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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Diarios del agua» (Impedimenta), de Roger Deakin

A través de los espejos que fluyen.

En el principio, la sensación de estancamiento vital, la tristeza, el sentimiento de desconexión y desajuste. Un principio que parece fin. La lectura de un desolador falso trayecto, el relato El nadador, de John Cheever, generó en Roger Deakin un impulso que sí era principio. Partiendo de su particular foso, extensión de sí mismo, se decidió a realizar una trayecto que implicaría diversas etapas en diferentes zonas de Gran Bretaña, con el agua como elemento de desplazamiento y símbolo de flujo vital. Sentir un principio implica que todo es posible, que el infinito es el paisaje, el horizonte durante el trayecto, el trayecto en sí. Así es, al fin y al cabo, la naturaleza de los sueños. Sueñas luego te impulsas. Nadar y soñar se estaba convirtiendo en algo indistinguible. Me fui convenciendo de que seguir el agua, fluir con ella, sería una buena forma de trascender la superficie y comprender mejor las cosas, de aprender algo nuevo. Puede que hasta aprendiese algo sobre mí. En el agua, todas las posibilidades parecían extenderse infinitamente. Liberado de la tiranía de la gravedad y del peso de la atmósfera, me encontraba en ese estado de atención máxima que describió el poeta australiano Les Murray cuando dijo: «Sólo me interesa todo».

Deakin se interesa por todo. Esta narración, y su mismo trayecto, es como un desplegable. Interesarse por todo supone mirar la realidad como si no la hubieras mirado antes. La misma mirada se metamorfosea, porque se transforma, de modo constante, en el proceso. El trayecto de estos excepcionales Diarios del agua (Impedimenta), de Roger Deakin, es puro impulso de acción del deseo de conocer y experimentar. Cuando te zambulles se produce una especie de metamorfosis. Al atravesar el espejo acuático, dejas atrás la tierra y entras en un mundo nuevo, donde la supervivencia, y no la ambición o el deseo, es el objeto principal. De alguna manera, su desafío, o su aventura, implica atravesar el espejo, como en la obra de Lewis Carroll, que se mencionará de modo explícito en una de sus etapas: Mientras compraba en Stockbridge me sentía un poco como Alicia en el país de las maravillas: no había gente, sólo breve mensajes con instrucciones, escritos a mano, por todas partes. No me hubiera extrañado lo más mínimo entrar en el pub y encontrarme con una nota de «Bébeme» en la barra.

El relato, como la propia aventura, implica recorrer un laberinto. Significativamente, en la primera etapa, en las Islas Sorlingas comenta: Alguien había estado allí antes que yo: encontré una serie de laberintos de arenas y piedras —en uno habían escrito una leyenda con un palito: el laberinto sorlingo—. que también evocaban la edad del bronce. Mientras me alejaba de la orilla a nado, reflexioné sobre los laberintos y sobre una teoría que John Fowles propone en el libro Islas: que un laberinto de piedras situado en la cercana isla de Saint Agnes fue construido por visitantes vikingos, o incluso un marino fenicio hacía dos mil quinientos años. Esos laberintos son bastante habituales en Escandinavia, pero su significado ritual es un misterio. Fowles cree que podría estar vinculados con las tumbas, como una vía de escape hacia la reencarnación. Al fin y a cabo, es un trayecto que ejerce de reencarnación. Sentir que se participa en la vida, que se conecta con la misma. Por eso, la materia tiene su voz, su presencia primordial, como las otras especies. Es el acto de realización, al que aludía Peter Handke, la conexión que es sentirse parte integral. El logro de la inmersión, o su ilusión, esa aspiración de volver a sentirse dentro, como en el vientre materno: Al nadar, lo vemos y lo percibimos todo de un modo que no se parece en nada a ningún otro. Estás en la naturaleza, forma parte integral de ella, de una forma mucho más plena e intensa que en tierra firme, y la percepción del presente resulta abrumadora. En las aguas salvajes te encuentras en igualdad de condiciones respecto al mundo animal que te rodea: al mismo nivel, en todos los sentidos.

