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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Monjas y soldados»

Iris Murdoch es la autora de esta obra publicada por la editorial Impedimenta.

A mediados del pasado julio se cumplieron cien años del nacimiento de (Dame Jean) Iris Murdoch (Phibsborough, Dublín, 1919-Oxford, 1999). Viene bien la efeméride porque olvidar es a menudo tentador y sería una pena que solo veinte años después de su fallecimiento se perdiese su rastro en la biblioteca en los anaqueles del fondo. Se corría el riesgo además de que la imagen que perdurase fuese la de su doloroso final por el mal de Alzheimer que su esposo, John Bayley, relató en el libro Elegía a Iris, cuyo eco amplificó el filme en que Richard Eyre adaptó el texto y que presentaba a una mujer limitada y enferma. Aprovechando esta celebración, Impedimenta -el sello que últimamente vela por su obra en España, con la publicación de Henry y Cato, El unicornio, El libro y la hermandad y Bajo la red– rescata un título que permanecía incomprensiblemente inédito en castellano y que merece la mayor de las atenciones: Monjas y soldados (1980), que llegó esta semana a las librerías. La novela evoca algunas de sus mejores obras -como la maravillosa La máquina del amor sagrado y profano, que logró el premio Whitbread en 1974- y eso es mucho decir si se valora su importante producción y que todavía es tenida por muchos como la mujer más inteligente de Inglaterra. Hasta el maestro Rafael Sánchez Ferlosio, cuando decía que ya no perdía el tiempo con novelas, admitía que a ella la leía. Pocos como Murdoch han logrado integrar filosofía y psicología en el discurso narrativo de la ficción, sin que quede como una morcilla profesoral o una entrada de Wikipedia. Es más, fluyen dentro de la historia como la savia más fresca. Puede comprobarse en Monjas y soldados ya desde sus primeras páginas, donde la muerte y la sinceridad acaparan las reflexiones de los dos personajes en liza, Guy y el Conde. Por no hablar de cómo maneja las relaciones humanas y el amor, como también el erotismo o la fe. Vamos, canela fina.

Héctor J. Porto

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