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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La (in)felicidad de la infancia

Se ve que hoy es el Día Internacional de la Felicidad. Hasta la UNESCO quiere que seamos felices, que experimentemos esa sensación cueste lo que cueste, aunque sólo sea por un día.

Grandes superficies, restaurantes, hoteles y empresas de todo tipo nos venden esa felicidad a todas horas. Sí o sí debemos sentirnos dichosos como niños… ¡Un momento! ¿Pero acaso los niños son felices por el simple hecho de ser niños?

Cunde entre la mayor parte de los adultos esa idea de que la infancia es la etapa más feliz de nuestra vida. En realidad considero que es un espejismo, una idealización de un periodo vital. Está claro que cuando somos pequeños no tenemos que hacernos cargo de la prole, ni pagar facturas, ni trabajar horas extra, pero ¿son suficientes motivos para concluir con que esos días eran más gozosos?

Por mi propia experiencia y la de quienes me rodean, debo manifestar mi repulsa hacia esa idea de una infancia feliz, pues los niños de cualquier origen y condición sufren como adultos. Sus miedos, sus anhelos, sus penas, aunque de otro origen, son igualmente efectivas a la hora de procurarnos tristeza. La muerte de un ser querido, el acoso escolar, el primer día de escuela, las disputas con los amigos o el fin de las vacaciones, aunque se experimentan de forma diferente, son gatillos que disparan un universo complejo de emociones, tanto, que a veces es muy doloroso y nos estigmatiza de por vida.

Teniendo en cuenta este panorama, se me plantea la siguiente duda: ¿Necesitamos pues libros infantiles que evidencien la realidad y temores de los pequeños lectores? Al igual que en la literatura para adultos, las páginas de los libros (entendidos en el marco de la ficción) necesitan hacerse eco del mundo y servir como espejo a los lectores. De lo que no estoy tan seguro es si estas deben ejercer a modo de psicoanalista o entrenador personal, pues lo poético, aunque con una carga simbólica elevada (que en algunos casos puede ayudar a ese lector marginado, furioso o descolocado a sortear los baches de su propio camino) tiene como fin una experiencia estética y no una terapéutica.

Con estos pensamientos arribo al título de hoy, Mi miedo y yo, el nuevo álbum de la italiana Francesca Sanna y editado esta primavera por Impedimenta en su colección La pequeña Impedimenta, que se vuelve a hacer eco de la desazón que sufren los niños inmigrantes que, como la protagonista, arriban a un nuevo centro escolar, a un nuevo vecindario, a un entorno desconocido.

Siguiendo en la estela de El viaje, un título que ahondaba en la problemática de los refugiados y que tanto dio que hablar hace un par de años en la parcela de la LIJ más realista y social, este nuevo libro, aunque continua en la misma línea de ese periplo repleto de metáforas coloristas, también se interna en el diálogo interior de un personaje angustiado.

Me ha gustado mucho la personificación del miedo, un acompañante singular que a veces es grande, otras pequeño y que sólo ella (y el lector-espectador) es capaz de ver, de sentir, de acarrear algo que me recuerda sobremanera a la figura de los daimon griegos o los fyljgas nórdicos, figuras mitológicas de las que bebe con frecuencia la literatura infantil.

Sin olvidar que es una historia que puede hacerse extensiva a cualquier ser humano —¿Acaso ustedes no tienen miedos? Seguro que sí…— les invito a leer este libro con elevado componente íntimo y compartir a posteriori con sus congéneres, los miedos que les acucian, sin dejar de lado esa honda pregunta con la que he empezado un día como este: ¿Es la infancia una etapa feliz?

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