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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Gospodínov ha vuelto a España un año después para presentar “Física de la tristeza” (Impedimenta), un libro difícil de clasificar, pero de una maestría preclara. A partir del mito del minotauro, el escritor da saltos hacia diferentes estilos literarios, historias y épocas, con la intención de analizar asuntos tan intensos y reflexivos como la tristeza, la muerte, la desolación, el paso del tiempo o la vejez. El autor búlgaro acaba de recibir el Premio Jean Monnet 2026 de Literatura Europea.

Gueorgui Gospodínov (Yambol, 1968) ha dedicado tres páginas en su libro Física de la tristeza a todas las posibles respuestas que pueden darse a la pregunta de cortesía “¿cómo estás?”, o “¿cómo te encuentras?” “De este modo, me ahorro su respuesta para el resto de mi vida”, dice el autor entre carcajadas.

“¿Cómo le está tratando Madrid?”, me decanto por preguntarle. Tras una breve risotada, me comenta que la capital del reino lo ha acogido de maravilla. “La noche anterior presenté mi libro en la librería Rafael Alberti y pude contemplar los rostros de los madrileños, y me dio la sensación de que sus caras estaban iluminadas. Sentí una gran cercanía con la gente, inmediatez y familiaridad. Me recordó la manera que los búlgaros tenemos de relacionarnos con desconocidos”.

Física de la tristeza se publicó en 2012. Han pasado catorce años, y ahora la versión en español ve la luz. ¿Sigue suscribiendo hasta la última coma del libro?

Por supuesto que sí: me reafirmo en cada capítulo del libro. La situación actual no difiere mucho de la de hace casi tres lustros. Incluso me atrevería a decir que nuestro afán por convertir al diferente en un monstruo persiste con mayor fuerza que antes, al tiempo que nuestras reservas de empatía continúan en déficit.

Precisamente, un personaje de su libro se dedica a comprar y coleccionar tristezas ajenas. ¿Qué aflicción nunca compraría por resultar muy peligrosa?

La tristeza es una cualidad muy humana. Además, me caen bien las personas que conviven con sus tristezas particulares; no a todo el mundo se le da bien lidiar con ellas. Los dictadores, por ejemplo, son poco dados a sentir tristeza. Sigo sin imaginarme a Vladimir Putin invadido por el desconsuelo. A lo mejor se derrumbaría por la desesperación, pero no por la aflicción, porque para sentir algo parecido se debe tener corazón. La tristeza se puede convertir en un arma peligrosa cuando se transforma en una suerte de nostalgia colectiva de un pasado inexistente; es decir, cuando algún líder político o activista la instrumentaliza con fines propagandísticos.

¿Se considera una persona con tendencia a la tristeza?

Así es. La fuente de mi tristeza no es otra que la tierra prometida de la infancia, lo que los escritores gustan en llamar el paraíso de la infancia. Todo el mundo termina por abandonarlo en una especie de emigración de edades.

Ese miedo a perder la infancia que examina su libro se da ahora más que nunca. Tenemos a niños con cuarenta años…

Ese fenómeno recibe el nombre de infantilismo y se diferencia sustancialmente del temperamento de la infancia. La infancia despliega sus alas con valentía, mientras que el infantilismo las retrae con apocamiento; el primero se comunica abiertamente con el mundo a su alrededor y no escatima energías en iniciar conversaciones con las rosas o los escarabajos; en cambio, el segundo rehúye cualquier forma de diálogo. No estoy seguro, pero tal vez el infantilismo sea la consecuencia de las ansiedades contemporáneas que no dejan de acosar a las personas. Sin duda, es un fenómeno cada vez más común que no creo que debamos juzgar a la ligera.

La angustia es un sentimiento tan humano como la empatía, ¿por qué, entonces, parece que ahora hay más personas infantiles que nunca?

Las redes sociales constituyen una de las principales razones que obligan a las personas a vivir en varios laberintos a la vez. Ya era difícil antes encontrar la salida a uno solo; ahora resulta complicadísimo buscarla en varios al mismo tiempo. Las redes sociales construyen pasadizos sin salida. El ensayo ¿Qué es la Ilustración?, del filósofo Immanuel Kant, podría sernos de ayuda para salir de este atolladero. Creo que necesitamos una nueva Ilustración que nos ayude a escapar de los males que con tanta agudeza retrató Goya en su aguafuerte El sueño de la razón produce monstruos. En línea con el pintor español, podemos aseverar que el sueño de la razón engendra dictadores. No solo las personas adultas son infantiles, también lo pueden llegar a ser las sociedades y, por ende, buscar líderes despóticos que los “protejan”.

¿Qué le interesa de ese paraíso de la infancia?

Me fascina el tema de la empatía, especialmente aquella ligada a la niñez. Entre los siete y los doce años, un individuo se encuentra en su plenitud empática. Por eso, quiero pensar que el proceso de envejecimiento es la estrategia que la naturaleza nos ha dado a los seres humanos para evitar que esa ventana de la empatía se cierre del todo. Por otro lado, los niños se autoperciben inmortales. Y hay algo profundamente hermoso en esa sensación. Recuerdo mi infancia en el pueblo junto a mis abuelos. Su forma de contar las historias continúa alimentando tanto mi imaginación como mi propia escritura. Ellos me dieron una de las lecciones más valiosas que he recibido en mi vida: en la cotidianidad más estática dormitan pequeños milagros, sublimidades invisibles. La infancia es ese momento de la vida en que el amor se manifiesta incondicionalmente. No nos volverán a querer como lo hicieron en esos años.

Precisamente, en Física de la tristeza, la empatía se relaciona íntimamente con la memoria.

