La autora argentina presenta en su nueva novela una pirueta formal y argumental arriesgada, con ecos de Vila-Matas.
No es fácil etiquetar los libros de Mariana Sández (Buenos Aires, 1973), ni adscribirlos a corriente dominante alguna. Escribe pausado, es culta y exigente con su prosa, y desde una mirada escrutadora propone múltiples planos y significados sobre aquello que convierte en asunto de sus historias: la memoria familiar, las relaciones madre e hija, los secretos de familia, el legado emocional.
Así lo evidencian un libro de cuentos (Algunas familias normales) y dos novelas (Una casa llena de gente y La vida en miniatura) a las que ahora suma Falso nocturno. Escribe siempre desde la literatura (cuando no desde el cine y la música); este es su ángulo, el lugar desde el que convoca y evoca sus deudas, tratadas con orgullo y reverencia.
Satie y Chopin asoman en el último título (Falso nocturno), como recuerda a Wakefield la tentación delirante que incita a la protagonista a esconderse y desaparecer de su propia vida; como la misteriosa y decadente atmósfera del lujoso hotel en el que se hospeda es trasunto de Marienbab, y el encuentro con Aurelio, enigmático personaje con gestos del Pessoa y ecos de la “historia de una historia que no existe”, de Tabucchi.
Aurelio y la realidad del exilio en los años 70 y 80, durante la dictadura Argentina. Ella y su historia de migrante, siempre en la idea de ocupar (como escribió Clara Obligado) una casa lejos de casa.
Pero aquí renueva apuesta: una pirueta formal y argumental, audaz y arriesgada, en el fondo y en la composición que articula el relato, prueba de la inquietud por explorar nuevas formas de contar.
La historia, narrada desde la voz poderosa de la argentina Charo Almeida (hija de Leila, a quien conocimos en Una casa llena de gente), ahora una reconocida actriz y dramaturga que reside en París, aunque su ciudad es Buenos Aires, donde acudió para visitar a su familia. Al arrancar la novela, un temporal obliga a posponer el vuelo de regreso y ella decide no avisar a la familia, ocultar el contratiempo, y alojarse en el hotel que la compañía pone a su disposición y la del resto de viajeros
La irrealidad de la situación le insta a una inmersión dentro de ella misma, a dejarse llevar por el modo vilamatiano de fingir ser otra, de iniciar un viaje vertical para aclarar preguntas que vienen fustigando su existencia y su relación de pareja.Síguenos
No es fácil etiquetar los libros de Mariana Sández (Buenos Aires, 1973), ni adscribirlos a corriente dominante alguna. Escribe pausado, es culta y exigente con su prosa, y desde una mirada escrutadora propone múltiples planos y significados sobre aquello que convierte en asunto de sus historias: la memoria familiar, las relaciones madre e hija, los secretos de familia, el legado emocional.

Portada ‘Falso nocturno’. Impedimenta
Falso nocturno
Mariana Sández
Impedimenta, 2026. 301 páginas. 23,95 €
Así lo evidencian un libro de cuentos (Algunas familias normales) y dos novelas (Una casa llena de gente y La vida en miniatura) a las que ahora suma Falso nocturno. Escribe siempre desde la literatura (cuando no desde el cine y la música); este es su ángulo, el lugar desde el que convoca y evoca sus deudas, tratadas con orgullo y reverencia.
Satie y Chopin asoman en el último título (Falso nocturno), como recuerda a Wakefield la tentación delirante que incita a la protagonista a esconderse y desaparecer de su propia vida; como la misteriosa y decadente atmósfera del lujoso hotel en el que se hospeda es trasunto de Marienbab, y el encuentro con Aurelio, enigmático personaje con gestos del Pessoa y ecos de la “historia de una historia que no existe”, de Tabucchi.
‘La vida en miniatura’, de Mariana Sández: una fábula irresistible que hipnotiza de principio a fin
Aurelio y la realidad del exilio en los años 70 y 80, durante la dictadura Argentina. Ella y su historia de migrante, siempre en la idea de ocupar (como escribió Clara Obligado) una casa lejos de casa.
Pero aquí renueva apuesta: una pirueta formal y argumental, audaz y arriesgada, en el fondo y en la composición que articula el relato, prueba de la inquietud por explorar nuevas formas de contar.
La historia, narrada desde la voz poderosa de la argentina Charo Almeida (hija de Leila, a quien conocimos en Una casa llena de gente), ahora una reconocida actriz y dramaturga que reside en París, aunque su ciudad es Buenos Aires, donde acudió para visitar a su familia. Al arrancar la novela, un temporal obliga a posponer el vuelo de regreso y ella decide no avisar a la familia, ocultar el contratiempo, y alojarse en el hotel que la compañía pone a su disposición y la del resto de viajeros.
La irrealidad de la situación le insta a una inmersión dentro de ella misma, a dejarse llevar por el modo vilamatiano de fingir ser otra, de iniciar un viaje vertical para aclarar preguntas que vienen fustigando su existencia y su relación de pareja.
Y de todo decide dejar constancia, lo que propicia una estructura en episodios separados por interludios que reflejan preguntas, dudas y consideraciones sobre la nostalgia, el duelo, ampliando así el diálogo de esta última ficción con las anteriores.
A partir de esta situación, durante cinco días la estancia se convierte en el eje de la trama, mientras los nodos que la sustentan asoman de manera obsesiva a su cabeza: su identidad y su anhelo de raíces, la obsesiva sensación de desarraigo y una extrañeza emparentada con la de ser “extranjero” en la obra de Camus, una nostalgia indefinida.
Dos líneas temporales (una continua y otra discontinua), una atmósfera compleja y sofisticada que desdibuja los límites del tiempo y el espacio, un argumento lleno de pliegues que amplían la peripecia inicial al modo de un palimpsesto de ficciones que despliega sugerencias múltiples sin obstaculizar el disfrute del argumento central.
Y siempre la ironía y el punto de humor porteño inherentes a la personalidad literaria de la autora. Su lectura exige complicidad, sin duda, y no faltará si quien se acerque a ella “comparte la misma religión, que viene a ser… La literatura, por supuesto”.
—Pilar Castro

