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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
H. G. Wells, el sexo del cometa

Un hombre con atributos, la monumental novela biográfica de David Lodge sobre el padre de La guerra de los mundos y las mujeres que jalonaron su vida

Hacia 1941, George Orwell calificó a H. G. Wells como el gran profeta de la era eduardiana. Nadie, dijo, que haya escrito entre 1900 y 1920 habrá tenido mayor influencia sobre los jóvenes. La alabanza, sin embargo, no era sino el trampolín desde el que arrojar a Wells a una poza de descrédito. A partir de 1920, proseguía Orwell, Wells habría malgastado su talento «matando dragones de papel» hasta volverse «un pensador superficial y deficiente». Los dardos de Orwell, que aún no había publicado Rebelión en la granja ni 1984, son una guía eficaz para entender la carrera del prolífico padre de La guerra de los mundos. Pero es casi seguro que no atravesaron la piel de rinoceronte del hombre que, además de escribir más de un centenar de libros y millares de artículos, había exasperado a la mojigata sociedad inglesa en los años previos a la I Guerra Mundial con su osada defensa y práctica de un amor libre que disociaba sexo y matrimonio. Ese reto le puso contra las cuerdas y le hizo temer la pérdida del estatus social alcanzado con su frenético trabajo intelectual en apenas una década.

Casi ochenta años después de que Orwell dictase su sentencia, a Herbert George Wells (1866-1946) se le recuerda todavía por sus primerísimas novelas: La máquina del tiempo, La isla del doctor Moreau, El hombre invisible y La guerra de los mundos. Cuatro obras de anticipación científica escritas entre 1895 y 1898 que, además de sacarle de la miseria, le valieron el título de padre de una ciencia ficción que iba más allá de los viajes extraordinarios de Julio Verne. Mucho menos eco han dejado novelas sociales como Kipps, Tono-Bungay, Ann Veronica o El nuevo Maquiavelo, con las que entre 1905 y la Gran Guerra reforzó la carrera de reformador social emprendida cuando, libre de estrecheces económicas, se lanzó a la política, primero con los socialistas fabianos y luego como francotirador. En cuanto al resto de sus narraciones, más de una veintena, han caído en el olvido. Wells tenía una concepción instrumental de su compulsiva escritura, pero el devenir literario dejó de transitar ese sendero hacia 1915 para abrazar la vanguardia modernista. «Era la teoría de la novela de Henry James, pero llevada aún más lejos: la narrativa aspirando a la condición de poesía lírica», lamentará en sus últimos días.

A decir verdad, y pese a las comillas, no puede afirmarse que esta última queja sea literal. Porque está tomada de la página 510 de Un hombre con atributos, la monumental novela biográfica sobre Wells que el inglés David Lodge (1935) publicó en 2011 y que ahora presenta Impedimenta en espléndida traducción de Mariano Peyrou. Un hombre con atributos es, de momento, el magistral broche de oro a la carrera de Lodge, el celebrado autor de La caída del Museo Británico y de la Trilogía del Campus, cuya fina prosa satírica llegó al público español a principios de los años 80, de la mano de Anagrama, en el mismo paquete de Ishiguro, Martin Amis, McEwan o Barnes, que pertenecen por edad a la generación siguiente.

Antes que la novela sobre Wells, Lodge había abordado, con fina lógica de investigador, una sobre Henry James, ¡El autor, el autor! (2004), acogida con cierta frialdad. Tal vez influ- yese en esa recepción la publicación, también en 2004, de otra novela sobre James, la celebrada The Master, del irlandés Colm Tóibin. Más lírico, Tóibin se centra en el individuo, mientras Lodge, avezado organizador de frescos, recrea con precisión y dinamismo todo el entramado de escritores, editores y críticos que rodea las dos últimas décadas de un James cada vez más arrumbado. Tóibin se ganó el favor de los lectores.

Pues bien, siete años después, Lodge se sacó la espina con fulgurante destreza gracias a Un hombre con atributos, cuyo título alude tanto al talento como a la dotación genital de Wells. En primer lugar porque su prosa ágil y detallista, aunque despojada de barroquismos, reconstruye en su integridad la trayectoria vital, política y literaria de un Wells que en la memoria de muchos había quedado, si acaso, como el padre de aquella Guerra de los mundos (1898) con la que, 40 años después, Orson Welles había inquietado a EE UU a través de la radio. En segundo lugar, porque escogió como hilo conductor a las numerosas mujeres que poblaron su vida y, por esta vía, desempolvó su ya olvidada faceta de pionero y derrotado combatiente por aquel amor libre que medio siglo después triunfó cómo revolución sexual. Y, en tercer lugar, porque el maestro Lodge, documentado hasta las cejas, dispuso una inteligente estructura que le permitió, de verdad, construir una apasionante novela biográfica en lugar de enmascarar con «voluntad de estilo» un simple pastiche de fuentes secundarias.

