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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La novela más extraña de Kingsley Amis

Impedimenta reedita Stanley y las mujeres, una de las ficcioenes del autor inglés Kingsley Amis, sobre un hombre que poco a poco pierde el control.

1. Stanley y las mujeres es la novela más extraña de Kingsley Amis. Su existencia está enmarcada entre dos sucesos clave, que la sujetan como un sándwich por detrás y por delante: una rebanada es el divorcio holocáustico de su segunda mujer, la actriz y escritora Elizabeth Jane Howard; la otra rebanada, la posterior, es la siguiente novela que escribió, Los viejos demonios (1986), que fue premiada con el Booker Prize y que algunos consideran su mayor logro (junto a, claro está, Lucky Jim, su cegador debut de 1954). En esa posición tan poco agraciada, tan poco cómoda, Stanley y las mujeres puede considerarse como lo que tal vez sea: un esputo verdoso, purulento, que Amis alojaba en su garganta y que necesitaba sacarse de dentro para poder seguir adelante, para volver a escribir desde la cordura y la compasión.

En música pop se habla a menudo de discos de divorcio: álbumes que se grabaron en mitad de separaciones agrias, a las puertas de juzgados; discos que eran cartas de despecho, recriminación y revancha al cónyuge. Rumours, de Fleetwood Mac (un grupo formado por dos parejas; un disco grabado en mitad de dos divorcios), el Blonde on Blonde, de Bob Dylan, o el Here, my dear, de Marvin Gaye. Elepés oscuros y abismales, descarnados, que eran a la vez documentos del viaje por la sima que atravesaba el artista. Stanley y las mujeres debe, y solo puede, leerse bajo la misma luz. Como un libro de divorcio.

Ese divorcio —acerbo y sangriento y ulcerante— es la pupa donde se gestó Stanley y las mujeres. Un lugar angosto, sin ventanas, a ratos irrespirable, dominado por miasmáticas corrientes de rencor y dolor, que moldeó al Amis más agrio que se había visto hasta la fecha. El autor jamás había sido un angelito, vaya eso por delante, era orgulloso y arrogante y te- nía una boca grande, por lo que jamás andaba escaso de detractores y enemigos personales (Evelyn Waugh le llamó «escoria», para gran regocijo del propio Kingsley). Sí, Amis era un tipo ácido hasta el punto de la corrosión, le encantaba ser odiado por la gente que él odiaba y estaba siempre arreman- gado para la trifulca. No era un cursi, o un pusilánime; desde luego no era un blando. Pero incluso así, Stanley y las mujeres es una nueva vuelta de tuerca; tal vez la definitiva. Era un paso radical incluso para Kingsley Amis. El autor no volvería a estar jamás tan cegado por la rabia, su máquina de escribir no volvería a dejar el charco de veneno humeante que dejó tras la escritura de este, en cierto modo, temible libro.

2.Stanley y las mujeres no es una novela amable. Ya se lo estaban oliendo. Todo lector debe abrirlo sabiendo que es un libro escrito desde la ira y la pena. Y asimismo, algunas de las mejores creaciones de la historia se realizaron con esos dos condicionantes. Es solo que la ira de Kingsley Amis en Stanley y las mujeres le llevó hasta el borde de un precipicio de insania maliciosa. Algunos libros son interesantes y válidos solo por la psicosis y la manía (como The SCUM Manifesto, de Valerie Solanas; casos de estudio, vaya), otros a pesar de ella. Stanley y las mujeres es un libro de la segunda opción. Para disfrutarlo del todo, el lector y seguidor de Amis va a tener que sortear —o aceptar con benevolencia— los dos o tres cimientos temáticos que fueron consecuencia directa del divorcio y consiguiente depresión del autor. Stanley esgrime teorías e ideas que a ratos son descabelladas y a ratos certeras. Huelga decir que, independientemente de la ira temporal que dominaba al autor, no todas sus opiniones son disparates.

