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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

La autora de ‘El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes’ acaba de sacar su tercera novela, ‘Cuando seas feliz, golpea tú primero’. Con ella hablamos en esta entrevista de la relación con su padre, migración, felicidad, la nostalgia por la URSS y, básicamente, la supervivencia.

El salón del hotel donde me recibe Tatiana Țîbuleac (Chisináu, Moldavia, 1978) parece sacado de la película ‘Goodbye, Lenin’ y no podría ser más adecuado para hablar con una de las voces más importantes de la literatura europea de los últimos años, que tanto tiempo ha dedicado en su obra a la perniciosa influencia cultural soviética en su país de origen. Su infancia transcurrió entre libros y periódicos, porque su padre era periodista y su madre escritora, así que no es de extrañar que Țîbuleac acabara estudiando periodismo, vocación que ejerció en prensa y televisión, donde llegó a ser reportera y presentadora.

Tras dejar la profesión, en 2008 se trasladó a París, donde empezó a escribir… de otra manera. Su primera novela, ‘El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes’, es, además de uno de los mejores libros de los últimos diez años, un fenómeno editorial: siete años después de su publicación, sigue en la lista de los más vendidos, con casi 200.000 ejemplares distribuidos. Luego siguió ‘El jardín de vidrio’ y ahora, tras una larga espera, acaba de publicar su tercera novela, ‘Cuando seas feliz, golpea tú primero’ (Impedimenta), aún más autobiográfica que la anterior.

Su protagonista es Mila, una mujer de 50 años que nació en un país del Este y sobrevive en París, encadenando trabajos precarios y habitando casas ajenas, intentando escapar al permanente influjo de su padre, un periodista bohemio y alcohólico que le enseñó a escribir pero que amaba más los libros que su hija. De todos los paralelismos de Mila con Țîbuleac hablamos en esta entrevista en la que no faltó la migración, la nostalgia de algunos por la Unión Soviética (URSS) y, claro está, la sororidad entre mujeres.

Cada año que pasa, siento que tengo que disculparme por volver de nuevo a los mismos temas; nadie va a creerme cuando digo que no lo hago a propósito: vuelve el tema de la maternidad, el de la identidad, el de no encajar en ningún sitio. El primer libro que has mencionado es el de la madre y este sería el del padre, pero son dos identidades completamente diferentes. Este tiene muchas más capas y más claves de lectura. Es un libro sobre la relación parental, sobre migración, sobre adicción y amistad, pero también sobre la supervivencia. Por primera vez en mis libros, la supervivencia se vuelve un personaje por sí misma.

Quizás en esa búsqueda de la supervivencia, los personajes vuelven a convivir con el dolor, como en otros libros tuyos. Pero parece que aquí hay más espacio para la ternura, ¿ha sido una decisión consciente?

Surgió naturalmente, porque una gran parte del libro se centra en la relación entre hija y padre y ahí encontramos más ternuras. La del padre hacia la hija, la hija hacia el padre, la de ambos por el espacio que les rodea… Porque el padre, aunque sea un personaje bastante duro en su esencia tiene mucha sensibilidad. El padre aprecia las cosas hermosas y verdaderas y es víctima de ellas, como dice Mila en un momento dado. Principalmente los dos son víctimas de la literatura y de los libros.

Tus personajes suelen amar de maneras poco convencionales. ¿Te interesa explorar aquello que normalmente escondemos incluso de quienes queremos?

Esta exploración del amor aparece más en este libro que en otros, también porque ha coincidido con mi edad verdadera y hay cosas que me han pasado también sobre la corporalidad, la sexualidad… de las que habla Mila que también me han ocurrido, somos de la misma edad. Me ha interesado explorar este tema porque en nuestro entorno hay muchas discusiones sobre la sexualidad y me parecen absolutamente necesarias para un gran grupo de personas que ni siquiera entienden este concepto de sexualidad porque es un tema que ni siquiera tratan. Luego hay personas que hablan de ello y no tienen ninguna conexión con lo físico y otras que no se dan cuenta de que el sexo y el deseo están realmente englobados por el amor.

Me interesó mucho tratar este tema de lo tóxico, porque Mila está realmente en un triángulo tóxico con dos de sus mejores amigos, con dos de las personas más cercanas a mí, pero que al mismo tiempo son las que más la hunden. Tenemos amistad, amor, miedo, celos… Y quería mostrar esa relación, porque la tiran hacia abajo más que una droga pero a la vez es lo que la motiva más que cualquier cosa.

¿Por qué crees que sigue siendo tabú las relaciones tóxicas y todo lo que rodea a la mujer cuando llega a la mediana edad, como la menopausia?

Los prejuicios hacia las mujeres han estado presente desde siempre en gran parte de la sociedad. En este libro, Mila y su amiga hablan sobre enteras generaciones de mujeres, de su forma de ser y su forma de convivir. De donde yo vengo, la amistad entre mujeres también ha sido una forma de apoyo. Y de hecho, incluso la propia sociedad está bastante dividida. Tenemos las mujeres que se quedan con las mujeres, los hombres que están con los hombres. Incluso en las navidades ellas se quedan juntas haciendo cosas de mujeres y ellos, de hombres; incluso hay temas de conversación de hombres y de mujeres.

