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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

La autora moldava ha presentado su último libro en Zaragoza, Cuando seas feliz, golpea tú primero

Tatiana Tibuleac (Chisináu, Moldavia, 1978) acaba de publicar Cuando seas feliz, golpea tú primero (Impedimenta), una desgarradora carta de amor y de reproche a su padre. Hace unos días presentó la novela en Zaragoza.

Los adolescentes de Francia, país donde usted vive están en pie de guerra. Y tiene a dos hijos estudiando en instituto. ¿Qué está pasando?

Están protestando porque consideran que el sistema educativo no es tan bueno como quisieran, quieren que se adapte mejor a sus necesidades. Prefieren pasar más tiempo en clase que esperando entre las lecciones. Esta es una crisis que se ha ido gestando poco a poco, y no todas las escuelas ni todos los alumnos participan en las protestas. Pero es una huelga importante; es la primera vez que veo una huelga así desde que estoy en Francia. Mis hijos decidieron no seguirla porque están contentos con su horario y sus condiciones, aunque apoyan a sus compañeros que sí lo hacen. Esta es una de las formas en que se actúa en Francia: se sale a la calle, se hace huelga… Pero la situación no es comparable a la que se vive en España.

Acaba de publicar Cuando seas feliz, golpea tú primero. Su editor dice que el libro «es una novela en forma de cicatriz”.

Mi editor se está volviendo muy poético, quizá debería empezar a escribir también (risas). No sé si es una cicatriz o no, en realidad creo que todas mis novelas tienen algo de ‘cicatriz’. Por lo general, suelo escribir sobre temas que no son fáciles de digerir, asuntos de los que no se habla mucho o que de alguna manera permanecen ocultos. En ese sentido, este libro no es tan diferente de los dos anteriores. Retoma temas como la paternidad o la sensación de no pertenecer a ningún sitio. Abordo la migración, aunque ya estaba presente en El verano en que mi madre…. Escribo de personas que buscan su lugar en la vida porque no se encuentran a sí mismas en ninguna parte. En esta novela aparecen temas nuevos, como la amistad, el amor o el deseo. Serán los lectores los que decidan si este es mi libro que más cicatrices genera o no.

Esta novela tiene una estructura más compleja, exige mucho al lector.

Es más difícil de leer desde todos los puntos de vista. Lo sé por los lectores pero también como autora, ya que su escritura me resultó más difícil. Exige más atención y cuenta con muchos personajes; además, la protagonista es alcohólica y tiene problemas de memoria. Ella va construyendo su vida a partir de los recuerdos y de la pérdida de memoria, lo que hace que la obra plantee un mayor desafío. Sé que con este libro ganaré nuevos lectores y tal vez pierda a algunos porque, por lo general, cuando a un lector le gusta un libro, quiere que su autor escriba siempre lo mismo. Desea leer siempre el mismo libro. Este es un estilo de escritura nuevo incluso para mí, pues llega después de siete años de trabajo. No he escrito nada durante varios años. 

Los lectores esperan la honestidad del escritor

¿No le importa perder lectores?

Cada vez que publico algo nuevo, y llevo en ello unos 15 años, los lectores parecen distanciarse al principio un poco porque piensan: “Esto no es lo que queríamos”. Pero luego llega gente nueva y, al final, todos lo leen. Creo que es algo normal; un escritor no debería pensar en lo que los lectores opinan de su libro porque entonces está perdido: empieza a escribir para ellos intuyendo lo que esperan de él. Y, en realidad, lo que verdaderamente esperan los lectores es que seas honesto, que seas tú mismo. Si uno está pensando en que el libro que está escribiendo va a ser mejor o peor que el anterior, no va a ofrecer nada nuevo. Escribir un libro no es completar una receta de cocina, uno no usa los mismos ingredientes una y otra vez.

La traductora, Marian Ochoa de Eribe, ha realizado un gran trabajo.

Excelente. El equipo de la editorial Impedimenta es mi equipo estrella. Me enorgullece decir que la relación que tengo con Marian no es la habitual entre escritora y traductora: somos amigas, quedamos en persona, conocemos a nuestras respectivas familias… La adoro, es increíble. Ha sido mi ángel de la guarda en este proceso porque creo que sabe lo que quiero decir antes incluso de que lo diga. Conoce cómo funciona mi mente y eso se nota. Creo que descubrió el libro en Rumanía, lo leyó, le encantó, volvió a España y dijo a la editorial: “Quiero traducir este libro. ¿Quieres publicarlo? Porque si no quieres, iré a otro editor; no pararé hasta que se publique”. Siento que le debo mucho, porque sé que es una traducción magnífica.