Una es, por supuesto, el ataque frontal a las mujeres; o lo que su hijo, Martin Amis, definió en Experiencia como «misoginia programática». Naturalmente, esta «misoginia» de Amis solo puede leerse desde el dolor y la rabia paranoica. Un biógrafo de Amis describía acertadamente la novela como «un aullido de dolor y decepción». Es un libro que es un grito: el de un hombre destrozado, cegado por la impotencia y la sensación de pérdida irrecuperable de un amor. En ese contexto, resulta difícil fiscalizar al escritor. En el código penal existen varios atenuantes de la responsabilidad delictiva: el «miedo insuperable», por ejemplo, o «tener alterada la percepción de la realidad». Podría decirse que la decimoctava novela del autor debería juzgarse haciendo uso de atenuantes parecidos a estos. Pues su autor escribió atizado por un dolor sicótico, y su visión del mundo (y del otro sexo) se pringó de las vísceras malolientes de aquel matrimonio fallido. Arriesgaré un símil: Sherwood Anderson decía en Winesburg, Ohio que a un personaje «le sucedió algo que le hizo odiar la vida, y la odió con todo su corazón, como un poeta». Esto podría aplicarse al Amis de Stanley, con una salvedad: así como Anderson, en su libro, es el hombre compasivo que observa al hombre lleno de odio, el autor de Stanley y las mujeres es, precisamente, aquel hombre lleno de odio. Un odio que le domina, y que se ve incapaz de domar.

Pero no nos engañemos. Incluso visto bajo esa luz, sigue siendo un libro malicioso. Inaugura un nuevo género: la novela borde. Martin Amis la describió como «una novelita perversa en todos los sentidos: ácida, innecesaria, despiada- damente bien estructurada. Y hay algo de innoble en su eje- cución». Stanley Duke es uno de los protagonistas más anti- páticos que se han visto jamás en literatura. A ratos da cierto repelús. Supera incluso al protagonista despreciable por defi- nición, el Bob Slocum del Algo ha pasado, de Joseph Heller, un libro que Kurt Vonnegut definió como «el más infeliz que se ha escrito nunca». Vonnegut afirmó que parecía que el au- tor hubiese hecho todo lo posible para que nos cayese mal el protagonista, y el lector debía cumplir con esa voluntad.

En Stanley y las mujeres tampoco nos queda otro remedio que odiar a Stanley. Es lo que Kingsley, me temo, deseaba. Cuando Susan, la segunda mujer, le llama «Malnacido. Canalla. Basura», el lector no siente el impulso de levantarse del taburete para correr en su defensa. Cuando Nowell, la primera mujer, suelta «eres un buen tío, Stanley», el lector tiene que reprimir el impulso de levantar la mano, ponerse en pie y listar el nutrido catálogo de razones por las que Stanley no es, ni será jamás, «un buen tío». Ni falta que hace. Los «buenos tíos» no son protagonistas inolvidables. Los «buenos tíos» difícilmente serán capaces de escribir novelas memorables.

3. Además de cortejar el odio a Stanley, el autor también anhela irritarnos; salta a la vista. Muchas de las frases de la novela van dirigidas a gente que le caía mal o le había hecho daño, en realidad o en su imaginación, fuesen personas físicas o colectivos enteros. Irritar a la gente que le irritaba parece haber sido uno de los motores de Kingsley Amis, el hombre y artista, y por extensión de Stanley y las mujeres. ¿Saben aquel momento de una discusión (conyugal, política, artística, lo que sea) en que uno dice algo absolutamente descabellado y filo-criminal solo porque sabe que va a molestar al oponente? Kingsley Amis se enfrentó a la obra con esa voluntad: decir lo más espantoso y ofensivo que se le pasaba por la cabeza, a ver si alguien se escandalizaba. Y lo consiguió, claro. Especialmente con las célebres últimas diez páginas de misoginia casi punible por la ley, que aún hoy chocan, espeluznan y dejan boquiabierto (pero que, insisto, solo pueden ser leídas mediante el binomio: pena enloquecedora + ansia de contrariar). Marilyn Butler dijo en su crítica del libro para el London Review of Books que Amis había «creado un mundo en el que solo los hombres parecen comunicarse unos con otros, y su tema favorito es su aversión a las mujeres». Y se quedó corta.

4. Existe una similitud adicional con Joseph Heller: en Algo ha pasado, Slocum tenía un hijo que era deficiente mental. En el libro de Amis, el hijo de su primer matrimonio sufre un brote de esquizofrenia. La locura, de hecho, es un tema recurrente en la novela. Los protagonistas de ambos libros se parecen también en que, como dijo Vonnegut, son «crueles con el niño». O tal vez eso sea ir demasiado lejos, al menos en el caso de Stanley. Tal vez Stanley no sea cruel con el niño; pero tampoco desborda compasión, si exceptuamos un par de escenas fugaces en las que sí parece capaz de conmoverse.