Me interesó mucho seguir esta línea de estas dos chicas que empezaron en el mismo punto pero acabaron teniendo vidas completamente diferentes. Al principio parecen similares, pero una de ellas acaba teniendo una vida feliz, acaba teniendo dinero y una buena situación, y la otra, sin embargo, acaba teniendo una vida que parece que está a punto de colapsar. Y la pregunta es: ¿por qué Mila no rompe la amistad con ella? Porque ella, al igual que su padre, es una víctima de lo bello, de lo que le fascina en vez de lo que llega por la mente.

En tu libro, la felicidad aparece como si fuera algo peligroso y temporal. ¿Por qué desconfiamos tanto de ella?

Hay poca gente que puede ser real y completamente felices. Para muchas personas la felicidad a veces nunca llega a ser suficiente. Para otras, es imposible de entender; es decir, algunas personas se sienten mejor en un estado de necesidad permanente que de felicidad. Y para otras personas, por ejemplo, si están mejor en un estado en el que no están contentos, no ven la felicidad como algo bueno. Dice Mila en el libro que para ella su felicidad es tener un lugar donde quejarse y tener autocompasión porque a muchos les pasa eso, que el bienestar nunca es suficiente, que siempre quieres tener más.

Mila llega a un lugar en el que siempre quiso estar, en el fabuloso París y eso debería hacerla feliz, pero el París de los libros es diferente al que ella vive. Pero ella misma dice que, después de trabajar, sí puede ser ella misma, que las horas del trabajo no definen todo. Para Mila la felicidad es como una marea, hay como un flujo y un reflujo: unos días es un concepto imposible, otros días sí que está ahí. No es paradigmático de todas las mujeres migrantes, pero desde mi experiencia como periodista puedo decir que he encontrado pequeños puntos de felicidad en situaciones en las cuales no esperaba hallarla y también he visto falta de optimismo en situaciones en las cuales las personas lo tienen todo.

En mi propia familia, los momentos de alegría siempre se han ocultado. Mis abuelos, que fueron deportados, evitaron mostrar al mundo cualquier pequeña felicidad. Y mi madre, que vivió el régimen comunista me enseñó que las cosas buenas que te pasen tienes que guardártelas para ti y no mostrárselas a la gente. Y puede que este trauma generacional de que se te va a arrebatar la felicidad si la muestras demasiado posiblemente la esté transmitiendo yo también. Por ejemplo, hay cosas que yo a mis hijos les digo que no deberían contarse fuera de la familia y ellos no me entienden porque consideran que no hay que tener filtro.

Como la protagonista, Mila, llevas años viviendo en París. ¿Uno deja alguna vez de sentirse emigrante?

Sí me considero emigrante, pero esto no es necesariamente algo malo. En mi caso, significa que puedo formar una familia cuando y donde sea sin tener que pensar en si es bueno o malo. Mi situación fue diferente al de Mila, que tuvo que encontrar trabajo en París, yo ya hice parte de la migración legal, lo que cambia completamente las cosas. Pero por supuesto que la migración implica también muchas cosas comunes para todos los que se marchan de casa. Lo primero con lo que se golpea un migrante es la soledad. Cuando vives en un sitio con gente que te conoce desde que eres pequeño, con vecinos y niños, nunca te consideras solo, pero cuando llegas a un país extranjero, aunque vengas con toda tu familia, siempre habrá esa soledad en tu vida. Conozco migrantes que viven exactamente igual que vivían hace 30-40 años en su país de origen: hablan solo con personas de su propio país, comen exactamente lo mismo. Pero también conozco personas cuyos hijos no hablan el idioma de origen y, directamente, no pueden comunicarse con sus abuelos.

Cuando cayó la URSS, en Occidente lo vivimos como un momento histórico. ¿Qué pasaba en la Europa del Este? ¿Cómo convivía el miedo con la ilusión?

Incluso si después de la caída de la Unión Soviética los siguientes años hubiesen sido muy malos, la gente lo hubiese visto como algo bueno igualmente. Lo importante no era solo lo material, sino también la identidad nacional. La generación de mis padres, que fue la que peor lo pasó, lo vivieron con euforia porque se reconocía la lucha de muchos años. Y ahí surgió realmente lo más duro, que cuando se estaba en lo más alto, llegaron la pobreza y la criminalidad a Moldavia y comenzó la emigración. Los jóvenes ya no querían vivir en pobreza cuando sabían que el mundo era más grande y ofrecía más probabilidades, y se marcharon.

Ellos fueron los primeros sacrificados al marcharse, pero en toda las generaciones ha habido personas que sufrieron a pesar de vivir bien. La generación de nuestros abuelos vivió muchas hambrunas; la de nuestros padres, el régimen comunista; la nuestra, la migración… Siempre se ha buscado una situación mejor.