Tiene una gran conexión con el público español. ¿Por qué? 

Me siento muy feliz. Bueno, quizá ‘feliz’ no sea la palabra exacta. Me siento honrada de venir a España, donde tanta gente ama mis libros. Cuando escribes quizá pienses más en la acogida en tu país que en la internacional. Pero cuando vengo a España veo que a las presentaciones acude tanto público como en Rumanía, o incluso más, y me quedo maravillada.
Solo puedo sentir gratitud. Creo que a los lectores españoles les gusta encontrar en la literatura que leen lo mismo que a mí cuando escribo: esa especie de locura, esa carga de emociones y sentimientos, más importante que la propia historia que se cuenta.

¿Qué hay de su padre real en el libro? ¿Y de Tatiana Tibuleac?

Yo soy Mila (la protagonista del libro) y ese es mi padre. Pero no soy una Mila adulta, soy una Mila niña, y lo que cuento es esa relación entre padre e hija cuando ella es pequeña. La Mila adulta no tiene la misma historia que yo. Aunque soy migrante y me fui a vivir a París, mi punto de partida era totalmente distinto. Cuando me mudé a París yo tenía familia y no estaba en situación irregular; me había casado, trabajaba y tenía la suerte de poder hacerlo en lo que mejor se me da, el periodismo. Así que esa Mila no soy yo. Pero me pareció que estaría mal escribir sobre la migración desde Moldavia limitándome a contar mi propia historia. Por eso pensé que sería más honesto dotar a Mila de una voz colectiva, la voz de todas las mujeres que emigraron en aquella época. Me alegra ver cómo muchos migrantes de otras culturas se ven reflejados en Mila. 

Muchos de sus lectores creen que usted es una mujer triste, atormentada, a tenor de los libros que ha escrito. Pero no lo parece en absoluta.

Para serle sincera, no sé muy bien qué es una mujer triste. No soy una persona muy alegre, en el sentido de andar siempre sonriendo o de entusiasmarme fácilmente. Me siento muy atraída hacía los temas que son más profundos o más tristes, siempre he sido así, incluso cuando trabajaba como periodista. Abordaba temas sociales, es decir, todas esas realidades dolorosas: enfermos, huérfanos, pacientes terminales de cáncer, violencia intrafamiliar, niños maltratados… Conozco bien esa parte de la vida porque mis años de periodismo en Moldavia coincidieron con una época muy difícil para el país. No fui una joven típica. A los veinte años ya trabajaba en televisión y escribía para periódicos. Cuando eres joven y ves esa realidad, es inevitable que te marque para siempre. Pero soy feliz en mi tristeza, y espero tener algo de sentido del humor; sé reírme de mí misma y apreciar la belleza y compartirla. No creo que mis libros sean por lo general lecturas fáciles. Incluso El verano en que mi madre…, que narra una historia sencilla, no es un libro fácil. No conozco a nadie que lo haya leído y se haya reído, no es el típico libro que te llevas a la playa, lo dejas a un lado para darte un chapuzón y luego retomas la lectura como si nada. No es fácil, y no por el estilo de escritura, sino porque aborda temas que duelen al lector. Así que no sé si soy una persona triste; probablemente lo sea más que otras personas, pero me siento satisfecha con mi vida. Tengo la vida que quiero.

El argumento de su primera novela gira en torno a la figura de una madre, la protagonista de la segunda es una huérfana, en la tercera aborda la figura del padre. ¿Qué es la familia para Tatiana Tibuleac?

Crecí en una familia completa, con madre y padre. Mi padre falleció hace un par de años, antes de que terminara este libro que acabo de publicar, pero llegó a leer los otros dos y estaba orgulloso de mí. Mi madre sigue viviendo en Chisináu y nos llevamos muy bien. Probablemente ella fue quien más ha sufrido con mi carrera literaria, ya que todos los que leen mis libros piensan que odio a mi madre, pero en realidad somos muy buenas amigas. Es una abuela muy querida; una mujer muy amable, alegre y optimista, a pesar de que su vida no fue nada fácil. Para mí la familia lo es todo. Siempre me preguntan si la escritura ocupa el primer lugar en mi vida. No, y nunca ha sido así. Mis hijos, mi marido y el hecho de que estén bien y gocen de buena salud, eso sí que lo es todo para mí. Nunca habría podido escribir ni viajar tanto por motivos de trabajo si no tuviera a mi familia y su apoyo, sobre todo emocional. Sé que la escritura es algo muy personal y que cada escritor necesita ciertas emociones, entornos o lugares específicos; yo no funciono así. Funciono como una trabajadora que además tiene dos hijos: en mi tiempo libre hago otras cosas que me producen una gran satisfacción, ocuparme de la casa, por ejemplo. Tengo un gato al que adoro y un jardín que cuido yo misma. Esos son mis momentos de felicidad, junto a mi familia. 