La compasión, de la que Amis había hecho gala en muchas novelas previas, y que volvería a florecer en Los viejos demonios, justo después del bache, brilla por su ausencia aquí. «Me habría gustado asestarle un puñetazo y tumbarlo en el suelo (…) —nos dice de su hijo esquizofrénico—, por ser un maldito incordio, por estar embotado y fuera de sus cabales, vagando continuamente por la casa (…), y por haberme arrebatado y arruinado la vida.» Es bien sabido que los familiares de enfermos, mentales o no, a menudo se resienten de la posición de niñeras en que la enfermedad los ha colocado. Pero pocas veces alguien había expresado un resentimiento callado como ese con tal honestidad: terrible, cruda, casi insoportable. Con esa radical ausencia de empatía (una ausencia, por otro lado, de lo más humana). Esa honestidad despellejada es uno de los más firmes valores de la novela. Amis gira el revólver y lo vuelve contra sí mismo en más de una ocasión. Se contempla en el espejo, y lo que ve no le agrada. «Esto te viene como anillo al dedo, mojón, muerto de hambre —le espeta Susan al abandonarle—. No me explico cómo he podido aguantarte tanto tiempo, con esos modos de patán en la mesa y la afición a la bebida (…). No tienes clase y, por lo tanto, no respetas a las mujeres.» Quizá sea esta una novela de odio, pero ello incluye el odio a uno mismo.

5. Stanley solo se permite, ya que hablamos de ello, una modalidad de compasión: la que está dirigida hacia él. Stanley y las mujeres está plagado de deliciosa autocompasión. Como decían en Eva al desnudo: «Estás llena de sensiblería y autocompasión. Estás magnífica». Stanley también está magnífico en esa autocompasión desatada, solo que en ella no hay el menor asomo de sensiblería ni melindres. Es un lamento paranoico en el que el protagonista se ve como la víctima inocente, o como mínimo disculpable, de una conspiración de gente idiota. Y sobre todo de mujeres, muchas mujeres; malévolas, semidementes o arteras: «Las mujeres son como los rusos —dice Stanley, citando a un amigo—, si haces siempre lo que ellas dicen, estarás siendo realista, constructivo y promoviendo la paz en el mundo, pero basta que les plantes cara una sola vez para que te acusen de recurrir a tácticas de guerra fría, de perseguir designios imperialistas y de entrometerte en sus asuntos». Stanley está firmemente convencido de que las Susans y Nowells (sus dos mujeres, ex y presente) y doctoras Collings de este mundo viven para mortificarle y hacer de su vida un infierno. Incluso cuando una de ellas es víctima de una agresión (no avanzaré spoilers), Stanley empieza a dudar de si se la ha autoinfligido para así poner en marcha los engranajes de un nuevo y ominoso plan anti- Stanley.

Sí, Stanley puede ser, como decíamos, asaz abofeteable. A menudo recuerda al Reginald Perrin de David Nobbs, solo que con la dulzura o el entrañable patetismo extirpados. Es rencoroso, impaciente, malicioso, siempre cree tener razón, siempre tiene la última palabra, desprecia a los ignorantes, los tontos, los proletarios, los presuntuosos, los cobardes, los mediocres, los pijos, la gente del norte de Londres, la gente del sur de Londres, la mayoría de la gente, con especial énfa- sis en la clase jurídica, la clase médica y muchísimas más cla- ses (sin contar al sexo opuesto, contra el que, naturalmente, va dirigida la novela).

Tampoco siente un gran amor por lo foráneo, que digamos. Kingsley Amis ya había narrado su desprecio por lo extranjero en I Like it Here (1958),7 su autobiográfica descripción de un viaje a Portugal, y en Stanley vuelve a las andadas al asegurar que «un estadounidense es capaz de decir cualquier cosa si le das tiempo», que Penang es «un país infecto, lejano e irrelevante», que cierto doctor asiático «tenía muy pocas pintas de médico y más de dedicarse a cargar mercan- cías en barcos o en trenes, probablemente en otro país» (y otro asiático, al teléfono, tiene voz de «cerdo agridulce»), que ese es un «paki», que el otro es «tremendamente judío» y aquel de más allá «asombrosamente judío»… Y así todo el rato. Su posición chauvinista es tan exagerada, tan Basil Fawlty en pleno ataque de nervios, que el lector no puede sino concluir que tales arrebatos tienen intención paródica.

