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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Tres libros [mejores que el Ulises]

El caballo amarillo, una novela mejor que el Ulises.

En la cocina, desde donde deben escribirse las reseñas. Tres libros. Los he leído este año y ojalá encontréis la ocasión, vengo a convenceros cual vendedor de paraguas bajo la lluvia. Narrativa, los tres escritos por hombres, lo que da pie a que contestéis. Tenemos público, queremos personas con gustos, olores y prejuicios. Aquí hemos llegado a hablar de literatura, y de gastronomía en la mesa de al lado.

Algo dije de El caballo negro. Cómo supe de él no lo recuerdo, pero encargué enseguida El caballo amarillo. Diario de un terrorista ruso («Tráemelo / Te lo pago pronto”). Me lo trajo, me gustó más. Dije que era también una historia de amor. Una real, sin falsear como Noches blancas. A todo el mundo le gusta Noches blancas pese al chirrido insoportable. Un ruso tratando de pasar por francés, con ese romanticismo impostado… ¡Nononono! Sigo pensando que la literatura es una sencilla historia de amor, de ahí su capacidad transformadora, metamórfica si preferís la traducción antigua. Un poco de curiosidad por el contexto [ruso y soviético], por lo demás no te preocupes.

«Leo a los clásicos con gran atención. No poseen conciencia alguna, no buscan la verdad. Se limitan a vivir. Crecen como la hierba, cantan como los pájaros. Tal vez esa bendita simplicidad sea la clave para comprender el mundo».

Cuando acabé Seda estaba convencido de no volver a Baricco. Después de una sencilla historia de amor, el burdo final pseudo-freudiano. Igual que un mal chiste, un pésimo sentido del humor. Cumplí veintidós años y me regaló Océano mar y me leyó un fragmento. Lo único que digo es que me sorprendió. Los libros me gustan o no, los que me sorprenden son uno entre cien.

«Un rumor grande. Un espectáculo.

El mar, que había vuelto».

No quiero contar más, tampoco desentrañar ninguna de las perlas. Si tuviera lectores de quince años, les pediría que demorasen a los dieciséis, los veintidós o los cincuenta. Aunque sería esperar mucho de la vida. Leedlo, un favor que os hacéis.

A través de la noche lo cerré en Noja el viernes pasado. Lo ha escrito un noruego, «tendré problemas con los nombres», pensé. Uno de esos comentarios anodinos que surgen incluso con este libro entre las manos. Apunté en algún sitio, pensando en la reseña: «la irreverencia de la propia vida». Qué majestuoso y estúpido, a veces me asusto de arranques así. Si hubiese que triangular el texto en un incomparable ejercicio de zalamería, lo ubicaría entre Manuel Vilas, Milan Kundera y Mircea Cartarescu. Y algo más, siempre algo más. El tono sepia de Vilas, el individuo de Kundera y las extravagancias de Cartarescu. Y el dolor de Stig Sæterbakken. Con cuidado si hay alguna pérdida reciente o particularmente traumática.

«Una vez le pregunté cómo justificaba el hecho de producir una mercancía que nadie quería, pero ella se limitó a arquear las cejas y citó a un poeta francés que había dicho algo que venía a cuento».

Estaría bien al menos uno de los tres antes de fin de año. ¿No?

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