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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
El otro (Impedimenta), de Tom Tryon

La realidad es una mancha que no logras identificar.

Tom Tryon (1926-1991) fue uno de los actores que consideró Alfred Hitchcock para interpretar al personaje de Sam Loomis, para el que sería elegido John Gavin, en Psicosis (1960). Una de sus singularidades narrativas era la sorpresa que suponía la muerte de la que parecía la protagonista, Marion Crane (Janet Leigh), ya que durante casi la mitad de la narración había sido el punto de vista con el que los espectadores se identificaban. Vaya, eso sí que ha sido todo un acontecimiento, ¿verdad?. Podría haberlo dicho un narrador que hubiera irrumpido en la acción, tras que Marion sea asesinada en la ducha, pero sí es una frase con la que inicia un capítulo, ya avanzado el relato, el indefinido narrador de El otro (Impedimenta), la primera, y excelente, obra de Tom Tryon, publicada en 1971, y que un año después el mismo convertiría en guión para la película dirigida por Robert Mulligan (con la cual no quedó demasiado satisfecho, por el enfoque de dirección y montaje). En la película no hay narrador alguno. La novela alterna la primera persona y la tercera. Se inicia con ese narrador que no nos revela quién es. Tampoco es muy preciso con su emplazamiento, sólo que vive en alguna residencia. Sí es más preciso en cuanto a la orientación temporal. Han transcurrido veinticinco años desde que ocurrieron los eventos que se narrarán (o narra él), allá por 1935, protagonizados por Niles y Holland, los gemelos de trece años que viven en una granja de Nueva Inglaterra. Tan parecidos, pero tan distintos. Recordaba cómo reaccionaba cada uno de ellos al <>: esa transferencia casi mística, que ella había descubierto de niña y que les había enseñado. Tan diferentes… Niles, un niño del aire, un espíritu alegre, bien dispuesto, cálido, cariñoso; se le veía el alma en la cara: tierno, alegro, afectuoso. ¿Holland? Totalmente diferente. Ada siempre les había querido a los dos por igual, pero Holland era un niño de la tierra; silencioso, cauteloso, encerrado en sí mismo, encadenado por secretos que no compartía. Anhelando amor, pero incapaz de darlo. Hasta su nacimiento había sido particularmente hosco. El narrador irrumpe en un par de ocasiones más en el transcurso del relato (¿como el gato, de Cheshire, que juega con otra criatura?). En la segunda ocasión, cuando comienza con esa frase, evidencia que sí hay algo de juego en la manipulación de información, como el mago que realiza un truco que espera que nadie sepa cómo lo ha realizado. Por eso, disfruta con la alteración de perspectiva que supone una radical modificación de escenario para el lector.

Thomas Tryon fue el protagonista de una de las grandes películas de Otto Preminger, El cardenal (1963), y sería secundario en Primera victoria (1965). En el cine de Preminger, la verdad a veces se angosta en un ángulo ciego cuando la realidad se convierte en un escenario que es maraña de representaciones, simulaciones, mascaradas que ahogan o anulan a las emociones y sentimientos. En El otro, la verdad, ese acontecimiento que conmociona nuestra percepción de lo narrado, se perfila o insinúa sutilmente durante la narración con una serie de componentes (conectores), que en sí ejercen de reflexión sobre los límites o condicionantes de la percepción, e incluso de la misma naturaleza de la realidad. La realidad es según. Esos puntos que perfilan la línea, en un juego de sombras que a su vez no dejan de ser señales en la bruma, están compuestos por manchas: Cada año que pasa la mancha del techo aumenta de tamaño, y se vuelve más oscura. La gran mancha ondulada de color óxido. Como esa otra, la que hay sobre su cama. Qué raro que me acuerde de eso, ¿verdad?. Probablemente no la hayas visto pero…Bueno, entre nosotros, te confieso que la mancha de ‘esta’ habitación me trae a la memoria esa otra, la de ‘aquella’ habitación. Sólo que yo no creo que que se parezca a ningún lugar en el mapa, como sugiere la señorita De Groot. A mí me recuerda… Pensarás que estoy loco, pero me recuerda a una cara. Por relatos o cuentos de hadas: Uno de esos bebes que las criaturas malévolas ponen en la cuna de un niño humano, para suplantarlo. La acción acontece el año en que se celebró el calificado como juicio del siglo, en el que se acusaba a Bruno Hauptmann por el secuestro y asesinato del hijo de Charles Lindbegh tres años atrás. La realidad desaparece, como en los trucos de magia, y no sabes por dónde reaparecerá la verdad, si es que reaparece. ¿Era el mismo Hauptmann culpable o se manipularon las pruebas?. Alrededor de la vida de los gemelos se producen desconcertantes desapariciones y extrañas muertes, aunque parezcan accidentales. ¿Casualidades o hay algún hilo secreto que las conecte como el túnel de los esclavos bajo la propiedad?.