6. Hablemos claro, ahora: cuando todo está dicho y hecho, una obra solo puede ser juzgada por su valor artístico. Viaje al final de la noche, de Louis-Ferdinand Céline, es una de las más espléndidas novelas jamás escritas, aunque de vez en cuando mencione a prestamistas de nariz larguirucha y atufe a indocumentado antisemitismo de pueblo y racismo para- noico. Esa es una, si no la más importante, distinción que conviene hacer entre libros que esgrimen valores cuestionables: ¿es, o no es, arte?

Stanley y las mujeres no es el Viaje al final de la noche, de acuerdo, pero sí es una novela válida, muy bien escrita, rítmica y adictiva. Sería la mejor novela de muchos escritores. Su cénit. En el caso de Kingsley no es así, claro; pero solo por una injusta comparación con el resto de su carrera.

Stanley esgrime teorías e ideas que a ratos son descabella- das y a ratos certeras. Huelga decir que, independientemente de la ira temporal que le dominaba, no todas sus opiniones son disparates. Como dijo su hijo Martin (en Experiencia), «la crítica de la condición femenina que rezuman Jake’s Thing y Stanley y las mujeres no carece de interés o pertinencia (ambas novelas son siniestramente vigorosas). Pero tampoco equilibra la cuestión…», etc. Es decir: no se trata de que todo lo que el autor aduce sea falso; lo que sucede es que rechaza —para joder, asumimos— ofrecer una contrapartida o un contexto. Una y otra vez nos relata las pequeñas indig- nidades y encerronas a las que las mujeres someten a Stanley, pero pasa muy veloz por encima de que el protagonista sea un adúltero en serie, un padre deficiente (tirando a glacial, cuando menos) y un adicto a lo que uno de sus interlocu- tores define como «el gran refugio (…). El gran consuelo. El gran protector»: es decir, el bebercio.

El libro es fantástico en cada fragmento en que el autor olvida que acaba de divorciarse del amor de su vida. O cuando no aparece ninguna integrante del sexo opuesto. Por supuesto, en un libro titulado … y las mujeres, eso no sucede tan a menudo como sería deseable. Al leer la novela es posible que al lector le sobrevenga lo mismo que sucede con las películas de Montgomery Clift post-accidente automovilístico: uno es incapaz de concentrarse en la trama, y solo es capaz de apostar morbosamente por dónde vendrá el siguiente tic facial del actor. En el caso de Stanley, el tic son las críticas a las mujeres, por supuesto, que tanto él como el resto de adláteres de sexo masculino imparten con gran generosidad a la mínima de cambio. Pero cada vez que el lector se siente inclinado a hinchar las mejillas y soltar aire, aparece de sopetón una nueva genialidad, una sección ensamblada de forma impecable, una nueva ráfaga de humor negro. Un humor tan negro que (como dijo Vonnegut de Heller) parece que le hayan extirpado la parte del humor. Son perfectamente cómicas todas las escenas de oficina, con las llamadas al chino «Re Chong Cho», de Penang; la borrachera en la barcaza; las diatribas alcoholizadas de Bert; las reflexiones sobre literatura, cine, música. Kingsley saca la cabeza en cada mención a un colega de profesión: cuando su hijo Steve destroza un libro, es el Herzog, de Saul Bellow; cuando Bert le dice que algunas cosas le quitan las ganas de follar, una de ellas es «si te hablan de Harold Pinter en plena faena».

No, Martin Amis no iba tan errado al decir que su padre era el «mejor novelista humorístico de su generación». Y eso es Stanley y las mujeres: una novela humorística de primer orden y de lo más amarga, con una comicidad que emerge de un lugar negruzco y lacerado; certera, violenta (llena de la «violencia del vencido», como afirmó Martin en Experiencia), y, ante todo, exenta por completo de cursilería, neutralidad o pusilanimidad. Muchos afirmarían que todo ello son signos de victoria narrativa. Y no estarían tan equivocados; pese a los numerosos baches del camino.

Mi única sugerencia al lector es que tome esos baches novelísticos como lo que son: heridas de guerra. Y que no se detenga demasiado en ellas, las deformidades, sino que continúe admirando el tejido intacto, el modo en que aún funcionan el resto de las articulaciones, lo ágil del trote. Merece la pena.

Kiko Amat

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