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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Las perspectivas cambian sin cesar en «Solenoide», de Mircea Cărtărescu

Ya tenemos las palabras para otra dimensión: la literatura de Cărtărescu. Seguir nombrando nuestra realidad de la misma forma, nos impone re-elaboraciones de los dogmatismos, esos convenientes «paradigmas narrativos heredados», como los llama Frederic Jameson, se evidencian en los materiales y las formas.

Solenoide (España: Impedimenta, 2017, traducida por Marian Ochoa de Eribe), la más reciente novela del premiado autor rumano Mircea Cărtărescu (publicada originalmente en el 2015) es una dimensión que permite una vivencia vital: la lectura en voz alta. Las rimas internas o las reiteraciones nos sumergen en bucles musicales; son pequeños imanes que atraen una lectura mayormente canto, y aunado a esto, las excéntricas y brillantes sinestesias nos piden ampliar nuestros horizontes de percepción —es una lectura comprometedora para el cuerpo— para así soltarnos al asombro de un mundo sorprendente y denso, es decir, de sensaciones extendidas.

El relato se construye como los diarios de un profesor de literatura en Bucarest con una única ruta: del hogar al instituto. Compra una casa en forma de barco, inicia un amorío con Irina y se debate entre salvar de un edificio en llamas a un recién nacido o una obra de arte. Con su cráneo, reflexiona sobre lo «real», mientras ve solenoides por doquier. Un realismo que inaugura una dimensión densa y extravagante, lejana a la pompa y al mal gusto de las jerarquías.

A Descartes, el racionalismo lo lleva a dudar de su cuerpo, hasta de la propia mano con la que escribe. Esto es una forma de establecer un vínculo con el cuerpo, con las cosas. Cărtărescu no duda del cuerpo, sabe que su existencia, sumergido en la vida, depende de él, sabe que él es su cuerpo. Solenoide es la muestra de un golpe timón: el cuerpo y su vulnerabilidad constituyente: «somos el cuerpo no su inquilino y menos su prisionero» (p. 217); el primer relato es sobre una cabeza afectada por los piojos: los piojos siempre son de otros.

En este golpe de timón no propone la completa sintonía con el cuerpo, sino que constantemente tensiona la perspectiva, propone un vínculo muy flexible, ya que el narrador renuncia a la perspectiva del ego heredada del siglo XVI, y más bien, se constituye en una prosa afectada por la sofisticación e inmersión del cuerpo en la vida.

También está presente la trasmutación del cuerpo, y la extrañeza, cuando después de pasar por momentos muy dolorosos se puede reconocer la piel que se perdió y se conserva en un rinconcito, que nos recuerda donde no regresar; esa ropa que nos dice que ya no queremos ocasión para usarla: «Es una piel de mugre, mugre aglutinada, endurecida, cenicienta como una plastilina en la que se hubieran mezclado todos los colores: «la mugre de los nueve meses en la mili que a punto estuvieron de acabar conmigo» (p. 32).

Desconoce en este cuerpo la posibilidad de un solo «yo», la aventura que es vivir necesita de múltiples máscaras, de una multiplicidad de «yoes» y todos los caminos que no se tomaron por seguir otros caminos, siguen su curso. Reconoce que la literatura nos permite hablar de esos caminos que nunca tomamos. Esa es una las características de la literatura, explorar las posibilidades que nuestro cuerpo no pudo, creando un portal con una máquina de escribir, un lápiz o un ordenador.

En efecto, abandona la perspectiva sujeto-objeto, duda de la omnipotencia del sujeto, es decir, del humanismo tradicional: «¿por qué acabará el mundo conmigo?» (pp. 181-182).

La renuncia de la felicidad burguesa

Solenoide propicia una modificación de la experiencia, justamente, al descentrar al sujeto. Puesto en otras palabras, disuelve la perspectiva burguesa del sujeto y de su unidad psíquica (el facilista —y tan aburrido— individualismo racionalista). Así, entiende el «éxito» como una condena; ese «ser alguien en la vida» es deplorable: «Estás condenado si siempre has vivido feliz, si has sido millonario, gran actor o gran sabio o gran escritor» (p. 267).

Esto le permite una homologación de los seres humanos, sustentado en un principio ético de la brevedad del ser humano frente a la perdurabilidad del universo y, por otro lado, sustentado por el cerebro. La importancia que le da al cerebro no es un racionalismo, es la inteligencia en su sentido más corporal, como rasgo que comparte la humanidad. Y si todos somos insignificantes, casi sin existir, cualquier ser humano puede ser igual que otro. En ese espacio breve de existencia, una prostituta o un fanfarrón alcohólico, Bach o Spinoza tendrían las mismas posibilidades del conocimiento.

Hay una mística del vivir que suspende las decisiones (ataraxia de los sabios), es decir, al sujeto poderoso y creador de su destino. Por eso pone en duda el valor existencial de la premoción, de adelantarse a los eventos, de la excesiva planificación, y resalta la importancia de la sorpresa: «mi presentimiento de que íbamos a acabar en mi casa y en mi cama se transformó simplemente en realidad, como si hubiéramos estado ya en la cama y como si eso no hubiera tenido nada de extraordinario» (p. 103).

Cajas chinas o muñecas rusas

Yo, al menos, no abro una caja china, me da miedo que tenga que hacerlo hasta el final de los tiempos, pero hice una excepción. Al narrador no le basta un nivel de la realidad, tiene que ampliar los espacios y lo hace hasta el infinito. Estas constantes caídas de nivel, que son una invitación a seguir abriendo puertas y puertas en otras puertas y puertas hacen que esta «dimensión Solenoide» sea muy densa: «desde las profundidades hasta las alturas, de los mundos envueltos en otros mundos, envueltos en otros mundos, así hasta el infinito, cada uno de ellos dos veces más amplio que el anterior» (p. 718).

Solenoide como una dimensión extravagante, la diferencia de tamaños o perspectivas no implican humillación o recursos de poder, un bisonte de plástico es igual de real que un bisonte de carne y hueso. Esta escritura homologa también en dignidad con respecto a lo que se entiende por «real», no hay copias. Es una dimensión que solicita una experiencia desde una vivencia holista, que involucre todo el cerebro, no solo un hemisferio, esto también lo hace una vivencia poética: «combinando la razón analítica y la sensibilidad mística, el habla y el canto, la felicidad y la depresión, la abyección y lo sublime, se abre ante nosotros el sorprendente capullo de rosa de la cuarta dimensión, con sus pétalos perlados, con su plena profundidad, con sus superficies cúbicas, con los hipercubos de sus volúmenes» (p. 135).

Problematización de la lógica causa-efecto, importancia del espacio lógico a partir de la realidad del ser que la vive y sus especificidades, no desde el hermetismo como especie, nombres poderosos y míticos como Ion y Aneas, figuras como paralelepípedos, hipérbolas, elipses, teseractos de ceniza, toros gigantes, solenoides, poliedros, nanosegundos, micrón, colores como el ámbar, en fin, «bucles y bucles de tinta» (p. 94) que son envolventes para quien lo lea.

Todos estos giros en las perspectivas (lenguajes) tradicionales, son los que hacen de Solenoide un lugar extraño y realmente sorprendente para nuestra forma de entender el mundo, y es un mundo posible y fabuloso que tensiona al mundo, que surge a partir de Bucarest para quienes lean el libro. Sí, leer Solenoide es ascender un nivel hacia la liberación de la mirada y esto, a través del canto de un profesor de literatura.

Cristopher Montero Corrales