En esta entrega de La Carta Noir apostamos, entre otros libros y series, por Lobo, de Adolfo García Ortega; por el premio Cervantes Sergio Ramírez y creaciones como Sugar, ese extraño detective de Los Ángeles
Esperamos que resistas a esta interminable sucesión de olas de calor en la playa, la piscina, el río o en algún lugar lo suficientemente exótico como para que estas infernales temperaturas te den igual.
Para esos momentos de calma y brisa te traemos nuestras recomendaciones mensuales de buenas historias negras: crímenes de todo tipo, personajes a evitar y misterios sencillos para estos días tranquilos. En este número citamos a Sergio Ramírez, el reciente Premio Cervantes, con una de sus novelas negras.
Y también a Adolfo García Ortega, con un tremendo híbrido de noir y terror -con una entrevista muy interesante- junto a Mark Frost, el guionista de David Lynch en Twin Peaks- que está siendo reeditado en España. Y hay mucho más: cuentos de Lee Child, Maigret y crímenes resueltos por ovejas. Uno empieza a leer Lobo y cree que se encuentra ante una novela policial clásica -tras un incendio en el metro de Madrid aparece un cadáver-.
Pero el libro avanza y se van descubriendo nuevas historias dentro de historias, y lo que sería una novela negra se va convirtiendo en algo más intenso, más poderoso, donde se mezclan el terror y el amor desgarrado. La historia comienza con un cadáver que aparece tras un incendio en el metro de Madrid, pero va creciendo con nuevos crímenes.
Esta novela de Adolfo García Ortega fue publicada en el año 2000 y ahora ha sido reeditada por Galaxia Gutenberg. Es una muy buena noticia. El libro es una lección de cómo coger el canon de la novela negra y multiplicarlo con giros que mantienen atrapado al lector. Como afirma el propio escritor en la entrevista que publicamos, es esta una novela de «muñecas rusas: se parte de un policiaco frío y científico para dar un giro hacia una vertiente de terribles crímenes que, a su vez, encierran una historia de amor que congela la sangre».
Te gustará si quieres disfrutar de un relato poderoso y de una lección de cómo transformar la novela negra en arte con mayúsculas. Sergio Ramírez es un gran escritor y, para los aficionados al noir, es una bendición que continúe con la saga del inspector Morales. En esta novela, recordando las maldades de Leonidas Trujillo -el dictador dominicano- y su familia, nos plantea un whodunit en un velero de lujo, propiedad de un rico empresario que es asesinado.
La investigación realizada dentro del barco anclado en el mar es minuciosa y personalizada, en la que todos los pasajeros tienen un motivo para el crimen. El pasado de los protagonistas, sus intereses económicos y sus mafiosos comportamientos van apareciendo hasta que Morales descubra quién es el asesino y lo que hay detrás de él.
Te gustará sí te gusta la buena literatura con una trama clásica, donde el detective tiene que averiguar «quién ha sido»; lo vas a pasar muy bien. Aunque la autora es finlandesa, vive en Islandia y su novela transcurre allí.
El nordic blue, nuevo subgénero noir, se abre camino y nos muestra tramas criminales envueltas en unos paisajes fantásticos y con unos protagonistas que tienen mucho que contar de su vida y sus relaciones personales. El resultado es muy bueno. La inspectora Hildur es media novela y se agradece; está muy lograda y la quieres siempre en escena. Se trata de una policía que vive y ejerce su investigación en unos remotos fiordos lejos de Reikiavik, con una escasa población.
La naturaleza, los colegas y los buenos amigos son los protagonistas de esta trama criminal, con Hildur siempre al frente Te gustará si te gusta que los casos vengan acompañados de un entorno natural espectacular y unos personajes con los que congenies; lo vas a pasar muy bien. A Mark Frost le debemos Twin Peaks.
Él fue el autor capaz de coger la fantasía onírica de David Lynch y transformarla en una serie de televisión que se ha convertido en un clásico y se ha intentado copiar en centenares de libros y series… sin éxito. En España acaba de reeditarse El sexto mesías, la segunda parte de La lista de los siete.
En estas obras, Frost convirtió a Arthur Conan Doyle en su personaje principal, enfrascado en una historia de misterio y terror sobrenatural, con compañeros tan interesantes como él. El sexto mesías es una aventura en la que el creador de Sherlock Holmes viaja a Estados Unidos para promocionar sus libros y allí se ve envuelto en una trama con robos de libros, monjes japoneses, magos indios, cabalistas judíos, cazarrecompensas del far west y actrices de vodevil.
