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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

«Primero llega el silencio» (Impedimenta), una novela de la escritora rumana Ioana Maria Stăncescu que explora los vínculos entre madres e hijas, el peso de los traumas familiares y la dificultad de romper con aquello que parece escrito de antemano.


Hay silencios heredados difíciles de llenar. Sobre esta idea, la escritora rumana Ioana Maria Stăncescu construye su segunda novela —la primera publicada en español—, Primero llega el silencio (Impedimenta), una narración que explora los vínculos entre madres e hijas, el peso de los traumas familiares y la dificultad de romper con aquello que parece escrito de antemano. A través de Dora, una mujer que intenta recomponer su vida mientras lidia con una hija adolescente que comienza a alejarse y con una madre con la que apenas consigue entenderse, la autora traza un retrato tan ácido como conmovedor de las heridas que dejan las palabras no dichas.

Ioana Maria Stăncescu nació en Bucarest hace cincuenta y un años. Antes de convertirse en locutora en Radio Rumania Internacional, estudió Lengua y Literatura Francesa en la universidad de su ciudad natal. Su debut narrativo se produjo con Todo lo que le prometí a mi padre, una novela que fue premiada con el Premio del Festival de la Primera Novela de Chambéry y nominada a los premios Sofia Nădejde, consolidándose como una de las voces más atractivas y de mayor peso en lengua rumana. Con motivo de la publicación de su primera novela en español, Librújula le ha enviado un cuestionario para que reflexione sobre algunas ideas expresadas en su libro.

El silencio es un escudo que no dura para siempre; llegado el momento, se convierte en una carga, en dolor, en violencia.

Exacto. Cuando era pequeña y mi padre se enfadaba conmigo, no me reñía, sino que dejaba de hablarme. Silencio absoluto. La situación era violenta porque cortar la comunicación con un ser querido es una forma de abandono. Se condena a esa persona a la indiferencia y a la soledad. Para los seres humanos, el lenguaje es vital. Si se nos priva de él, nos volvemos invisibles. Dejamos de existir.

Usted ha publicado dos novelas y en ambas comparte una intuición similar: en la familia se construyen las grandes preguntas sobre la vida.

Me atraen las historias íntimas y creo que la intimidad se construye en el seno familiar. Me siento especialmente vinculada a mi infancia; de hecho, creo estar de algún modo viviendo aún en aquella época. Las historias familiares, sobre todo las relaciones parentales, me permiten explorar todo aquello que permanece sin decirse, como la soledad o los miedos; es decir, todos esos sentimientos a los que nos enfrentamos y que, por lo general, se originan en un pasado del que, a veces, ni siquiera guardamos recuerdos. Me gusta excavar hasta encontrar la raíz de todos esos sentimientos. La mayoría de las veces, esa raíz se encuentra precisamente en el seno de la familia.

Dora, la protagonista, es madre, pero también hija y debe atender ambas relaciones con todo el matiz generacional que entraña cada una de ellas.

Lo que me atrae de verdad es el conflicto que se produce en el interior de la mente de una mujer cuando asume el papel de madre. Cuando di a luz a mi hija, mi gran meta fue convertirme en la mejor progenitora del mundo. La presión que me impuse me agotó e hizo que cometiera muchos errores. Mis personajes no saben de qué manera pueden conciliar los distintos papeles que les toca asumir. Por tanto, existe esa diferencia entre lo que realmente piensan y lo que dejan entrever. Además, a esto se le suma otro aspecto: el hecho de que, a menudo, en sociedades patriarcales como la rumana, las mujeres viven con la sensación de que el amor hay que ganárselo y de que, para ser amadas, deben ser perfectas.

Muchas veces no somos conscientes de lo determinante que es para un individuo la herencia emocional que recibe de sus progenitores. ¿Hasta qué punto una persona es realmente responsable de la vida que construye?

Somos responsables de construir nuestra felicidad, pero también creo que muchas veces a las mujeres nos cuesta dar prioridad a nuestra propia vida. Desde ese punto de vista, las madres pueden servir de ejemplo a sus hijas. Una madre feliz tendrá más posibilidades de animar a su hija a buscar la felicidad que  una madre sumida y entregada a un sacrificio constante. Al fin y al cabo, estamos hablando de una cuestión de elección, pero también de valentía. Ahora bien, en el caso de las mujeres en general y de las rumanas en particular, la sociedad sigue juzgando con demasiada facilidad a aquellas mujeres y madres que hacen de su vida una prioridad.