En otro de los primeros capítulos, o en otra de las primeras etapas, se alude a los mapas (como se acompaña esta exquisita edición con un mapa literal de los lugares en los que se sumergió). El mapa no sólo relacionado con los espacios físicos, sino con el espacio mental, la evolución en ese laberinto que recorre. La exploración no se desenvuelve por las líneas rectas, sino en espacios tan escarpados como recónditos, a mar abierto o en ríos en los que los meandros son un universo de múltiples especies. Las terras incógnitas no son sólo las exteriores. Mi viaje también estaría vinculado a la geografía de mi mente como a la de esta tierra nuestra. En cierto modo, mi deseo de ir en busca de recuerdos, y enhebrarlos con la experiencia física de nadar en aguas de todo el país, guardaba muy poca relación con los mapas oficiales. De haber tenido un antepasado totémico, sería la nutria, o la anguila, nadadores que a menudo viajan por tierra, siguiendo sus mapas instintivos. (…) En realidad no estaba usando el mapa para encontrar mi camino, sino para extraviarme; para perderme en aquel paisaje. Los lugares donde acabase deambulando y nadando, dondequiera que fuese, configurarían mi propio mapa inconformista de nuestro país.

Perderse para encontrarse. La actitud que no se conforma, y no da trayecto ni estancia por como coordenada que no sea refutable. Sabiduría de la ilusión, era el título de otro magnífico libro, de Rafael Argullol, el cual, como ya este, considero de cabecera. En aquel caso, el recorrido era a través de diferentes pensadores y artistas. En este a través de materia y reflexiones. En su mapa, cuestiones abstractas, los reflejos y la materia, la reflexión, lo otro y las conexiones, la sensación de sentirse presente. Y cuestiones específicas: el maltrato a las aguas, la contaminación con productos agrícolas, o en concreto, la ocasionada por la fuga de una empresa azucarera en 1980: no hay nada más contaminantes que el azucar, que desoxigena el agua y propicia un enorme aumento de las bacterias. Como también se cuestiona cierta inclinación a cercar espacios, a establecer límites, el virus de la obtusa territorialidad. El agua no sabe de fronteras. Por eso, celebra la actitud consecuente y respetuosa: La localidad (Stockbridge) es un tumulto de afluentes, una Venecia rural. Media docena de riachuelos -todos reivindican ser el auténtico río Test- fluyen por debajo de la ancha calle mayor y emergen, susurrando, entre los jardines, pastos, parcelas, cobertizos, viejos establos y edificios anexos que se esconden detrás de las fachadas de las tiendas y las casitas. El murmullo de la corriente se oye en todas partes, y las ánades reales deambulan por sus calles a su antojo, como las vacas sagradas en la India. (…) Qué maravilloso encontrar un sitio que valora, usa y disfruta tanto su río, en vez de ocultarlo a la vista, encorsetándolo en un canal de cemento.

Y, por añadidura, las secuelas de esa agresión contaminadora en los habitantes, la extinción de especies, como el Coipo, o la casi extinción, entre los 50 y las 60, de la nutria. Sus huellas, en diferentes lugares y etapas, son como la compañía de la sonrisa del invisible gato de Cheshire. La presencia de los animales abre ángulos: Mientras nadaba mi milla, me crucé varias veces con un solitario escribano de agua, que iba de une extremo a otro trazando una serie de bucles y círculos que recordaban a la caligrafía. (…) Aquel encuentro me invitó a reflexionar sobre la individualidad de los insectos, que solemos a imaginar como autómatas, todos programados para comportarse exactamente igual (…) una relación con unos seres que solemos concebir en un mundo aparte. Se constituyen en reflejos de lo posible: Elaine Morgan cita el caso de un elefante que hizo una excursión de trescientos veinte kilómetros, pasando de isla a isla, por la bahía de Bengala. Tardó doce años en completar el viaje, y en algunos de los saltos entre islas llegó a nadar más de un kilómetro y medio en océano abierto. Lo otro es uno mismo, la participación de las otras existencias, de lo existente: Keats escribió, en una carta a su amigo Bailey: «Si un gorrión se posa delante de mi ventana, participo de su existencia y picoteo la gravilla». Al nadar cerca del remolino de Corryvreckan quería «participar de su existencia», sentir que formaba parte de él, que nadaba con y no contra él, en uno de sus momentos de sosiego.