No todos quieren ir adelante. ¿Qué te parece la nostalgia de algunos por la URSS?

Para mí es incomprensible. La nostalgia de los nostálgicos se orienta siempre a los jóvenes y hacia las cosas que ya tuvieron y que ya no tienen. Si les preguntan a los nostálgicos que traerían de vuelta de la URSS, dirían que la comida barata y los apartamentos gratis; ni siquiera mencionarían un régimen político que eliminó a muchas personas. La URSS fue un concepto que no pudo seguir, porque era un concepto falso. Siempre se encontrarán personas que digan que era mejor para ellos, pero no quiere decir que sea para todo el mundo; también hay gente que se enriquece en las guerras.

¿La literatura puede dar una visión más honesta que los libros de historia?

No sé si más honesta, pero sí que más personal y fuerte. Creo que una historia bien escrita por un buen autor puede llamar más la atención que un libro de texto de la materia. Una historia que emociona siempre encontrará un público que quiera saber más sobre lo que pasó entonces. La moneda tiene, sin embargo, dos caras, porque hoy en día también hay muchos autores que falsifican el pasado mediante sus historias.

Por ejemplo, los cientos de miles de libros sobre el Holocausto en los que tanto los verdugos como los oficiales que mataron a personas aparecen, de alguna manera, humanizados. Los jóvenes ya no entienden dónde está la verdad. Si la víctima y el verdugo tienen el mismo peso en la literatura, la generación joven, que carece tanto del contexto como de la cultura general necesaria, se desorienta y, entonces, la historia pierde su valor.

¿Qué recuerdos conservas de tu infancia en Chisináu? ¿Cómo funcionaba la sororidad entre mujeres contra la opresión soviética?

Este tema se describe con gran detalle en ‘El jardín de vidrio’. Yo crecí en la ciudad, lo que significa una infancia totalmente diferente a la de las personas que crecieron en el pueblo. Chisináu en aquella época estaba muy rusificada, aunque en casa hablábamos moldavo por aquel entonces, porque no podíamos hablar rumano, no estaba permitido. Creo que los recuerdos, vistos desde la perspectiva de un niño, suavizan muchas cosas que solo entendí cuando crecí. Por ejemplo, mis padres iban a trabajar y estaban sometidos a ese control totalitario, vivían bajo la censura y con miedo al mañana. Pero yo no los veía así de pequeña, solo como dos padres que volvían a casa tras su jornada. Este fenómeno solo pude comprenderlo cuando crecí. Así que, en cierto modo, cuando miro retrospectivamente mi infancia, puedo parecer nostálgica, porque echo de menos ser niña. Pero, al mismo tiempo, como adulta y como persona que ha estudiado historia y ha vivido esa época, no tengo nada de nostalgia, como aparece en muchos libros de propaganda encubierta que se escriben hoy en día sobre ese periodo.

La red de mujeres estaba presente en todos sitios. Recuerdo con cariño a mis amigas del barrio, teníamos la necesidad de sujetarnos juntas porque sobre sus hombros reposaban todas las obligaciones. Además de tener su trabajo, ellas eran las que cocinaban, limpiaban, criaban a sus hijos y les llevaban al médico… todas las responsabilidades recaían en ellas. Eran las más juzgadas, pero todo el peso de la sociedad caía sobre ellas.

Bajo tu punto de vista de periodista, ¿crees que los medios de comunicación estamos disociados de la realidad e informamos de lo que no debemos?

Depende del medio. Ahora mismo hay muchas cadenas de televisión que están a sueldo y manipuladas. Por ejemplo, en Moldavia hay una lucha constante contra esto, porque, al estar bajo la influencia rusa, los medios de comunicación se consideran uno de los instrumentos más poderosos de manipulación. Es algo que se sabe desde hace tiempo: lo que la persona ve en la tele es lo que cree. Pero no ocurre solo en mi país, sino todo el mundo; los medios están siendo manipulados. Afortunadamente quedan periodistas honestos e íntegros; y para lugares como Moldavia, sobre todo en años como estos en los que hay una guerra, son una mina de oro. Y, por supuesto, no todos los medios han sido comprados y tenemos muchos periodistas que sí muestran la verdad y son como una mina de oro en estos tiempos.

¿Qué autor o autora cambió definitivamente tu manera de escribir?

No considero que haya solo uno, hay libros que me han influido en diferentes etapas de mi vida, pero me han enriquecido, no han moldeado mi estilo. Creo que mi voz se ha formado y proviene más del entorno en el que he crecido que de la literatura. Aunque hay escritores que se convierten en lo que son al nutrirse de la literatura en mi caso, mi experiencia como periodista y mi experiencia vital son las que realmente han moldeado mi estilo y me han influido más.

¿Hay algún libro al que vuelvas, que tengas como un libro refugio para ti?
Vuelvo siempre a la obra de Anton Chéjov y, si tuviera que escoger solo uno, me quedaría con ‘La gaviota’.

—Begoña Alonso