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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Una novela de humor inglés que satiriza la fama, la identidad y la vida privada

Por su título, nada induciría a sospechar que “Enterrado en vida” sea una novela de humor; yo me decantaría por el género gótico y más en el inglés original, “Buried Alive”, literalmente: enterrado vivo, que evoca los cuentos de Poe y su tafofobia. La traducción castellana lo dulcifica y puede tomarse metafóricamente: encerrarse en sí mismo sin salir del domicilio. Un juego de palabras quizá fomentado por Arnold Bennett, escritor a quien le gustaba jugar con las palabras.

Con otro equívoco empieza la trama: un médico confunde al célebre pintor inglés Priam Farll con su criado, que acaba de fallecer súbitamente de pulmonía en la cama de su amo. Un enredo clásico: el doble, el suplantador, tan usado en las comedias. Sin pensarlo, Priam no saca al doctor de su error y adopta la identidad de Henry Leek. La suplantación es sencilla porque Farll y su criado han vivido casi siempre en el extranjero y en Gran Bretaña pocos conocen su aspecto, ni siquiera su primo y único heredero. El protagonista es, según se lee en la pág. 20, cap. I, «La bata de color pulga»:

un hombre de cincuenta años. Como la mayor parte de los hombres de cincuenta años, tenía aún un aspecto muy juvenil; y como casi todos los solteros de cincuenta, era un perfecto inútil.

Incapaz de desenvolverse, nada práctico y además vive fuera de la realidad, como muchos genios. Por eso se agarra con tenacidad a la oportunidad que se le presenta de dejar de ser famoso. Porque, a pesar de su carácter o quizás por ello, Priam Farll es un pintor famoso; en un alarde hiperbólico, Bennett nos lo presenta como 

el mejor pintor de todos los tiempos, si no el segundo, tras Velázquez.

Su muerte causa conmoción, no solo en su país, sino en todo el orbe. Comienzan los debates sobre el fallecimiento, se descubren los detalles del testamento y empiezan las disputas sobre los homenajes que merece y el lugar de su enterramiento, a los que él mismo asiste, entre curioso y disgustado, al revelarse el comportamiento de la opinión pública ante la muerte.

No es su único descubrimiento: al día siguiente de su defunción, se entera de que Leek estaba inscrito en una agencia matrimonial y de la cita con Alice Challice, una candidata, que será su contraste perfecto: práctica, resolutiva y sencilla:

Yo no tengo tiempo para estar preocupada,

afirma. Con ella emprenderá una nueva existencia que le deparará más sorpresas que por supuesto no voy a desvelar. Sí os diré que hay humor inglés, ironía, crítica social, un juicio, que Bennett transforma en una delirante obra teatral; periodistas apostados en la casa de Henry y Alice, una segunda mujer que reclama sus derechos, marchantes de arte y por supuesto, cuadros. Después de todo un genio no puede dejar de pintar, o hacerlo mal, aunque lo intente. Como aperitivo, os dejo este párrafo 

Estaba seguro de que no había tenido buena suerte en absoluto en la vida. Si hubiera podido escudriñarse su espíritu, habríamos descubierto en sus profundidades un constante e intenso deseo de que alguien cuidase de él, de que lo protegiese contra las dificultades y los rigores del mundo. Pero no habríamos dado crédito a nuestro descubrimiento. Un soltero cincuentón no puede admitir que en el fondo es muy parecido a una muchacha de diecinueve primaveras. Sin embargo, es un hecho extraño, pero cierto, que la semejanza entre el corazón de un soltero aventurero y experimentado, a los cincuenta, y el sencillo corazón de una muchacha de diecinueve es mucho mayor de lo que las muchachas de diecinueve pueden imaginarse; sobre todo cuando el soltero de cincuenta está solo y sin compañía a las dos de la madrugada en la sombría soledad de una casa donde se han desvanecido ya todas las esperanzas. Solamente si es usted un soltero de cincuenta años me comprenderá.(pág. 20, cap. I, «La bata de color pulga”). Si intentáis leerlo en voz alta y la risa os lo impide, es un síntoma de que también os gustará la novela.

Arnold Bennett fue un autor tan prolífico y famoso a principios del siglo XX, que hasta Sinclair Lewis lo menciona en su novela Dodsworth de 1929:

También había visto a Aristide Briand, el político, en la ópera, y a Arnold Bennett, el escritor, en el teatro.

(Dodsworth, capítulo 19, pág. 301). Como otros muchos autores de entonces, incluido Lewis, que fue famoso, muy vendido y premio Nobel, apenas se le conoce en la actualidad. La presente edición de Impedimenta descubre esta novela al público español. Quizá la editorial se anime a continuar con otras de sus celebradas obras: Gran Hotel Babylon (el hotel donde se hospeda Priam al inicio de la novela; me gusta el juego de la autorreferencia de la novela), Cuento de viejas o Riceyman steps.