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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)


Al escritor y traductor Adolfo García Ortega (Valladolid, España. 1958 A.D) le conocí, literariamente, en el año 2020 A.D cuando leí «Una tumba en el aire» (Galaxia Gutenberg, 2019), uno de los libros más estremecedores que se han escrito en España, al menos, en el último siglo, donde narra el secuestro, martirio y desaparición de tres jóvenes gallegos en el País Vasco a manos de la organización terrorista E.T.A., José Humberto Fouz Escobero, Jorge Juan García Carneiro y Fernando Quiroga Veiga. Un libro que debiera leer cualquier persona que, políticamente, sea algo decente.

Ahora lo vuelvo a descubrir con «Los falsarios», un libro completamente diferente al anterior y que la mejor manera que encuentro para describirlo es que se trata de artefacto literario híbrido —novela, ensayo y juego erudito. (El que no lo haya leído sus anteriores libros es culpa única y absolutamente de quien esto pergeña).

La narración arranca el 24 de julio de 1969, cuando el teniente Thorndike, hijo de relojero y obsesionado por el tiempo, aguarda el regreso de los tripulantes del Apolo XI. Ese momento marca el fin de la Luna como territorio de evasión, nostalgia y fantasmagoría. A partir de ahí, García Ortega despliega un desfile de visionarios, poetas, charlatanes y falsificadores que, en su momento, poblaron el satélite de civilizaciones imaginarias, ciudades al estilo de París, selenitas alados, vespertillos agresivos y castores gigantescos.

Heredero del espíritu de Umberto Eco, Georges Perec, Marcel Schwob y Jorge Luis Borges, uno de los aciertos del libro (o no, según para qué lectores) es la mezcla de documentación histórica (John Herschel, Julio Verne, el abate Marchena, Horace Walpole) y fabulación (Émile-Marie Wolf), donde lo real y lo ficticio se entremezclan con alegría pornográfica.

La prosa de Adolfo García Ortega es elegante, amena y erudita, pero sin caer en la pedantería de tantos de sus colegas; y el tono de la obra bascula entre lo delirante y lo digresivo, que invita al lector que entra en el juego que propone el autor a dejarse confundir gustosamente.

Pero en el fondo de la novela hay una idea muy seria; a pesar de no ser una novela convencional de trama lineal, lo que «Los falsarios» viene a demostrar es que la ciencia no desactiva, necesariamente, el mito, para demostrarlo aquí se presenta parte de la leyendas que se construyeron a lo largo de los siglos en torno a la luna.

Y para demostrar fehacientemente la tesis de este relato vale observar las actitudes de muchas personas en torno al eclipse solar total que tuvo lugar en parte de España el 12 de agosto de 2016 A.D., justo el día que se publicó este nota.

Vale.