El rumano como lengua literaria

En las entrevistas responde en inglés. Vive en Francia y habla francés. Pero escribe en rumano. ¿Tanto le aporta mantener su lengua materna a la hora de escribir?

Escribo únicamente en rumano, sí. Para un escritor que se muda fuera de su país es una decisión muy importante elegir en qué idioma continuar su obra. Muchos grandes escritores lo han cambiado, y cada uno de ellos ha ofrecido su propia explicación. Para algunos, dejar atrás la lengua materna era la forma de olvidar también su país; otros decidieron integrarse más en la cultura del lugar adonde habían llegado. Yo no quería ni dejar mi país completamente atrás ni integrarme en Francia, país que no considero mío. Mi hijo sí se considera francés, porque nació allí, pero yo no. Francia es un lugar fantástico donde puedo vivir y crear, pero seguiré escribiendo en mi idioma, beneficiándome de la rica cultura que Francia me ofrece. Pero jamás escribiría en francés, ni en inglés, ni en ruso, idioma que conozco muy bien pues crecí con él como segunda lengua. Simplemente siento que, para mí, escribir en rumano encaja a la perfección conmigo. Los otros idiomas no son para la poesía, ni para los sentimientos, ni para gritar, ni para odiar. Eso, en mi caso, debe expresarse en rumano. 

Su gran éxito: El verano en que mi madre... lo escribió en un par de meses. Es un tiempo récord. ¿Lo llevaba dentro desde hacía mucho tiempo?

No creo. Antes de ese libro escribí otro breve, en prosa y que no está traducido al español, Fábulas modernas. Esa fue probablemente mi transición del periodismo a la literatura. Escribía historias muy breves sobre migrantes en París y las publicaba en Facebook. Ahora ya no tengo cuenta; me alegra decir que no tengo nada, ni Facebook, ni Instagram, ni nada de eso. Pero en aquel entonces publicaba esas cosas y me sorprendía ver cómo miles, cientos de miles de personas empezaban a leerlas. Les encantaban, les parecían geniales. Un amigo mío, que es editor en Rumanía, me propuso: “¿Por qué no hacemos un libro con esto?”. Y yo le dije: “Hazlo si quieres; yo no”. Así que él publicó el libro. Todavía existe en Rumanía y sigue siendo muy popular. Quienes han leído todas mis obras, mis primeros lectores, dicen que es mi libro más humano. Es una obra alegre, amable y con un tono casi maternal; nada de cinismo ni cosas así. Después de publicar ese libro viví un verano en el norte de Francia, adonde vino mi padre. Creo que ahí fue cuando surgió la idea de El verano en que mi madre…, al ver a mi padre comportarse como un abuelo maravilloso con mis hijos, enseñándoles cosas, contándoles historias, cantando, construyendo castillos de arena en la playa… ¿Por qué nunca hizo esto conmigo cuando yo era niña? Siempre estaba ocupado, fuera, viajando por motivo de trabajo. Trabajo y más trabajo. ¿Dónde quedó mi infancia? En aquella playa yo pensaba: «eres capaz de hacer esto pero no lo hiciste conmigo». No es que me molestara, porque me alegraba mucho verlo así, pero regresé a casa y empecé a escribir esos primeros capítulos, los que transcurren junto al mar, justo cuando muere la madre y Alexei le coloca conchas encima. Así que eso surgió de aquel verano. Luego volví a casa y seguí escribiendo, sin parar. Comprendí que tenía muchas cosas que decir, aunque ni siquiera era plenamente consciente de lo que estaba expresando. Ni siquiera me di cuenta de que lo que estaba diciendo era a través de un niño, un hombre, con una voz que parecía surgir de la nada. Nunca en mi vida había escrito desde una perspectiva masculina. Pero cuando ya llevaba la mitad del libro y la historia seguía creciendo, me sentí cómoda con esa voz masculina, así que decidí mantenerla. Sería un hombre en este libro. Y así fue como lo escribí. Es cierto que lo escribí en dos meses, pero nunca he vuelto a hacer algo así, no me ha vuelto a suceder. La escritura nunca ha vuelto a ser tan fácil ni a fluir así. Fue como si no me hubiera requerido esfuerzo alguno.

