La historia se va llenando de crónicas y descripciones, como la de Daniel Defoe -autor de “Robinson Crusoe”, otra historia de confinamiento-, que se convierte en cronista de la gran peste que asoló el Londres de mediados del siglo XVII en su “Diario del año de la peste”, y de la que no hay como leer la nota de la edición española -a cargo de editorial Impedimenta- para ver que todo ya fue:
“[…] con precisión de cirujano, se convierte en testigo de los comportamientos humanos más heroicos pero también de los más mezquinos: siervos que cuidan abnegadamente de sus amos, padres que abandonan a sus hijos infectados, casas tapiadas con los enfermos dentro, ricos huyendo a sus casas de campo y extendiendo la epidemia allende las murallas de la ciudad”.

