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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Que la lectura sirve para entretener, también, pero que sirve especialmente para reflexionar, para sentir, para emocionarse y dejarse llevar. Y no cabe duda que Tatiana Țîbuleac lo consigue con esta primera novela. Sobradamente. Porque estamos delante de un auténtico librazo.

Ya de entrada, sorprende la narración en esta obra por su estilo, en el que la autora utiliza un tono directo, crudo, desacomplejado y cruel, con unas primeras frases que hieren al lector en su primer contacto con la novela: «Aquella mañana en la que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás». Así, directamente, sin preámbulos ni preparación para lo que nos viene, entramos en la historia. Y quien narra es el joven Aleksy, despiadado e inestable, con problemas mentales y de comportamiento, irascible y desalmado, recordándonos un pasado que permanece en su memoria de manera bien presente, con detallado realismo y autenticidad, y nos conduce a recordar su último día de curso, cuando aún era joven y lo esperaba su madre a la salida del centro, una madre con una vida difícil y abandonada por su marido; una madre para quien solo tiene reproches y malas palabras, y una pésima opinión por su aspecto desaliñado: «Mi madre tenía unos ojos verdes tan bonitos que parecía un despropósito malgastarlos en un rostro fermentado como el suyo». No parece haber un solo indicio de amor en esa relación, nada de complicidad; una ausencia absoluta de ternura y sentimiento y cierta dosis de un humor negro, propio de quien no ve futuro y únicamente encuentra consuelo tratando la vida como si todo fuera una broma, la gran broma antes de que todo estalle y se lleve para siempre una vida miserable, vacía y perdida.

A partir de ese comienzo, la autora introduce pinceladas del pasado para ver qué ha llevado a una madre y a su hijo a tener una relación tan deteriorada, tan exenta de afecto, tan desgastada hasta el punto de acercarse a un odio latente en cada uno de sus recuerdos. Y la autora se encarga de reafirmarlo con unos separadores entre capítulos que nos recuerdan que su sentimiento es ese y no otro, que no hay lugar para el cariño, que no hay espacio para una tregua; que no puede ver a su madre de distinta forma, que todo lo que ve en ella le hace aborrecerla, afirmando incluso que «los ojos de mi madre fea eran los restos de una madre ajena muy guapa». Este estilo tan brusco, tan cruel, tan áspero, que nos recuerda, en parte, a Agota Kristof, pues no vemos en él signos de simpatía o amabilidad, únicamente frialdad. Y, a pesar de ello, la oscuridad de la historia queda deslumbrada por la gran exquisitez de su narración, pues todos los detalles están cuidados en una elección precisa de las palabras. Nada impostado en un perfecto encaje entre crueldad y belleza. Porque la hay, de ambas cosas. Y mucha.

La historia que Tatiana Țîbuleac nos narra es la historia de Aleksy y la difícil relación con su madre, una relación maternofilial de odio y menosprecio, pero también es, por encima de todo, la historia de una redención y de nostalgia a un pasado no vivido, aunque sí soñado; nostalgia a una época donde aún quedaba tiempo, nostalgia al afecto no percibido, al amor de una madre que no llegó nunca, por causa de él, o de ella, o del infortunio que trajo una muerte a la familia demasiado pronto. Partiendo de los recuerdos del verano en el que pasó en compañía de su madre en un pueblecito de Francia, la autora va introduciendo la historia sucedida, en breves pinceladas de colores oscuros y algo tenebrosos, pero con una claridad omnipresente. El estilo de Tatiana Țîbuleac destaca por su inmensa intensidad narrativa, dominando el lenguaje y el tempo narrativo a la perfección. Porque las palabras van surgiendo del texto y nos llegan de manera directa, poética y tremendamente visible sin necesidad de forzar el lenguaje ni romper las costuras de un vocabulario escogido con precisión.

Con una prosa estilísticamente envolvente y de poética visualidad, la autora nos va contando lo que sucedió ese verano, y cómo los sentimientos del joven Aleksy y el odio manifiesto hacia su madre tornaron hacia sentimientos más cálidos, más tiernos y sensibles. Porque hay una transformación evidente, porque empezamos a entender lo sucedido, y el lector acompaña a Aleksy en esa mudanza, una mudanza sentimental, en la que el protagonista se desprende de las capas más duras de una personalidad forjada a través de infortunios y un gran desamparo. Y, ese cambio en Aleksy se traslada también al estilo narrativo, y vemos más ternura, más belleza, más luz y cariño. La autora nos acompaña, también estilísticamente, en ese proceso, un proceso de comprensión de lo sucedido que lleva al joven a recomponer la relación con su madre y, a la postre, también a la reconstrucción de la propia vida, que reconduce a pesar de tortuosos caminos, accidentes, desgracias que le llevarán a un presente al que desafía y combate para no repetir errores del pasado.

De esta manera, con delicada belleza e irremediable encanto, somos testigos de una historia de amor entre madre e hijo, a pesar de los malos momentos, a pesar de las tragedias, a pesar de las fatalidades, a pesar del odio latente, a pesar de ella, a pesar de él. Y el relato nos recuerda que, en el fondo y al final de nuestros días, a veces nos tratamos mal aún sin quererlo, sin saber el porqué o, aun sabiéndolo, sin suficiente motivo. Porque a menudo nos damos cuenta tarde, demasiado tarde, que lo que nos separa es mucho menos de los que nos une, y las decisiones tomadas lo son en base a unas circunstancias no siempre existentes de alternativas, que nos arrastran sin remediarlo, sin darnos cuenta, a una espiral de resquemor y recelo, desconfianza e incomprensión. Porque necesitamos buscar culpables ante los infortunios, alguien sobre quién cargar las tintas del desenlace en el que un azar travieso ha decidido escoger para nuestro futuro, alguien a quien responsabilizar de una desdicha demasiado grande para ser sobrevivida sin cicatrices ni muescas emocionales.

La historia que narra Tatiana Țîbuleac es una historia dura, triste, pero también tremendamente bella, que, envuelta de un halo repleto de nostalgia, penetra en nuestros sentimientos a medida que avanzamos en la historia. Porque en la sencillez de su relato y en el hermosísimo estilo de la autora, su belleza disfraza, pero no oculta, una tristeza inmensa que nos devuelve recuerdos de un pasado que pudo haber sido diferente, pero que las vidas de unos personajes carentes de afecto fueron incapaces de domar y evitar de esa manera un descarrilamiento hacia precipicios solitarios y fríos. Como ocurre en ocasiones, solo cuando ya es tarde, cuando el fin de acerca y la noche nos invade, logramos evitar trágicamente caer en la profunda oscuridad de una vida sin amor, sin ilusiones, sin esperanza. Una vida que, tal como afirma la autora en otro excelente fragmento del libro, transcurrió «dejando a su paso un rastro de miguitas de felicidad y llevándose, a cambio, una vida casi sin usar».

Esta es la historia de una larga y sostenida soledad, de una amarga existencia basada en la desconfianza, la tristeza y la cerrazón. Pero es también una historia de amor y redención entre un hijo y una madre, de perdón y aceptación de una vida larga y dura que, aunque a veces odiamos y no comprendemos, es la que el azar o la fortuna nos ha deparado, y a la que hay que verle la parte menos oscura para dejar que la luz de unos ojos verdes, como el color de la esperanza, abra una rendija por donde dejar filtrar la vida deseada.

MARC PEIG