En el mapa, también, los reflejos de otras obras, de otros pensadores, el imaginario propio. Se sumerge en las aguas en las que nadó el personaje de Magwitch, el convicto prófugo de un barco-prisión, en los pasajes iniciales de Grandes esperanzas, de Charles Dickens. Evoca los paisajes de una lectura juvenil, Espíritu de amor, de Daphne de Murier, o el hotel donde se rodó Las vacaciones de Monsieur Hulot, de Jaques Tati, establecimiento que aún existe casí como en la película. O cómo la historia de un pozo con agua especialmente pura, de nombre El pozo de Aristóteles, cuya atmósfera evocaba En busca del arca perdida, despertó al chiquillo detective que otrora fui: allí había un Santo Grial de verdad. El mito de una búsqueda. Espejos que se cruzan en busca de un Santo Grial relacionado con la reencarnación vital mediante la ceremonia del agua: Al rato me giré para hacer un tramo a espalda, y así observar los imponentes acantilados y lo que la compositora Imogen Holst definió una vez como «el contrapuntistico vuelo circular de las gaviotas». Disfruté de esa soledad momentánea. Esos sitios mágicos que la gente del norte de Grecia denomina agrafa, «lugares no escritos» (…) Era un sitio muy peculiar, como un teatro griego, que había sido moldeado por los años de uso y que ahora estaba más hermoso si cabe por encontrarse en ruinas y en u sitio tan recóndito. No había visto un alma humana en treinta y seis horas, solo ovejas y la imponente presencia de las Rhinog, cuyos picos se perdían entre las nubes aquella mañana. Podría haberme quedado allí días y días, mapa en mano, camino del siguiente lago de nombre impronunciable, de agua indeciblemente fría.

La obra se define también por un talante que fluye, un talante flexible. En cierto pasaje ironiza sobre la eterna confusión británica con respecto a los cuerpos, pero su humor es el de una mirada templada que sabe ironizar hasta consigo mismo: Sus larvas viven en las raíces de las hierbas húmedas, y todas deberían haber eclosionado al mismo tiempo, sin tener nada claro el rumbo que debían dar a su vida. Una mosca, qué duda cabe, digna de los tiempos que corren. O: Quizá, sencillamente, estemos más a gusto en el agua o cerca del agua que en tierra firme. Quizá la tierra sea nuestro problema.

Deakin se confronta con nuestra condición difusa e inestable, como los mismos límites de las costas. O según una frase de Richard Abey que cita: ser tan circunstanciales como la espuma del mar. Una etapa crucial será su recorrido por Jura, una de las islas Hébridas, el lugar al que se retiró George Orwell, para vivir lejos del mundanal ruido, a cuarenta kilómetros del establecimiento más cercano, donde escribiría 1984. Deakin se desplaza entre senderos abiertos por el tránsito de ciervos, el principal habitante de esa isla, y experimenta la que debe ser al agua más limpia del mundo, de una suavidad balsámica. Como si hallará el Santo grial, o su propia poza en su propio desplazamiento, a sí mismo en la participación de las otras existencias, de la materia. La metamorfosis se culmina. Se ha cruzado el espejo, y este ya está en la mirada conciliada. No hay límites.

Un gato se entretenía persiguiendo mosquitos en la playa. Todo el paseo marítimo recordaba a un expositor de helados, con tonos rosas, cremas, naranjas y azules, como si las casas estuviesen en pijama. Nadie corría las cortinas; de hecho, nadie parecía preocuparse de nada, como quien dice. En Jaywick, todo miraba hacia fuera, aunque los únicos que habrían podido curiosear dentro de las casas eran el mar y el tiempo. En los porches y las verandas de madera había un poco de todo: windsurfistas, barcos de fibra de vidrio, tumbonas y mesas de picnic. El pueblo destilaba esa sensación remota de mi infancia. Parecía extraordinariamente frágil, como si pudiese marcharse flotando, un día cualquiera, con la subida del mar del Norte.

ALEXANDER ZÁRATE

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