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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Diarios del agua», el viaje del hombre anfibio por los ríos y mares de Inglaterra

La pasión de los británicos por el agua, por los ríos, los canales, y los estanques que se abren en muchas de las antiguas casas de campo de Inglaterra.

La primera referencia de «Diarios del agua» me llegó a través de una tertulia de radio. El tertualino aludía a un libro de un escritor que se había propuesto experimentar en su cuerpo la vida de una nutria. Así que cuando vi un ejemplar en una librería cercana al Tribunal Supremo, lo miré como el que contempla un chicharro en medio de un atasco. A pesar de esa presentación tan surrealista, lo compré. Pesó en mi decisión el hecho de que en la contraportada del ejemplar de Impedimenta no se hiciera alusión alguna a las nutrias. Sí se hablaba, sin embargo, de la pasión de los británicos por el agua, por los ríos, los canales, y los estanques que se abren en muchas de las antiguas casas de campo de Inglaterra.

El regreso a un estado natural

Los diarios son, en efecto, un libro de viaje, un viaje muy singular, inspirado por «El nadador» de John Cheever, que fue llevada al cine por Frank Perry con Burt Lancaster como el personaje principal que recorre la distancia entre una fiesta y su casa a través de las piscina de sus amigos. Para Roger Deakin, que es el autor de estos diarios, el agua siempre ha tenido un poder sanador mágico, porque supone «la liberación pura de la desnudez y la ingravidez en el agua nos hace sentir una libertad absoluta, y nos lleva a establecer un profundo vínculo con el sitio en el que nos estamos bañando».

Así nace la idea de recorrer Gran Bretaña en un largo viaje a nado, de la frustracion de «haber pasado toda mi vida haciendo largos, volviendo infinitamente sobre mis brazadas como un tigre en su jaula». La vuelta a un estado salvaje, a un estado natural. El resultado, más que la reducción de lo humano a la experiencia vital de una nutria es, por el contrario, un canto al efecto civilizador que ha tenido siempre la natación

Claro que en el libro aparecen algunas nutrias. Hay páginas dedicadas a describir su hábitat y su forma de nadar, que ha inspirado a algunos de los grandes campeones olímpicos de natación. Pero también se habla de los lucios, de los tritones, de los sapos, ranas y culebras que un nadador de charcas, piscinas, bahías, ríos y pozas, se encuentra en su largo viaje acuático. El diario enhebra memorias y recuerdos con la orilla de los ríos, porque la natación y las horas en el agua serán siempre los tesoros más joviales de nuestra infancia, la memoria de nuestra primera libertad. Y en este libro hay muchas páginas que buscan recobrar aquella alegría deshinibida de estar desnudos en el agua, abrazados por las algas y asustados por el brillo plateado de los peces o la fuga de las ratas de agua por las orillas.

Sentirse como pez en el agua

Es un libro singular, un viaje insólito, repleto de apuntes sobre la vida de pintores, escritores, novelas y películas. Desde las zonas de baño de George Orwell y sus hazañas eróticas en el campo a las pinturas de David Hockney, quizá el pintor que más se ha inspirado en el aire ingrávido e inocente de los estanques, además de los puntillistas franceses, Signac y Seurat. El viaje empieza en abril y termina en diciembre. Y está lleno de aventuras por las aguas de los mares y los rios de Inglaterra, desde incidentes con los guardacostas hasta la incursión en solitario en un río que se adentra caudaloso en una gruta profunda en la que el autor estuvo a punto de perderse sin que nadie supiera de su desaparición. Clubes de natación, piscinas de zoológicos, el balneario de Bath, fabricantes de sidra, el profundo remolino de las Hébridas, tabernas a la orilla de los ríos: en cada lugar se cosen historias interesantes y personajes que viven en torno al agua.

El autor, protegido de las aguas frías con el traje de neopreno, o con un escueto bañador en las épocas cálidas, describe con un conocimiento de sibarita la flora y la fauna de los ríos, las texturas y colores del barro y la densidad de las aguas y los tonos de la luz en cada corriente y remanso. Los diarios son, por supuesto, una defensa de los ríos y de la libertad del baño, tan limitada por las propiedades y por la contaminación de las aguas interiores. Si además lo lee en este tórrido verano, sentirá la nostalgia de sus ríos de la infancia, y el frescor de un chapuzón en las pozas de su juventud.

Terminé el libro con la sensación de haber leído uno de los más extraños y estimulantes libros de viajes. El mejor viaje a veces está muy cerca de nosotros. También lo cerré con la esperanza de que aquel tertuliano que se quedó en el punto de vista de la nutria hubiera pasado de la página diez, y hubiera llegado a la última página.

Alfredo Urdaci

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