Es un pasatiempo fabuloso. Te gustará si quieres una novela adictiva que se sumerge en el terror y en los personajes históricos. Guardaespaldas, espías, detectives, sicarios, agentes del FBI, asesinos… Los protagonistas de estos relatos del reconocido maestro del crimen Lee Child no siempre respetan -más bien al revés- el código moral de las novelas de Jack Reacher (obligado recordar a Tom Cruise en sus dos películas de Jack Reacher).
La ausencia de Reacher en estos relatos permite al lector conocer a uno de los escritores de thriller más aclamados. Las historias, publicadas entre 2004 y 2020, podrán estar más cercanas al noir o al thriller, pero ninguna desentona. «Bastante seguro» es una historia impactante sobre asesinato y traición que se guarda -como todo buen relato de misterio- una sorpresa al final.
Aunque el lector prefiera los relatos cortos de Harry Bosch (Michael Connelly es un maestro), el libro se lee con facilidad y tiene unas cuantas historias verdaderamente buenas. Una ocasión para acercarse al género del relato corto en la novela negra de la mano de uno de los autores más reconocidos del thriller.
El cozy mystery o cozy crime cada vez tiene más lectores y nos encontramos ante una buena y entretenida novela.
Situada en la Auvernia francesa, un grupo de libreros independientes se ha unido para defender sus intereses. Pero ya son tres los que han sido asesinados: un asesino en serie parece estar detrás de los crímenes. Un joven periodista investiga el caso mientras va derrumbando los obstáculos con los que se va encontrando.
Nos encontraremos con el mundo de las librerías, con sus problemas y su futuro incierto ante Amazon y otros, acosado por un asesino sin piedad. Te gustará si te gusta el noir sin truculencias. Crimen bajo la tramontana es, en efecto, un crimen bajo la tramontana. Representa un ejercicio literario atmosférico y geográfico que entronca con ese subgénero dentro del noir donde el entorno físico es un personaje en sí mismo.
En este caso es el Mediterráneo, Palamós, donde aparece un cadáver flotando y se desencadena una trama multicapa de misterios entrelazados, asfixiantes en ocasiones. La autora, una barcelonesa formada en sociología y periodismo que ha ejercido como guía turística, transforma un enclave apacible en un lugar cargado de secretos y sombras amenazantes.
La protagonista es Cecilia Soler, una expolicía residente en el Empordà que ejerció durante 25 años como subinspectora y arrastra el recuerdo de 98 muertos, 98 investigaciones. Demasiadas. Aunque ella no lo quiere, termina implicada en la nueva investigación. Terca, luchadora, obstinada, le pueden esas preguntas que surgen sin quererlo en la mente de una investigadora veterana.
Para su segunda novela, Mireia García se apoya en fundamentos sólidamente probados del género: una intriga que avanza hacia los rincones oscuros con más curvas que la costa catalana, una protagonista compleja y un conjunto de historias adyacentes que alimentan la principal. La escritura es absorbente, directa, magnética.
Atrapa y caza al lector. Un thriller encajado en una novela muy mediterránea, concebido para disfrutar y leer del tirón en una tarde de playa o en un café frente al mar. Sin olvidarse de echar la mirada a la espalda de vez en cuando si sopla el famoso viento del Empordà. Te gustará si quieres una buena novela con sabor mediterráneo.
Con acierto, la editorial Muñeca Infinita ha reeditado esta magnífica novela de Donald E. Westlake, uno de los grandes escritores de noir. Con una gran obra literaria a sus espaldas y premiado en numerosas ocasiones, en El despido Westlake nos adentra en la angustia de un hombre que ha sido despedido de su empresa, en la que trabajaba desde hace treinta años, por motivos de producción y rentabilidad.
Burke Devore, el protagonista, busca trabajo y decide eliminar a la competencia limpiándoles el forro. Estamos ante un thriller psicológico en el que el mundo laboral y sus injusticias acompañan a los protagonistas. La brillantez y la sátira del protagonista jalonan la novela, en la que la trama criminal es impecable.
Con la dirección y guion de Pascal Bonitzer, es una magnífica ocasión para recuperar -o conocer, en su caso- la novela de Georges Simenon escrita en 1960 Maigret y los ancianos.
Escrita 30 años después de su primera novela, es una obra crepuscular en planteamiento y mensaje. Comedida, basada en la riqueza de sus diálogos y buscando la resolución del caso en la última escena. Con una sobriedad sutil, la historia del asesinato de un ya anciano exembajador -acribillado de cinco tiros- y descubierto por su también anciana ama de llaves conduce a Maigret a una investigación que va más allá de un crimen político o social al aparecer la correspondencia amorosa mantenida durante décadas por el asesinado con la princesa de Vuynes, cuyo marido, en una extraña e increíble coincidencia, acaba de fallecer.
