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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Brindar por las mujeres que derrochan negativas

El protagonista de una novela del gran narrador inglés se enfrenta al mundo armado de una misoginia cómica.

El magisterio de Kingsley Amis le infundió a la novela inglesa una compacta vulnerabilidad y se confundió con el ejercicio irascible de escribirla. Sus recursos parecían abastecerla de sobra. Por un lado, la emergencia necesaria de una voz renovada, conciente hasta la ultratumba del estado de lengua: Stanley discierne el acento social de un tono que vive en South London apenas una estación más al norte de la suya propia.

Por el otro, el referente confiable de alguien que conocía hasta qué punto, de Chaucer a Tennyson, la novela y la poesía no dejan en inglés de correr parejas. Stanley y las mujeres se atreve a alturas líricas que no alcanzarán jamás los bajorrelieves tesoneros de otros narradores y poetas.

Las estratagemas narrativas de Amis contrastaban con la mayoría de los angry young men, sus compañeros de generación. Algunos, como Bruce Montgomery, se perdieron en el camino. Incluso Philip Larkin, gran amigo y corresponsal, poeta extraordinario, parecía, al lado de él, ingenuo.

Abandonó la novela después de dos buenas tentativas. El paso inexorable de las novelistas contemporáneas –Iris Murdoch, Muriel Spark, Barbara Pym, Elizabeth Taylor, incluso Elizabeth Jane Howard, con quien Kingsley tuvo el coraje de casarse, y de quien estaba divorciándose mientras escribió Stanley– no fue siempre triunfal y es un sueño que nadie puede perturbar: la misoginia acompañaba al unísono a la misoginia inglesa.

No hay que olvidar tampoco que Ivy Compton-Burnett durante un largo tiempo fue contemporánea y que Penélope Fitzgerald tardó en emerger. El libro que recopila la mayoría de los juicios críticos de Amis se llama con justicia ¿Quién le teme a Jane Austen?

Es en todos estos puntos donde Stanley y las mujeres de Amis converge –o hace converger– situación y riesgo, circunstancia y ángulo de incidencia, desobediencia y clave de bóveda. Stanley, escritor afianzado y omnisciente, tiene una mujer que solo parece provocarle inconvenientes y un rezagado hijo esquizofrénico que pone al borde de la disolución todo lo que inventó como escritor, y en lo que ha creído. Una de las misiones que cumple con abnegada puntualidad el hijo es romper algunos de los libros que el hijo verdadero de Kingsley –Martin– veneraba (Saul Bellow), y otros (de John Fowles) que Kingsley detestó.

La aptitud de Amis para la novela es tan evidente que, pasada la aceptación inicial, parece redundante. Muchos de sus atributos, detectados con generosidad por Anthony Burgess, tan buen crítico como competidor disímil, son fáciles de enumerar: diálogos hirientes e indirectos en el momento justo; circunstancias y escena embebidas de la intriga que entran en el espacio de la novela subrepticiamente disimulan esa virtud convulsa convertida a menudo (de Shakespeare a Henry Green) en vicio inglés: el énfasis altisonante, perfecto ajuste de la locación al acontecimiento, sin el agravante consuetudinario de la falta de sorpresa.

El regio sentido de lo inglés de Amis se manifiesta menos en sus opciones reactivas –sobre el diccionario de uso del inglés de Fowler o sobre Margaret Thatcher– que en su inclinación muy recia y recta acerca de the Englishness of it, como Rudyard Kipling (a quien dedicó un libro) o James Bond (a quien dedicó un dossier).

Pese a sus imposiciones castizas, la traducción es buena. En un alarde de comodidad, ni siquiera de pereza, el prologuista (de vanidad distinta a la del traductor) compara a Kingsley Amis con Céline, cuando Montherlant hubiera quedado más cerca.

De alguna manera, Amis se adscribe al realismo de la novela exigido por C.P. Snow más que por Lukács (nunca absorbido por una crítica autónoma, aunque no del todo, como la francesa, xenófoba), pero alcanza sobre todo una rara apoteosis en esa afirmación conclusiva, tal su estilo, de W.H. Auden, que con entereza a Amis tal le hubiera encantado copiar: «Los mundos intemporales y ficticios/ de significado manifiesto/ a nadie deleitarían,// si no fuera el nuestro/ un mundo temporal donde nada/ es lo que parece».

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