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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

«Creo que el legado comunista sigue estando muy presente en Rumanía, no solo a nivel político (la corrupción sigue formando parte de nuestra vida cotidiana), sino también a nivel humano», explica la escritora rumana para MUNDIARIO.

a publicación de Primero llega el silencio en Impedimenta reivindica a una escritora que pone de relieve la herencia invisible de muchas heridas que tienen que ver con la estructura política y social de las familias en Rumanía. En la siguiente entrevista, Ioana Maria Stancescu expone las directrices emocionales e intelectuales que la llevaron a escribir sobre el desorden afectivo de muchas mujeres rumanas que lastran las secuelas de una dictadura, cuyo alcance continúa vigente.

– En tu novela describes una sociedad matriarcal que intenta sobrevivir dentro de una estructura social que sigue poniendo las cosas muy difíciles a las mujeres. Me pregunto si la novela fue concebida desde el principio con esa intención reivindicativa o si prefieres que se lea simplemente como un relato intergeneracional de madres e hijas, en el que esa dimensión de crítica social permanezca en un segundo plano.

– Primero llega el silencio es, ante todo, una historia sobre la familia. Pero cuando hablas de la familia, acabas hablando, de alguna manera, también de la sociedad. Nací en 1975, en plena época del comunismo, en una época en la que la policía secreta controlaba cada movimiento, en la que había que tener cuidado con lo que se decía y con quién se hablaba, para no decir nada malo sobre el régimen o sobre Ceau?escu, cuando los abortos estaban prohibidos (recuerdo un verano en el que conocí a un niño huérfano, después de que su madre murió a causa de un aborto clandestino). Todas estas cosas permanecen en algún lugar de la mente y dan forma a la comunicación entre las personas y a las relaciones que establecen entre ellas.

– A lo largo de la novela existe un contraste muy marcado entre la forma en que distintas generaciones de mujeres afrontan la vida. Da la impresión de que, pese a las dificultades que tuvieron que soportar las antepasadas de Dora, es la mujer contemporánea la que acaba enfrentándose a los mayores obstáculos, a pesar de las ventajas tecnológicas y económicas de la sociedad actual. ¿Era ese un contraste que querías explorar de manera deliberada?

– Cuando creé a Dora, quise hablar del bloqueo al que se enfrentan muchas madres de la generación nacida entre los años 1970 y 1980. Esta generación de mujeres tiene una particularidad. Nacieron y crecieron en una época en la que los padres tenían toda la autoridad y, por eso, pasaron su infancia deseando crecer y poder hacer, por fin, lo que quisieran, lejos de las miradas críticas de la familia. Pero han acabado siendo madres en una época en la que los hijos tienden a mandar y a tener el control. Se trata de una generación de madres extremadamente vulnerables, que cometen un error tras otro, atrapadas entre la autoridad de sus padres y la de sus propios hijos. No creo que tenga que ver con la modernidad, sino con la fragilidad de unos adultos que no han recibido todo el amor que hubieran deseado.

– En la novela, el mundo del sueño está presente de forma constante. Los sueños adquieren una dimensión premonitoria, inquietante y de mal augurio, y las aves aparecen una y otra vez. ¿De dónde nace esa referencia continua a los pájaros como símbolos de la fatalidad?

– Empecé a trabajar en esta novela durante la pandemia, en pleno confinamiento. Vivo en un barrio relativamente tranquilo, con muchos árboles en las aceras frente a mi bloque. Salía al balcón con una copa de rosado y miraba a mi alrededor. Se había llenado de cuervos. Tengo fobia a los pájaros, sobre todo a los grandes, desde que vi la película de Hitchcock. Pero lo que me llevó a convertir a los pájaros en un símbolo fue una escena de la que fui testigo una noche. Un cuervo se posó en un coche, acechó a una paloma y luego la atacó y la mató. Como una enfermedad. Me quedó tan grabada en la mente esa sensación de crimen que necesité liberarme de ella convirtiendo a los cuervos en un personaje.

– Las redes sociales y las nuevas tecnologías forman parte de la vida de Dora y de su hija. Desde tu punto de vista, ¿hasta qué punto representan una ventaja o, por el contrario, un obstáculo a la hora de construir relaciones sentimentales auténticas? Creo que la novela ofrece una respuesta muy clara a esta cuestión a través del personaje de Dora.

