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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Desde el comienzo de la novela de 244 páginas, que puede leerse de un tirón, la rudeza de la voz narradora es tan inesperada que cautiva. «Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. (…) La habría matado con medio pensamiento», reflexiona, mientras la observa a través de la ventana de su colegio, el protagonista, Alesky. Estas son las palabras con las que abre la primera novela de la autora nacida en Moldavia en 1978 y marcan el tono del resto del libro.

Han transcurrido décadas desde aquel verano y Alesky es ahora un artista plástico —y se supone también que es una de esas personalidades geniales que va de lo sublime a la locura— y su psiquiatra le recomienda hacer un diario del último verano que pasó con su madre antes de que ella muriera de cáncer, para solucionar un bloqueo creativo persistente que le impide terminar un encargo para su próxima exposición. El protagonista acepta a regañadientes y lo que sigue es el relato de una niñez miserable marcada por la pérdida de una hermana, el abandono del padre y el descubrimiento de la propia chifladura. «Un sopapo perdonado acarreara un puñetazo y una mentira admitida se transformará en un cementerio de verdades» es la frase con que Alesky resume la relación de su padre y su madre y la infelicidad de ella. «No hagas nunca las cosas a lo tonto pensando que tendrás tiempo de enderezarlas, porque no lo tendrás», le advierte su madre aquel verano en que tiene los ojos verdes y, de la debilidad, ya no puede salir del sofá ni para tomar la cena.

Decía antes que El verano en que mi madre… se puede leer de un tirón y he debido aclarar que se debe leer de una sentada. Eso beneficia a la experiencia porque la narradora construye un mundo ficticio cerrado donde sucede un tiempo propio —y es cualquier cosa menos lineal— en el cual el lector se aísla del mundo encerrándose en la particular manera de ver la vida que tiene el protagonista. Salir de allí para volver a entrar después en su atmósfera de rabia y rencor produce desconcierto, y ese sentimiento empaña siempre un poco los primeros momentos de lectura.

La economía de recursos, el desdén por los adjetivos y la brevedad de las escenas (que son capítulos también) son atributos del estilo que diferencian a Ţîbuleac del resto de las autoras europeas de su generación. Impresiona el uso del recurso aforístico en ciertos capítulos en los cuales resume el sentimiento a su mínima expresión. Escribo «impresiona» porque no es común una atención tal a la alegoría y al recurso literario en una persona cuya actividad profesional está vinculada al periodismo televisivo. Quizá se explique esto por el hecho de que Ţîbuleac también es cuentista; su primer libro de ficción es la colección de relatos titulada Fábulas modernas y publicada en 2014. Si no supiera estos datos biográficos me hubiera atrevido a decir que era, más bien, poeta. El símbolo que expresa en forma de aforismo y palpita en el corazón de esta ficción son los ojos de su madre. «Los ojos de mi madre fea eran los restos de una madre muy guapa» es la frase que constituye el capítulo 11; «los ojos de mi madre lloraban hacia adentro», el 18 y, el 28: «los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos». Y aquellos ojos verdes que estaban apagándose un verano cuando un hombre descubrió su vocación artística son el leit motiv y la tragedia que cascabelea en toda la novela, la idea fija de un triste orate.

Michelle Roche Rodríguez