Al hablar de Croacia vienen dos nombres a la mente: Davor Suker y Luka Modrić, leyendas del fútbol, pero también del Real Madrid. Y justo con esas figuras comprendemos un poco el drama de lo que ha sucedido en esa región. Suker, alejado de sus amigos de la infancia, a los que le exigían que de pronto los odiara; Modrić, quien vio como sus vecinos mataban a su abuelo. Una guerra civil, fratricida, que estalló cuando no decían que la Historia había terminado. Comprender la realidad social que emergió de las cenizas de la antigua Yugoslavia tras el colapso del comunismo y la devastadora guerra de los años noventa es una tarea casi imposible para quien no la haya vivido.
Sobre ese mundo derruido, donde sus habitantes luchaban a duras penas por sobrevivir y mantener la dignidad que un día tuvieron, el escritor croata Robert Perisic sitúa El último artefacto socialista. La novela, bordeada por la comedia negra y el reportaje periodístico, no es solo una radiografía de una sociedad que intenta resurgir de sus cenizas, sino un afilado análisis sobre el shock que supuso pasar de una economía cerrada y planificada a la brutalidad de una economía de mercado abierta.
El panorama de las nuevas repúblicas es desolador. Perisic nos lleva a una anónima ciudad de provincias llamada “N”, un lugar en decadencia, sin cobertura y atrapado en una tierra de nadie. Es un universo cerrado donde el tiempo parece haberse detenido y el futuro se resiste a tomar forma. Sus habitantes son supervivientes de un país que ya no existe, refugiados en el bar El lago azul, donde aún suena música de los ochenta como un mecanismo de defensa para sostener la ilusión de un pasado en el que fueron felices. En este contexto, las familias se rompieron, las industrias se desmantelaron y el porvenir se convirtió en quién sabe qué. Una incógnita, una entelequia, un disparate.
Es en este escenario donde nos presentan a Oleg y Nikola, dos primos dispuestos a sacar rédito de las desgracias ajenas. Animados por dar el golpe de su vida, ese que les permita concluir la universidad, retirarse, ponen en práctica una máxima cínica de su particular manual de la globalización: el capital viene, coge lo que necesita y se va. Disfrazados de inversores, su plan es resucitar una antigua fábrica de turbinas —símbolo de una vida obsoleta— para proveer a un dictador norteafricano.
La genialidad de Perisic reside en cómo retrata la transición económica. Los habitantes de la ciudad “N”, acostumbrados a la economía de supervivencia, ven en la reapertura de la fábrica una oportunidad de recuperar su valía. Sin embargo, se topan con una amarga paradoja que define la tragicomedia de la transición: teníamos mercado mientras no había mercado… luego, cuando llegó el mercado, nosotros dejamos de tener mercado. Los primos intentan capitalizar la empresa proponiendo un modelo de autogestión inspirado en el pasado socialista. Es la añoranza de un sistema que, pese a sus deficiencias, daba estructura y propósito a sus vidas. Porque, como apunta la novela con lucidez, en los antiguos países socialistas nadie planeaba ser un cretino en paro en el capitalismo. Al contrario, todos querían el sueño de ser ricos. La gran trama, pues, apunta a la memoria, pero también al olvido. Nadie quiere acordarse ya de esos días.
El proyecto, naturalmente, se descontrola. Las viejas máquinas fallan, los salarios no se pagan y la supuesta prosperidad capitalista reabre viejas rencillas y enfrentamientos sangrientos. Perisic construye un fresco humano caleidoscópico, una fanfarria peligrosa donde el que piensa en crear artimañas no ve que estas terminarán volviéndose en su contra.
Bajo la capa de humor negro y crítica social late un canto desesperado a la dignidad humana. Los trabajadores, deciden terminar la turbina a pesar del desastre circundante. El diagnóstico final es muy conmovedor. ¿Por qué terminar algo que ya no tiene sentido? Precisamente, por eso, para al menos terminarlo.
El último artefacto socialista es, en definitiva, un retrato magnífico de los principios del siglo XXI. Nos recuerda que, entre los escombros del socialismo real y los espejismos de un capitalismo globalizado, el deseo último del ser humano sigue siendo que su vida y su trabajo tengan algún sentido.
—DAVID MARKLIMO

