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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Qué dulce desconcierto cuando empiezas una novela y por mucho que te esfuerces no intuyes a donde te va a llevar. Las primeras páginas de la novela de Tîbuleac despistan al lector. El protagonista es odioso y sus sentimientos parecen impostados, una parodia forzosamente exagerada sobre la desafiante actitud de los adolescentes hacia sus madres. Pero nos falta mucha información. La paciencia del lector se premia con una gloriosa recompensa.

En las primeras páginas uno se siente perdido. El planteamiento de la novela resulta vacilante y la sensación de que la página siguiente va a ser determinante para saber lo que la obra quiere explorar y cómo lo va ha hacer despierta nuestros primeros miedos. Porque esa duda no se resuelve ni rápido ni de forma fulminante. Van cambiando los matices, el tono, la atmósfera, las relaciones entre los personajes y el nexo entre el lector y la novela. Y al ritmo que se renuevan los ojos de la madre también lo hace nuestro modo de percibir la obra.

La belleza va abriéndose hueco y en la narración monocromática de las primeras páginas empiezan a florecer los colores. Pero el jardín no deja de herir. En nuestras pisadas empezamos a sentir las raíces del dolor y pequeñas piedras se cuelan en nuestro calzado. Incómodos y desorientados vemos las primeras flores pero su belleza es peligrosa. Nos amenaza. El verde esplendor todo lo matiza, el jardín comienza a extenderse y los pétalos se multiplican…. y todo duele. Y todo consuela. Y empezamos a comprender, poco a poco.

Este libro es el lamento por lo que la muerte roba y otorga a quien no marcha con ella. Este libro es el agradecimiento por lo que la muerte roba y otorga a quien no marcha con ella.

En el transcurso de la novela la muerte visita sus páginas en dos ocasiones. Una visita se narra en retrospectiva, siendo la raíz de muchos de los males que padecen los personajes principales. La segunda visita no se da hasta el final de la historia, pero se intuye al poco tiempo de que la narración arranque.

La novela en esencia trata sobre el perdón y los dolorosos e inevitables lazos emocionales que nacen de nuestra convivencia con la muerte. Tîbuleac logra relacionar todo ello con elegancia e intimismo, porque pese a la excesiva brusquedad y crudeza de sus primeras páginas, la autora va desdibujando la extremista malquerencia del arranque y comienza a esbozar una insoportable misericordia que todo lo trastoca.

Así, la muerte en esta obra es el accidente total, la hecatombe que todo lo destruye y desordena; el frío abrazo que consuela y el susurro que incita a ensamblar las piezas que ella misma despedazó. En la obra, la primera de las muertes es la ruina del vínculo maternofilial y la segunda el pretexto para su reparación. La muerte hace, la muerte deshace.

Este libro es un ruego por los atisbos de luz en los rincones más inhóspitos.

Creo que gran parte de la intensidad narrativa de esta novela se debe a que todo en ella es recuerdo. Aleksy, el protagonista, es un pintor en plena crisis creativa que recurre a un servicio de psiquiatría y allí rememora el verano en que su madre tuvo ojos verdes como recurso catártico y remedio para su bloqueo artístico.

Y de ese ejercicio memorístico nace la historia que Tîbuleac traza con temple y maestría. La anteriormente citada crudeza de su atropellado inicio resulta engañosa y puede llevarnos a equívocos, pero la autora no tarda en medir la fuerza de su prosa convirtiendo los primeros puños al aire en secos y duros golpes de timón que logran un relato de ritmo impecable.

Mención aparte el bellísimo capítulo final de un sólo párrafo que condensa a la perfección toda una vida (la del protagonista) y exhibe la poética de la supervivencia y sus mecanismos. Es un cierre sublime.

Este libro es penumbra. Un espacio que danza entre la luz y la oscuridad. Porque como bien decía Tanizaki, la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra y es la luz indirecta y difusa el elemento esencial de la belleza de nuestras residencias. Los destellos y las tinieblas que conviven entre la vida y la muerte. Entre el amor y el odio. Entre el castigo y el perdón. Entre un hijo y una madre.