Cuando esa capacidad de asumir el padecimiento del otro va perdiendo fuerza, aparece la memoria de la empatía. La ciencia nos explica que la empatía es intrínseca a algunos seres vivos, entre los que se encuentra el ser humano. Con el paso de los años, perdemos esa cualidad, pero la experiencia nos ayuda a desarrollar un tipo de empatía sustentada en una base cultural. Si un personaje sufre en un libro que estamos leyendo, nosotros deberíamos poder sentir una parte de ese sufrimiento. Sin la empatía, cualquier intento de hacer arte resultará infructuoso, aunque, siendo sincero, también puede llegar a limitar a los artistas en su vida personal.

¿Por qué?

Nuestra especie ha aprendido que la empatía a veces obstaculiza la supervivencia, es decir, nos vuelve vulnerables a los desafíos cotidianos. La empatía emerge ante el sufrimiento ajeno: cuando vemos a alguien padecer dolor, nuestra naturaleza nos incita a asumir como nuestro ese dolor. Jorge Luis Borges decía sobre el amor: “Me duele una mujer en todo el cuerpo”. Ese mismo principio se puede aplicar a la empatía: “Me duele el mundo entero en todo el cuerpo”.

El ser humano ha sentido una necesidad acuciante de ser recordado tras su muerte por las generaciones futuras. ¿A qué le tenemos más miedo: a la muerte o al olvido?

En realidad no hay una gran diferencia entre una cosa y la otra; son dos caras de una misma moneda. En mi novela, El jardinero y la muerte, reflexioné sobre esta cuestión. El narrador dice algo con lo que estoy completamente de acuerdo: nuestra existencia termina cuando la última persona que nos recordaba de niños desaparece. Por este motivo, las personas escribimos libros o cubrimos los jardines de flores: es nuestro intento de vencer a la muerte o, al menos, a la idea de la muerte que acabo de exponer. Aunque pueda parecer algo inverosímil, los niños reflexionan sobre la muerte y conocen su naturaleza con claridad. Yo mismo empecé a escribir a los siete años, después de tener una pesadilla relacionada con la parca. También comencé a ir a la biblioteca y sacaba libros, en los cuales el narrador hablaba en primera persona, porque me quería cerciorar de que el protagonista nunca moría. Muchos años después afronté la muerte de mis padres y comprendí que el proceso no era tan espantoso como lo había imaginado. Ellos permanecen en mi memoria y puedo conversar con ellos. Mi progenitor plantaba rosas en su jardín, y ahora, sin importar si estoy en Madrid, Sofía o Viena, cada vez que veo una, retomo la conversación con mi padre adonde la dejé la última vez. Así son los pequeños triunfos sobre la muerte.

Intuyo, pues, que no le tiene miedo.

Al olvido social, desde luego que no. Pero no me gustaría que se olvidasen de mí algunas personas allegadas.

En Física de la tristeza, da la vuelta al mito del minotauro: pasa de villano asesino a víctima de sus padres y de Teseo. ¿Qué relatos contemporáneos se siguen contando desde una perspectiva errónea?

Sigue habiendo muchos. En un principio, mi intención era darle la vuelta a toda la mitología clásica. Nuestra literatura es demasiado antropocéntrica y arrogante. En El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, nuestra compasión va siempre hacia el pescador mayor y agotado. Sin embargo, el verdadero perdedor de la historia es el pez espada, y su muerte constituye una tragedia. Sucede algo similar cuando se narra la belleza que hay en el acto de matar a un toro: a mí me interesa el punto de vista de quien recibe las banderillas y luego la estocada final. La magia de la literatura reside en esta capacidad de dar la vuelta a los relatos, una forma también de alimentar la empatía.

En la tradición clásica el minotauro representa todo aquello que una sociedad quiere ocultar. ¿Quiénes son hoy nuestros minotauros?

Es el único personaje de la mitología al que no hemos escuchado. Entonces, los minotauros contemporáneos son aquellos que no pueden alzar hoy la voz: los diferentes, aquellos que la propaganda nos dice que debemos odiar y deshumanizar. Por eso, en Física de la tristeza, trato de revertir el relato y mostrar que los minotauros están cubiertos de piel humana.

¿Cómo cree que hubiera sido la historia si el minotauro hubiese sido criado como una persona normal?

Vamos a dar un paso más. Pongamos que ese niño tuviera una cabeza normal y no de toro. Los minotauros son personas que se sienten abandonadas y, debido a ello, se encuentran embargados por una profunda tristeza. Una buena parte de mi generación ha sentido eso mismo. Fuimos criados por los abuelos y solíamos ver a nuestros progenitores los fines de semana cuando nos visitaban en el campo. Recuerdo encontrarme junto a mi hermano en la portezuela del jardín despidiéndonos de nuestros padres. En ese momento, nos sentíamos minotauros y no nos importaba que nos dijeran que la semana que viene regresarían de visita. Para un niño, y sobre todo para un niño minotauro, el tiempo no existe. Si un ser querido se va, lo hace para siempre. Es una sensación que permanece latente en nuestro interior. Pero los padres tampoco lo pasan bien, como me lo confirmó una señora hace años en la presentación de este libro en Bulgaria. El trauma lo experimentan tanto los que abandonan como los que son abandonados.

¿Qué cosas siente que ha perdido definitivamente con los años?

Las personas que me recordaban de niño ya no se encuentran conmigo. Además, mi cuerpo ya no tiene la misma fuerza y elasticidad de antes y mi tiempo es cada vez más limitado. Mis oportunidades para fracasar se están agotando.

—David Valiente