A las madres se les exige que sean el refugio de sus hijos, pero muchas veces portan en silencio sus heridas. ¿Se puede proteger a un hijo si se carga con traumas lacerantes?

Creo que es posible proteger a un hijo incluso estando herida. Pero eso sí: solo si se es consciente de la carga que lleva. Por desgracia, la mayoría de las personas no somos conscientes de ello. Las madres suelen sentirse orgullosas de sus cicatrices. Dicen: “Si yo sobreviví, mi hija también sobrevivirá”. La dinámica es distinta entre una madre y un hijo. No sé por qué. Pero en las relaciones entre madres e hijas, las madres suelen querer que sus hijas sean antes fuertes que felices.

Tengo la sensación de que Dora y su madre viven experiencias muy similares a lo largo de su vida: ¿Estamos condenados a repetir los errores de nuestros padres?

Se suele decir que los niños aprenden de lo que ven en sus padres. Por eso, creo que se corre el riesgo de perpetuar ese silencio dentro de la familia y que las generaciones venideras lo hereden. En el caso de Dora, la situación es todavía más compleja, porque pertenece a una generación nacida bajo el comunismo, cuando todos los niños querían hacerse mayores para escapar de la autoridad de sus padres. Sin embargo, llegó a la edad adulta en una época en la que son los hijos quienes dictan las reglas. Es una generación de padres muy vulnerable, casi infantilizada, atrapada entre unos padres autoritarios y unos hijos despóticos.

Sus personajes saben comunicarse, pero no encuentran el momento indicado para decir las cosas verdaderamente importantes.

No estoy tan segura. Creo que, a veces, las personas no sabemos comunicarnos de la manera más adecuada —a lo mejor me equivoco—. Es en el núcleo familiar donde aprendemos a comunicarnos: la comunicación se ve favorecida si los padres saben expresar su amor y su cariño, se dan espacio mutuamente y también se lo dan a sus hijos. Por el contrario, la frustración, la soledad, el sacrificio, es decir, todo aquello que conduce a la infelicidad, a una vida diferente a la soñada, destruye el diálogo. Una persona herida e incomprendida emplea las palabras para herir a los demás; su crueldad nace de su sentimiento de infelicidad.

En su novela, los hombres desempeñan un papel más bien secundario, pero aun así parece que tienen una gran capacidad para condicionar las vidas de las tres mujeres. ¿Puede la ausencia ejercer más poder que la propia presencia?

Así es. La ausencia es el alimento no solo de nuestra imaginación, sino también de nuestras penas y esperanzas. En rumano hay una palabra de difícil traducción a otras lenguas: dor, que se refiere a una mezcla de nostalgia, añoranza, tristeza y amor. Al terminar mi novela, me di cuenta de que mi protagonista se llama Dora, como si fuera el femenino de esa palabra. Creo en la fuerza de la ausencia y en el papel que puede desempeñar en nuestras vidas porque crea un vacío que después nos esforzamos por llenar. A menudo, ocupamos nuestra existencia tratando de colmar un determinado vacío. En mi novela, los hombres son, sobre todo, ausencias, sencillamente porque las mujeres ocupan demasiado espacio.

Solemos pensar que los traumas son heridas del pasado, pero su persistencia puede llegar a condicionar la manera en que miramos el presente e incluso el futuro. ¿Puede el trauma transformar la identidad de una persona?

Sí. Sobre todo cuando los traumas ocurren a una edad en la que todavía no somos lo bastante adultos. Yo, por ejemplo, perdí a mi padre cuando tenía dieciséis años. En aquella época vivía en un estado de supervivencia. No fue hasta más tarde cuando descubrí hasta qué punto esa muerte había influido en toda mi vida y sigue haciéndolo. Hablé de ello en mi primera novela, pero creo que esa ausencia ya forma parte de mi universo literario, sea cual sea el tema de mis libros.

—David Valiente