El título original, Maigret y el muerto enamorado, habla del paso de los años -también de Maigret-, de recuerdos y de amor. No es un thriller trepidante, sino una pulcra transposición a la gran pantalla de una de las mejores novelas escritas por Simenon en sus últimos años. El Maigret de Bonitzer es mayor, distinto física y psicológicamente al que hemos conocido en series y películas.
Abrigo, sombrero y pipa permanecen, pero su espíritu, incluso su capacidad deductiva -con un final distinto a la novela-, es más sutil. Una película que agradará a los seguidores de la novela policíaca clásica y permitirá a los seguidores de Maigret descubrir una nueva versión del personaje. La segunda temporada del improbable extraterrestre convertido en John Sugar (Colin Farrell), que quiere ser humano mientras ejerce de detective privado en Los Ángeles -cuyas avenidas recorre en un Corvette Stingray clásico, embutido en su impecable traje a medida-, interactúa como el detective Philip Marlowe.
Sugar estudia la Tierra viendo películas de cine negro y el espectador -gracias a Sugar- vuelve a la atmósfera noir de los grandes títulos de Humphrey Bogart. En esta temporada, el aspirante a boxeador Danny Moon, interpretado por Jin Ha (un inmigrante coreano), quiere que encuentre a su hermano desaparecido. Sugar se ve envuelto en problemas con pandillas callejeras latinas y un policía corrupto, contrata a una ayudante y conoce a una bella y sensual mujer. Una recreación entre melancólica y sorprendente del noir clásico, con un Sugar más creíble -aún- en su papel de detective privado crepuscular, carismático, sensible y torpe en ocasiones.
Una serie imprescindible para quienes vieron y disfrutaron la primera temporada.
Una ráfaga de aire fresco para el noir. El cozy crime escrito por Leonie Swann ha dado el salto a la gran pantalla y ahora al salón familiar presentando un «quién lo hizo» simpático y bien construido. George (Hugh Jackman) es un pastor que cada noche lee novelas policíacas a sus queridas ovejas, convencido de que no pueden entenderlas.
Pero un crimen alterará la vida del rebaño y las ovejas se convertirán en detectives siguiendo las pistas e investigando la conducta de los humanos. Un enigma encantador y bien construido. Hugh Jackman y Emma Thompson encabezan el reparto y la historia aporta ternura y sonrisas dentro de la investigación.
El amor y el dolor por la pérdida son tratados con respeto y pulcritud. Y la investigación detectivesca de tres ovejas entre un variopinto elenco de sospechosos atrapa al espectador, que no pierde la sonrisa. El ingenio y ese aroma british a la Agatha Christie atrapan al espectador sin convertir la función en parodia.
Una propuesta inteligente. Una película detectivesca para ver en familia. Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958) ha escrito algunos de los libros indispensables de la literatura española. Hay tantas obras favoritas de este autor como lectores, pero ahí están Pasajero K, Una tumba en el aire -una obra imprescindible sobre el terrorismo de ETA-, La luz que cae, El comprador de aniversarios, entre otras.
Ádemás, acaba de publicar Falsarios, una crónica hipnótica sobre la Luna y sus fanáticos. En Lobo, García Ortega ofrece una lección magistral del arte de la narración y de los caminos que puede transitar el noir. Ha creado una mezcla de géneros: el negro, el terror, pero también el amor desgarrado. En cierto modo, sí.
Mis libros, en general, responden a la ficción literaria, donde se da cabida a géneros y subgéneros, siempre desde la perspectiva propia de la literatura, que es mostrar un mundo simbólico a través de una aventura, de una transformación.
Y como no me gusta la tendencia actual a la clasificación y parcialización, lo que hago es mezclarlo todo. Esta categorización por géneros es una práctica insana de los editores. Los lectores leen las buenas novelas, sea cual sea su género. En el caso de Lobo, es como unas muñecas rusas: se parte de un policiaco frío y científico para dar un giro hacia una vertiente de terribles crímenes que, a su vez, encierran una historia de amor que congela la sangre.
Si la reedito ahora es porque creo que se adelantó a su tiempo y ahora puede mostrar toda su fuerza precursora y narrativa. En el fondo, es una novela de varios géneros y también una novela muy literaria. Hay incluso un eco de un Jack el Destripador a la española. Hay una atmósfera constante de amenaza latente, de la presencia de un depredador.
Los crímenes de la novela tienen un aire de otros tiempos, porque son todos de prostitutas de mediados del siglo XX, y remiten a un modo de hacer propio de un asesino en serie.
Qué motiva a ese asesino y qué descubre el policía que tuvo que investigarlos: he aquí los puntos clave de la novela. Busqué, en todo momento, que fuese inquietante, que sorprendiera al lector tanto como a los protagonistas que van haciendo la investigación, hasta llegar a un punto en que todos, personajes y lectores, avanzan inmersos en una tremenda duda: la de si lo que están sabiendo y leyendo puede ser real.