– Aquí tengo una historia. Cuando empecé la novela, tenía una amiga que se había enamorado de un hombre en Facebook. Un hombre al que nunca había conocido y al que nunca iba a conocer, porque vivía en otro país. Cuando le pregunté qué pensaba hacer, me dijo que quería pasar la pandemia con alguien. Necesitaba un fantasma. La historia de Dora y Toma no es una historia de amor, sino una historia sobre la necesidad de amor. Tener algo en qué pensar y algo en lo que esperar. Creo que esa es la clave para una vida plena. No todos necesitamos la realidad para vivir bien.

– ¿Hasta qué punto eres de las autoras que permiten que su propia biografía se filtre en la construcción de la trama y las subtramas o en el diseño de los personajes?

– Creo que, en cierto modo, todos los autores dejan que su propia vida se refleje en sus libros. Mucha gente me ha preguntado si la madre de Dora es, en realidad, mi madre. No lo es; tengo una relación extraordinaria con la mía, hablamos mucho, compartimos historias y, sobre todo, nos reímos a carcajadas juntas. Mi madre es la persona más alegre y optimista de mi universo. Pero eso no significa que no discutamos. Y cuando discutimos, probablemente acabo adoptando algo del tono de Nina, la madre de Dora. Cuando escribí este libro, mi hija ya era mayor, estaba en el último curso de bachillerato.

Sin embargo, recordé las tensiones que había entre nosotras cuando tenía la misma edad que Flavia, la adolescente del libro. Me costó mucho trabajar con ese personaje. Temía ser injusta con ella y ponerme del lado de la madre sin quererlo. Supuso un gran esfuerzo de empatía por mi parte ponerme en la piel de una adolescente y pensar en cómo ve ella el mundo y cómo ve a esa madre envuelta en el aburrimiento y la inactividad.

– No sé hasta qué punto la novela refleja la situación social de las mujeres en Rumanía. En ese sentido, ¿crees que la herencia de los regímenes autoritarios y la relativamente reciente apertura política siguen influyendo en los roles sociales que se atribuyen a las mujeres jóvenes en Rumanía?

– He respondido sin querer al principio de nuestra entrevista, pero voy a intentar desarrollar un poco la idea. Creo que el legado comunista sigue estando muy presente en Rumanía, no solo a nivel político (la corrupción sigue formando parte de nuestra vida cotidiana), sino también a nivel humano. Seguimos siendo una sociedad patriarcal, en la que las mujeres sufren discriminación, son víctimas de agresiones, se las asocia a los roles de madre y esposa, y se las valora en función de las tareas que realizan y los sacrificios que hacen. Mi primera novela, «Todo lo que le prometí a mi padre», trata este tema con mucho más detalle. En ella se trata de una mujer que, en una situación de crisis, acaba liberándose brutalmente de todas las ataduras, desesperada por reencontrarse a sí misma. Volviendo al libro que nos ocupa, aquí la historia de Dora no trata necesariamente de los roles de la mujer en la sociedad, sino más bien de las relaciones familiares, de la soledad en las parejas y en nuestras vidas.

– La novela deja muy claro que las heridas afectivas se heredan y condicionan a las generaciones posteriores. Comparto plenamente esa idea. ¿Hasta qué punto el acto de escribir te ha ayudado a sanar algunas de esas heridas?

– Cuando escribo, no lo hago para sanar algo en mi interior, sino más bien para explicarme ciertas cosas. Al reflejarlo en el papel, todo se aclara en mi mente; a medida que voy creando situaciones y personajes, y busco las palabras adecuadas, acabo llegando a ese núcleo de verdad que ha dado origen a toda una historia. Ese núcleo es lo que me interesa de la escritura. ¿Qué hay en la mente o en la vida de esa persona (en mi caso, de ese personaje) que ha provocado tal reacción? Es un ejercicio de empatía, uno que requiere mucho esfuerzo y mucha paciencia. No soy una escritora con mucha imaginación, no podría escribir novelas de aventuras o de intriga. Soy una escritora de estados de ánimo. Digo lo que otros no logran decir o no quieren oír. Pongo los silencios en palabras.

Para terminar, me gustaría dar las gracias a la traductora Marian Ochoa de Eribe. Me he sentido privilegiada al saber que mi libro estaba en tan buenas manos. Gracias tambien a la editorial Impedimenta por toda su atención.

—Manuel García Pérez