Wells estuvo casado dos veces. Un par de años con su prima Isabel Wells, de su edad, y más de veinte con su alumna Amy Robbins, seis años más joven, a la que siempre llamó Jane. Con ella, fallecida en 1927, tuvo dos hijos. Ambas mujeres, junto a la enigmática Moura Budberg, secretaria y amante de Gorki, y siempre tenida por espía soviética, fueron según Wells sus grandes amores. A Moura, 27 años mas joven, le pidió matrimonio tras la muerte de Jane, pero esta rusa —sobre la que Nina Berberova publicó en 1988 una notable biografía— se negó a ir más allá de convertirse en la amante oficial que fue, tal vez, hasta la muerte del escritor en 1946. Pero, además, Wells tuvo un centenar largo de amantes, muchas efímeras, entre las que destacaron Amber Reeves, hija de fabianos, y Rebecca West, feminista y novelista. Con ambas tuvo descendencia.

Esta trayectoria, muy simplificada, habría hecho de Wells un simple mujeriego (depredador sexual para sus enemigos) si no fuera porque rehuyó la hipocresía y se empeñó en airearla, a la vez que escribía novelas —En los días del cometa (1906) y Ann Veronica (1909) fueron las más polémicas— donde ilustraba sus tesis sobre amor y sexo, que también incluía en sus programas de reforma social.

Wells tendía a aplicar un las mujeres en el amor libre

Wells consideraba absurdo fingir amor para retozar. El deseo, explicaba, es constante y pide satisfacción constante con personas que sólo lo vean como un juego agradable desprovisto de compromisos. El amor, en cambio, es poco frecuente y se revela la mejor base para formar estructuras estables que en Wells son a veces poliamorosas. En cuanto al enamoramiento, léase pasión obsesiva, lo concibe como una fase de locura desencadenada por la ilusión de haber hallado a la compañera perfecta, «la amante-sombra», el alma gemela de vida y cama. Estos planteamientos, tan atrevidos hace un siglo, podrían haber sido sinónimo de liberación femenina si no fuera porque Wells estaba tocado por un paternalismo patriarcal que le llevaba a establecer un doble rasero, sin duda reforzado por su propensión a los ataques de celos.

Amber Reeves, su gran pasión, y Rebecca West, su mayor sujeto de lujuria, entraron dentro de la exaltada categoría de «amantes-sombra» y sobre ellas pivota gran parte de la novela, en triángulo con Jane, a quien pronto convenció para sellar un pacto que separase familia y sexo, y que hasta permitirá a la esposa dar consejos a Wells sobre la idoneidad de tal o cual amante.

Esta actitud valió al matrimonio la etiqueta de depravados. Pero la gran batalla contra la sociedad la propició, entre 1908 y 1910, la relación con la joven Amber, hija de amigos fabianos, que entre otras cosas precipitó la ruptura de Wells con ese grupo socialista al que veía anquilosado y que pretendió reformar sin éxito. La narración de estos dos años, que incluyen largas convivencias de marido, esposa y amante, constituye una fascinante historia de amor. Wells perdió la batalla y, en adelante, hubo de ser más discreto.

La relación con Rebecca West, una década larga a partir de 1912, fue mucho más tormentosa, ya que ella pretendió ocupar el lugar de Jane. Sin embargo, la poderosa personalidad y la finura de análisis de West permiten a Lodge poner en sus labios el balance vital de un hombre que desde los años 20 vivió un continuo decaer de su influencia. Para West, H. G. Wells fue un cometa, surgido de la oscuridad a finales del siglo XIX, que brilló tres décadas fascinando, asombrando y alarmando al mundo, igual que el astro de su novela pionera sobre el amor libre. Quería transformar y, aunque no lo logró, dejó una semilla y tal vez vuelva. De hecho, un siglo después, y esto no lo dice West, un nuevo cometa cargaría una losa del sexo más liviana que la de Wells.

EUGENIO FUENTES

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