Como en todas sus novelas, existe una débil frontera entre la realidad y la fantasía. ¿Existieron esos crímenes del Retiro de los que habla? Mis novelas, como usted conoce, son muy distintas, tal vez porque toda la vida he querido ser libro y no escritor. Lo sigo queriendo ser. Pero en buena parte de mis novelas tiendo a crear una ficción seductora, sugestiva, en la que la realidad cede el paso a lo asombroso, pero no a lo inverosímil, siempre en aras de que las historias que se cuentan sean sorpresivas, novedosas y, sobre todo, fronterizas con lo fantástico.
Lo que los escritores aportamos a los lectores es un plus de imaginación: les abrimos la puerta a un territorio donde ellos son espectadores privilegiados, donde puedan leer como si estuvieran viendo. El realismo, a palo seco, lo que produce es una incredulidad mayor en el lector que cuando se le brinda la opción de imaginar lo que el texto invoca.
En mi novela, esos crímenes del Retiro no existieron en sentido histórico, pero son absolutamente reales en el dominio de la ficción; tanto que su existencia es lo de menos: lo importante es que pudieron ser como se cuentan. Sus dos policías no son nada heroicos.
Son unos hombres sobrepasados por una investigación que, en cierta manera, no comprenden. La novela empieza de una manera, con dos inspectores buscando la identidad de un hombre desaparecido, y, de pronto, la historia se precipita por un abismo inesperado. Allí surge la figura de otro inspector anterior, de treinta años antes, que revela algo inaudito. Por tanto, hay tres figuras detectivescas que desgranan los acontecimientos con perplejidad y, finalmente, temor.
Creo que en toda novela negra que se precie los detectives han de representar al lector o a la lectora y aportar temor. Van comprendiendo a medida que se va desvelando el misterio. O el horror.
U sted describe una relación que hoy podríamos definir como tóxica o quizás algo peor. De fondo, en efecto, en el núcleo de la novela, está el amor, pero de una intensidad que produce escalofríos. El amor en su deriva patológica, deformada. Se metaforiza un tipo de relación amorosa tóxica, malvada, más común y extendida de lo que suponemos.
Porque, además, toda relación amorosa auténtica siempre pasa por fases de terror, de miedo, de incertidumbre para con la pareja. ¿Somos siempre quienes somos o parecemos ser? ¿Tenemos dentro a un monstruo al que dominamos o es ese monstruo quien nos acaba dominando alguna fatal vez? Y cuando lo hace, ¿qué ser surge de nosotros? Bueno, la novela, al final, trata de denunciar, de un modo bastante cinematográfico, un amor posesivo, una relación de violencia machista.
O algo peor: la mente de un ser malvado en estado puro. Pero, ¿por qué no?, tal vez sea algo más que un hombre. Sin destripar la trama, hay una sensación de fatalismo que sobrevuela el libro. ¿Cree que para los personajes no hay redención? Quizá el fatalismo responda a una idea que surge desde el primer párrafo: cuando hay un misterio, su resolución siempre será traumática.
Pero seguimos leyendo porque nos posee el deseo de querer saber, de tener certezas, incluso el morbo por averiguar cómo fueron determinados hechos que erizan la piel. Todo misterio conduce al mal. Y creo que eso es lo que, inconscientemente, los personajes masculinos de mi novela saben sin terminar de reconocer.
Es más, quizá lo que fascina de los thrillers o de las novelas de misterio o negras es ver el trayecto del ser humano por el camino del mal hasta su absoluta autodestrucción. Por eso este tipo de novelas expresan también la realidad de los seres humanos. Estamos perdidos porque siempre erramos el camino, incluso los santos, que son malvados a su manera.
Robert Towne falleció hace dos años, el 1 de julio de 2024, y con él se fue uno de los guionistas que configuraron el cine de los 70. El buen cine de los 70. Entre otras películas, Towne escribió el guion de Chinatown -y también su secuela menor, Los dos Jakes-. Uno de sus grandes momentos tiene que ver con El padrino.
Coppola le llamó para pulir el guion de la primera entrega de la saga y Towne le entregó el diálogo -ya mítico- en el que Vito Corleone le explica a su hijo y heredero cómo defenderse de la inminente traición que va a sufrir su familia. Recordemos: «El que venga a proponerte una reunión con Barzini, ese es el traidor».
Towne escribió películas de todo tipo, ya que se le consideraba un maestro arreglando errores de guion y encontrando soluciones narrativas. Tom Cruise le debe algunas historias de la franquicia Misión Imposible, pero también escribió Yakuza, en la que Robert Mitchum está fantástico. Entre otras películas dirigió Tequila Sunrise, una historia negra con un triángulo amoroso en cuyo vértice se sitúa una brillante Michelle Pfeiffer.