Ahora que han pasado unos años, ¿lo escribiría de otra manera?

Le contaré algo curioso: sé que ahora escribo mejor. Escribir es un oficio y uno mejora con la experiencia. El jardín de vidrio es un libro superior al primero en todos los sentidos: el estilo, el texto, el mensaje… todo es mejor. Es una obra aún más compleja. Sé que para la crítica este tipo de escritura tiene más peso, porque quiere sentir que el autor es un escritor de verdad. Y hubo un momento en que pensé “¿Por qué no retomo El verano… y trato de mejorarlo?”. Quitar algunas metáforas -porque había demasiadas, lo sé-, hacer que las frases tengan más fuerza… Pero el intento fue un desastre porque el libro perdió lo mejor que tenía, la ingenuidad, el encanto de esa voz juvenil algo maltrecha, esa forma de escribir. Y eso no había sido así porque lo hubiera planeado. No, no fue a propósito. Era mi primer libro, mi primera novela, y simplemente salió así. No creo que eso vuelva a ocurrir porque ahora sé que soy escritora, que mi próximo libro se publicará y que habrá comparaciones. Así que mi estado mental al escribir es completamente distinto.

El éxito tan arrollador que tuvo con su primera novela, ¿ha cambiado su forma de escribir?

Sí, y creo que para bien. Creo que ya no seré capaz de volver al tipo de escritura que practicaba antes; tampoco al trabajo periodístico convencional. Encontré mi voz como escritora con mi primera novela, lo que es una gran suerte porque a veces un autor puede escribir muchos libros antes de encontrarse a sí mismo, y yo lo he logrado ya en el primero. Eso no significa que mis libros no vayan a ser diferentes; lo son.

El jardín de cristal quizá no haya tenido la suerte que merece en España.

Hay países donde se valora mucho más, se vende mejor y se considera un libro superior a los otros dos míos. Y es que cada país tiene su propia forma de leer literatura, su propio apetito. Por ejemplo, en los países escandinavos o en Alemania, creo que también en Polonia o en la República Checa, gusta mucho El jardín de cristal porque allí se ha vivido una historia similar a la nuestra. Saben lo que supuso la invasión rusa, conocen la historia y les apasiona porque se parece a la suya, aunque haya aspectos diferentes. Hay otros países que no han vivido ese tipo de experiencia, aunque la historia que se cuenta en El jardín de vidrio es universal, porque no ocurrió solo en Chisináu. En muchos otros lugares del mundo la gente vivió las mismas luchas, aunque entiendo que en España los lectores necesitan cierto bagaje cultural sobre la región para entenderlo. Con El verano… no pasa eso: se lo puedes dar a cualquiera y no hace falta esa explicación previa. En Moldavia El jardín se considera un libro mejor. Se creó una obra de teatro maravillosa basada en él y miles de personas, entre ellas muchos escolares, han visto el espectáculo y debatido sobre lo que se cuenta. Desde hace un par de años se agotan las entradas. En resumen, creo que cada libro es único y estoy segura de que este último encontrará su propio ritmo.

Quizá dentro de unos años alguno de sus hijos escriba un libro sobre su relación con usted. ¿Cómo le gustaría que fuera?

Estoy segura de que algunas cosas que hago hoy como madre, y que a ellos no les gustan, las acabarán entendiendo más adelante. Porque hubo cosas que mi padre hizo, o dejó de hacer, que me generaron algo de rencor, y ahora las comprendo mejor porque yo misma soy madre. No puedes entender del todo a tus padres hasta que te conviertes en padre o madre, eso está claro. Creo que las nuevas generaciones tienen necesidades distintas a las que nosotros tuvimos en el pasado, y eso seguirá siendo así dentro de 5.000 años. Cada generación encontrará defectos en sus padres pero se alegrará al comprender que ciertas cosas se hicieron con un propósito. Y luego, ellos mismos cometerán sus propios errores con sus hijos. Quiero que mis hijos lean mis libros (aún no los han leído), pero no considero que eso sea lo más importante. Mi faceta de escritora no tiene por qué interferir con mi vida privada como madre o esposa, es una vida distinta. Mi marido sí leyó mi libro y le encantó. Fue un alivio, porque pensaba: «Si no le gusta, ¿cómo me lo dirá? ¿Mentirá? ¿Y cómo sabré yo que está mintiendo?». Fue una situación… bueno, muy difícil, pero por suerte le gustó. Así que me alegra escribir para personas que quieren leerme; pero si no son mi familia, o si tienen que pasar 20 años hasta que mis hijos los lean, me parece bien.

—Mariano García