli en Luna Caliente lo que le sucede al joven Ramiro, que llega a una casa en el Chaco en un verano asfixiante en plena dictadura argentina: el sudor le deshace la cordura como un caramelo derretido cuando ve a la bella hija de los propietarios, ¿una muchacha o una niña? El deseo lo abrasa. Albert Camus nos muestra en El extranjero que a veces echamos la culpa al calor de afuera, pero lo que arde está adentro. Es verdad que en esa playa de Argel hace calor, pero Mersault podría no haber regresado allí afuera a buscar lo que va a buscar y hacer lo que hace en esa tarde donde la violencia nace de un gesto y una mirada. Aunque para calor e incendios, provocados, los de la novela de Faulkner El villorrio, que sería llevada al cine como El largo y cálido verano: en el tórrido Sur de sus novelas nos muestra que no hay combustible más inflamable que la ambición. En Muerte en Venecia, el verano de Thomas Mann convierte la instagrameable ciudad de los canales en un lugar asfixiante e infeccioso donde las pasiones se convierten en obsesiones más fuertes que la propia muerte. Françoise Sagan en Buenos días, tristeza nos describe la vida a orillas del Mar Mediterráneo de un padre y una hija, que si alguien pasara deprisa por delante de la casa podría calificar de plácida, hasta que alguien llama al timbre y al abrirse la puerta,la luz lo ilumina todo de manera cruel. Hay veranos para irse a lugares remotos y veranos para reencontrarse, como el que propone la delicada novela de Tatiana Tîbuleac, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. Un artista que ha perdido la inspiración trata de reconciliarse con su madre en el que va a ser el último verano de ella a causa de una enfermedad. También hay veranos para la risa (y algo más) como en esa novela por entregas publicada por Eduardo Mendoza en el diario El País durante un verano que se convertiría en Sin noticias de Gurb. Gurb es un alienígena desorientado con tendencia a adoptar personalidades estrafalarias y armar el taco (especialmente cuando se transmuta en Marta Sánchez) en una Barcelona que todavía no sabe que está leyendo una historia premonitoria: después de las Olimpiadas, la ciudad acabará siendo invadida; aunque son terrestres, los guiris parecen de otro planeta. Aunque parece que el terror, como las naranjas, es fruta de los días gélidos del invierno, también hay veranos para el espanto. Si saca los billetes de las vacaciones Stephen King, el viaje va a ser de miedo, como en esa sofocante ola de calor de Cujo, que hace que la madre y el niño encerrados en el auto estén al borde de la deshidratación. Aunque seguramente el verano playero más sangriento nos lo sirvió Peter Benchley con su novela Tiburón, llevada al cine por Spielberg, cuando todavía tenía cosas que contar.

—Antonio Iturbe