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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La fiebre del heno

El protagonista de «La fiebre del heno» es un astronauta norteamericano retirado, que nunca fue a Marte.

Tiene alergia a las gramíneas y este defecto le apartó del primer equipo espacial. La novela está ambientada en torno a 1975, aunque la realidad es ligeramente distópica: misiones espaciales a Marte en un mundo con frecuentes atentados terroristas. El comienzo del libro es desconcertante: nuestro astronauta se encuentra en un hotel de Nápoles, siguiendo los pasos de un tal Adams, que está muerto. El astronauta parte en coche y es seguido por otras personas, que vigilan sus constantes vitales. ¿Qué está pasando?

En París, el astronauta visitará a un matemático para pedirle ayuda. En este momento –página 75– será cuando el lector comprenda los términos del misterio que se plantea. El narrador ha sido contratado por una agencia de detectives, pagados por una tía de Adams, quien sospecha que su sobrino pudo ser asesinado. Los detectives han llegado a contabilizar, en dos años, once casos de muertes extrañas de extranjeros de unos cincuenta años que viajaron solos a Nápoles. Estos, tras sufrir un brote de locura, se han suicidado o han muerto en extrañas circunstancias. La misión del astronauta será emular los pasos de Adams para comprobar si le ocurre algo similar.

Hacia la mitad de la novela, el juego literario ya está plenamente planteado: ¿Existe algún patrón real que una a estas personas, o se trata de una serie de casualidades encadenadas? ¿Podrán el matemático y su equipo encontrar algún patrón que determine las causas del crimen? ¿Existe realmente un «crimen»? Este nudo misterioso me ha llevado a pensar en los juegos de los cuentos del Padre Brown, el personaje de G. K. Chesterton que tanto gustaba a Borges, autor que suele vincularse a Lem.

Aunque su personaje es un astronauta, La fiebre del heno es una novela de detectives muy en la tradición inglesa, un juego intelectual en el que la sangre es el atrezo de un pasatiempo, a diferencia de lo que ocurre en la novela negra norteamericana, en la que la sangre mancha de verdad.

Mario Levrero era un gran lector de novelas policiacas, algo que le hacía sentir culpable, pues este tipo de libros necesitan –según él– un final «cerrado». Si sus enigmas no quedan cerrados, la novela deja una sensación de estafa; pero cuando sí está «cerrada», deja una sensación de vacío. La fiebre del heno me ha hecho pensar en este comentario de Levrero. Conociendo a Lem, suponía que la novela iba a quedar cerrada y temía que, llegado ese momento, me invadiera una sensación de vacío. Como suele ocurrir en las novelas de misterio (Borges dixit) el planteamiento es, para el lector, superior a su solución. El problema planteado por Lem es interesante, y uno pasa las páginas con deseos de conocer la solución al misterio. En ese sentido, la novela funciona perfectamente aunque, como vaticinaba Borges, el misterio era superior a su resolución, a la sensación de juego «cerrado» de Levrero.

He leído dos novelas de Lem, Solaris y La fiebre del heno. Me quedo con Solaris, que es más filosófica. La fiebre del heno es más un juego, pero eso sí, un juego inteligente. Si a eso unimos las peculiaridades de Lem, sobre todo la de elegir un personaje astronauta en una ligera distopía, el resultado es un cóctel atractivo.

DAVID PÉREZ VEGA

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