El John Malkovich de Las amistades peligrosas estaría en su salsa en los salones literarios y el palacio de Versalles que la autora británica Clare Pollard describe en Las hadas modernas.
Quizás estaría más a gusto en el segundo de esos espacios, donde “follan como conejos, no dan tregua”, entre “cuerpos pegajosos, cuerpos chorreantes de tanto follar”. Ahora bien, en los primeros, en los salones, tampoco estaría mal, porque allí había tiempo para las insinuaciones y las miradas furtivas.
Hay un problema: el vizconde de Valmont que encarnó Malkovich es de un siglo más tarde con respecto a lo que se novela en Las hadas modernas (Impedimenta, con traducción al castellano de Javier Aragón Bellido e Isabel Márquez Méndez / Club Editor, con traducción al catalán de Yannick Garcia). En todo caso, no hay que llevarse a engaño: la de Pollard no es una novela erótica. En dos o tres escenas el lenguaje sube de tono para hacerse intencionada y abruptamente sexual, en consonancia con la libidinosidad documentada del palacio de Versalles de los siglos XVII y XVIII. El libro es más bien un intento de vincular las afinidades de las mujeres y algunos hombres que acudían a estos salones literarios, con la recopilación en lengua escrita de cuentos y fábulas que hasta entonces se transmitían oralmente.
Así, nos encontramos a finales del siglo XVII. La novela se centra en la figura de Marie d’Aulnoy (1652-1705). Como Charles Perrault (1628-1703), escribió y creó fantasías. Fue ella quien acuñó el término “cuentos de hadas”. En su salón, en la Rue Saint-Benoît de París, se narraban historias y cuentos que, según fueran los retoques, podrían ser perseguidos políticamente: La Caperucita Roja, La cenicienta, Rapunzel, El gato con botas, Barba Azul y muchos otros. Y estas narraciones convivirán con las vicisitudes amorosas y las adversidades que sufren en su día a día los que las cuentan. Incluso algunas serán similares a las que vivirán los personajes de los cuentos.
Pollard pasó el sábado por la Setmana del Llibre en Català, en Barcelona. En conversación con este diario, ríe cuando recuerda el momento en el que imaginaba la novela: “Cuando tuve la idea, le dije a mi marido que el libro sería como si Walt Disney se enlazara con Las amistades peligrosas”. Al mismo tiempo reconoce que no tenía previsto que hubiera semejanzas entre las cuenta cuentos y los personajes de las fábulas, “pero cuanto más investigaba, más me sorprendía la cantidad de paralelismos que había entre sus vidas reales y los cuentos de hadas”. “Entonces me di cuenta de que los cuentos de hadas son peligrosos, porque están demasiado cerca de la realidad”, añade. En los salones literarios de la época, como en el de Madame de Aulnoy, los cuentos tenían un trasfondo de crítica a la sociedad y, veladamente, al poder reinante. Las hadas modernas transcurre durante el gobierno absolutista de Luis XIV, el rey Sol. Para él, “explicar cuentos es un acto político”, escribe Pollard. Y esos salones pueden llegar a ser un elemento subversivo contra su reinado. De ahí que los vigilara con lupa. “Luis XIV no censuraba textos porque contuvieran violencia, sexo o un lenguaje inadecuado, solo le preocupaba su imagen y la que se proyectaba de él”, explica la autora.
Pollard añade un elemento más: estas mujeres que asistían a los salones introdujeron en el imaginario colectivo el feminismo en los cuentos. “En El gato blanco, es la mujer la que es una bestia… normalmente lo son los hombres”, remarca la escritora.
“Como seres humanos estamos limitadas en las historias, y creo que estas mujeres añadían una suerte de nuevas historias que hablan de nosotras mismas (…). Realmente cambiaron la historia de los cuentos de hadas”, asegura.
—Àlex Tort