Otro punto en esa línea que puede perfilar la verdad, un punto fundamental, son los juegos de simulación que les enseña a los gemelos la abuela Ada (toda su persona exhalaba cierta aura mágica.), juegos con los que les enseña a sentir lo que cualquier otra criatura siente, como si se pudieran poner en su piel y fueran una libélula o una luciérnaga o un gallo, juegos en los que los límites de la percepción aguda y la sugestión o enajenación pueden ser difusos: percibía una clase de cosas en otra clase de cosas diferentes….Cosas que en realidad no estaban allí. Y veía caras y figuras en casi cualquier sitio, en todo: en las nubes, en los árboles, en el agua. Incluso en el techo (…) piensas en esa cosa, solo en esa, con mucha intensidad, y quizá aprietas los ojos con fuerza, y recuerdas, y la imagen de esa cosa sigue ahí detrás de tus parpados, y el sol crea puntos de colores tras ella, y luego abres lo ojos y puedes ver ‘cómo’ es esa cosa en realidad; «lo que es» en realidad. Lo miras y penetras en su interior. También por trucos de magia: Satisfecho al comprobar que Holland se estaba concentrando, Niles empezó a examinar con la mente el conjunto de cajas. ¿Qué se siente?¿Cuál es el misterio encerrado en ellas?¿Cuál es la verdad? El mago parece estar en la caja dorada. Pero eso es sólo la apariencia; no es – al menos no durante más de un solo instante – la realidad. Y, por último, pero no menos importante, por reflejos: Poco a poco un mosaico de fragmentos formó una imagen en el agua poco profunda. Al aquietarse, las imágenes del líquido encajaban como si fueran piezas de un rompecabezas; pero no del todo, no llegaba a formarse un reflejo sin distorsión. Extendió la mano, pensativo, abstraído, como si quisiera tocar a ese otro chico tan parecido a él que lo miraba con aquella expresión tan anhelante. (…) El agua desapareció; y, con ella, su imagen, ahora entristecida por la separación. Dejó de ver aquella cara que le resultaba tan familiar, aunque no porque buscase a menudo su imagen en el espejo, tan agradable de ver, aunque no por vanidad; tan querida, aunque no por amor propio… sino porque era, incluso hasta el mínimo detalle, una gemela exacta y perfecta de la de Holland.

Los límites son puestos en cuestión con extremada sutileza, mientras la narración parece desplegarse con armónica fluidez, como si el sol no dejara de resplandecer. Pero los recovecos se insinúan, progresivamente, entre las brechas, entre las elipsis, porque el resplandor depende de lo que se proyecta. Hay escenarios que son reveladores, por esos son cuevas, espacios que no son transparentes ni están a la vista, espacios que sugieren que la apariencia de realidad puede desintegrarse cuando menos se espere, que hay límites que se ignoran. Son los que aprisiona la imaginación. La realidad puede disolverse cuando varía el ángulo con el que se la contemplaba.

Le he contado todo tipo de historias sobre la cueva de las manzanas a la señorita De Groot. Dice que le parece un sitio escalofriante (…) Lejos de la luz y de cualquier posible intrusión, sentías que un espacio como aquel podía estar poblado por todas las criaturas que la imaginación de un niño es capaz de crear; por reyes, cortesanos, criminales… Por cualquier cosa. Podía convertirse en un escenario, un templo, una prisión. Sentías allí que cualquier semilla podía plantarse y brotar por arte de magia en una sola noche, como los champiñones. Que era un sitio cuyas paredes podían expandirse hasta el límite y desaparecer en el aire, cuyo techo y cuyo suelo podían desintegrarse en el vacío, cuya estructura de madera, piedra y mortero podía disolverse a voluntad.

Las respuestas, como si la realidad fuera un acertijo, pueden estar donde menos lo esperes, puedes incluso no saber cuál es el hilo, la línea de realidad, como la línea de un autobús que coges cada día. Porque, simplemente, quizá no la cojas Y me pregunto, qué significado concreto él otorga a esos tranvías que pasan frente a la casa, la casa que fue derribada antes de que los autobuses hicieran su aparición en la ruta de Shadows Hill. Descubrir esto, creo, ayudaría a desentrañar gran parte del misterio.

Siempre hay un final de línea. Un día, descubres de qué materia están compuestos los reflejos de lo que llamabas realidad, como el niño suplantado en el cuento de hadas. Un truco de magia que no pensabas que lo fuera, porque no eras consciente de que hojeabas mentalmente las páginas. La realidad era una mancha que pensabas que tenía apariencia de un país en un mapa, o un rostro. Pero las coordenadas no eran las que pensabas que eran. Las lineas se multiplicaron, una sobre otra, la corteza se agrietó, se astilló en un millón de fragmentos irregulares; llovieron a su alrededor, afilados, dolorosamente afilados, tintineando como lluvia azul.

ALEXANDER ZÁRATE

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