¿Cuánto espacio ocupa en la memoria el nombre de una golosina extinguida, el eslogan de un limpiador doméstico de los años cincuenta o el trazado de una línea de tranvía que dejó de prestar servicio antes de que alcanzáramos la madurez? Habitualmente, las grandes biografías y los tratados de Historia marginan ese sedimento invisible para centrarse en las fechas de las batallas, las crisis de gobierno y las vidas de los próceres. Sin embargo, la verdadera textura de la existencia —el tejido sensible sobre el que se borda la experiencia humana— está hecha de esas mínimas briznas de realidad. Georges Perec, uno de los artífices más singulares y deslumbrantes de las letras francesas del siglo XX, dedicó gran parte de su obra a cartografiar ese territorio impreciso. En Me acuerdo (Je me souviens), rescatado en una impecable traducción de Mercedes Cebrián para la Editorial Impedimenta, el autor de “La vida: instrucciones de uso” convierte el inventario de lo nimio en un artefacto poético de una potencia demoledora.
El libro surge de un dispositivo formal tan rotundo como despojado. Inspirado en el proyecto homónimo del estadounidense Joe Brainard, Perec redacta 480 anotaciones numeradas, arrancando cada una de ellas con el mismo mantra formularia: «Me acuerdo…». A través de este mecanismo, el escritor parisino convoca una abigarrada multitud de recuerdos acumulados entre 1946 y 1961, los años que van de sus diez a sus veinticinco años. No encontraremos aquí una confesión íntima al uso ni el relato dramático de sus pérdidas familiares durante la Segunda Guerra Mundial. En su lugar, Perec convoca el ruido de fondo de una época: las alineaciones de equipos de fútbol olvidados, las marcas de cigarrillos, los actores secundarios del cine en blanco y negro, las modas pasajeras y las estaciones de metro clausuradas de un París que mutaba a marchas forzadas.
Es precisamente en esa renuncia a la solemnidad donde radica el valor de esta propuesta. Perec no practica una memoria monumental, sino lo que él mismo bautizó como la investigación de lo «infra-ordinario»: todo aquello que ocurre cuando no pasa nada, la tramoya invisible del día a día. Lo prodigioso de este planteamiento es que, al desprenderse de la primera persona autobiográfica para apoyarse en referentes estrictamente públicos y compartidos, el autor logra un movimiento paradójico: su memoria individual se disuelve para transformarse, de inmediato, en una vasta memoria colectiva.
Desde el punto de vista del estilo, Perec —miembro eminente del grupo de vanguardia Oulipo— demuestra que la máxima contención verbal puede generar la mayor densidad expresiva. El texto rehúye la adjetivación lírica, la nostalgia sentimentaloide y el análisis explicativo. La prosa avanza como un catálogo aséptico, un rosario de enunciados directos que flotan en la página con una desnudez casi arquitectónica. Sin embargo, esa aparente frialdad es una ilusión. La acumulación de estas 480 ráfagas produce un ritmo hipnótico, una cadencia rítmica donde el silencio entre frase y frase opera como un espacio de resonancia. El estilo de Perec es el de un arqueólogo del presente que sabe que el mero señalamiento de un objeto desaparecido basta para hacer vibrar la sensibilidad del lector.
Me acuerdo es mucho más que un libro de memorias o un mero experimento formal: es una invitación abierta a reconsiderar de qué está hecha nuestra propia identidad. La edición de Impedimenta rinde homenaje a este carácter dialogante al incluir al final las célebres páginas en blanco anotadas para que el lector empiece su propia recolección. Leer a Perec es someterse a un feliz contagio involuntario; a los pocos minutos de cerrar el volumen, resulta imposible no mirar nuestro entorno y empezar a enunciar mentalmente nuestras propias ausencias. Una lectura imprescindible para cualquier amante de la literatura vanguardista y para todo aquel que desee recuperar, aunque sea por un instante, la arquitectura secreta de su propio pasado.
—Rubén J. Olivares

