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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Escribe Ioana María Stancescu: «En nuestra casa, el silencio servía para muchas cosas. Había pocas palabras, calculadas, lanzadas casi siempre a los demás por la parte afilada».



Que las heridas no cicatricen depende del silencio. No verbalizar el fraude y el dolor de una convivencia es un mal hereditario. Para los personajes femeninos de la novela de Ioana Maria Stancescu, el silencio es más potente que las palabras. Y esa potencia es hiriente, porque calla el daño, el perjurio, lo intratable del lenguaje cuando un matrimonio se erosiona demasiado en poco tiempo y sus secuelas afectan a toda la familia. El silencio dicta las órdenes y también las sentencias. Nada queda por salvar en unas relaciones que naufragan cuando la comunicación no existe y todo acto se inviste de convenciones, rituales y de una continua estrategia de improvisación para salir adelante como mejor se pueda.

Publicada por Impedimenta, Primero llega el silencio analiza el proceso interior de decadencia de una generación de mujeres que ha de hacer frente al oprobio que, desde la masculinidad y la propia sociedad en su conjunto, subyuga para crear una clase de vacío emocional que se hereda de generación en generación. Las consecuencias fatalistas de la guerra, el autoritarismo de un régimen que lastra la falta de libertadas, la exigencia de un contexto urbano en el que la presión laboral y las restricciones de derechos también acusan el progreso de realización personal de una mujer como Dora. Además, las relaciones fallidas a través de aplicaciones en Internet demuestran esa paradoja en la que el sujeto posmoderno convive: los avances tecnológicos y económicos no se corresponden con la completitud emocional de mujeres que necesitan los sentimientos como forma de plenitud vital o de conciliación con la existencia.

Sin embargo, para Stancescu, esta paradoja se complejiza cuando las protagonistas de la novela conviven con los traumas heredados por sus antecesoras, traumas que la invisibilidad social y relaciones sentimentales, inspiradas en la desigualdad y en la represión, se convierten en sangrantes estigmas. Dora y su hija van a heredarlos de su abuela sin que puedan hacer nada por evitar su emponzoñamiento en cada acción cotidiana. La novela refleja perfectamente las pequeñas ruindades que van sucediendo a diario en la biografía de cada una de estas mujeres y que van minando lentamente su autoestima y con muy poca capacidad de reacción.

Los problemas de integración de la hija de Dora no son más que un reflejo de experiencias afectivas incompletas de una madre que lucha por una supervivencia que el progreso enmascara y oculta a nivel colectivo. Stancescu desarrolla esta tipología de drama a lo John Cassavetes. La acción es mínima, porque le interesa subrayar el conflicto psicológico, la nociva inercia a la que tiende Dora con sus frustraciones y fracasos. Porque existe una mutilación emocional que lastra el personaje y se describe a través de la fluida prosa de Stancescu, a través de un contraste temático fundamental en la construcción de esa identidad tan contradictoria, a la que el tedio bloquea y arrastra a la inacción: el sueño frente a la realidad, el sueño con las aves y su lúgubre mensaje que acaba por cumplirse cuando Dora no termina de consolidar sus relaciones.

Los pájaros son un símbolo de esa escandalosa confrontación con una realidad asfixiante porque no se puede aspirar a mucho más pues la herencia de hogares que han sido celdas se queda ahí, carcomiendo, depredando sibilinamente cualquier intento de retomar una nueva relación. Todo se llena de un aire serio, de una resignación congénita, inherente a una naturaleza femenina que no termina de materializarse. Los hombres de la familia de Dora no han sido héroes de guerra, ni siquiera han sido espíritus combativos o propensos a iniciativas audaces. Las llagas que dejan no surgen de la violencia o la ira, sino de un sometimiento controlado, que se ha ido inoculando lentamente en el torrente sanguíneo de un matriarcado en ciernes, al que solo le queda soportar las consecuencias de ese inmovilismo que ni come ni deja comer.

El silencio se nutre de esa imposibilidad de actuar con convencimiento y se incuba en mujeres que se reúnen de vez en cuando sin nada relevante que contar, que fuman en la cocina a solas, que miran impávidas por la ventana, sin afán de ser protagonistas de una historia. Y esa pasividad marca de por vida y se contagia, mientras sencillamente pasa la vida.

—Manuel García Pérez