El infierno son los otros, bien; pero, ¿y las víctimas?, ¿quiénes son? Cualquiera reclama la condición de víctima: lo mismo el depresivo Teruel que sus prósperos vecinos, por poner el caso más a mano. El victimismo, con muchas o pocas razones –¡e incluso sin razones!–, se ha convertido en una postura usual, como el ‘y tú más’, pero a la inversa: peor lo tengo yo, peor lo tenemos aquí, etc. Si el victimismo triunfa, si saca tajada, quizá esté por demostrar. No con balanzas fiscales, densidad de población, servicios por habitante y lo que cada uno, con su queja a cuestas, quiera medir. También en la vida común nos cruzamos dolientes recalcitrantes que entienden el martirio como una forma de seducción: dar pena es tan antiguo como dar la lata. Uno de esos seductores de medio pelo se llama Toni, como el que firma. Protagoniza la sarcástica novela de título homónimo de la macedonia Rumena Bužarovska que acaba de publicar Impedimenta. Recomendable artefacto literario –magistral esa voz narrativa focalizada en el protagonista–, retrata a un personaje que podemos calificar, mezclando registros, como machirulo: un cincuentón que en su inexorable decadencia no logra adaptarse a la dignidad femenina actual. Sí, da grima ese Toni, patético arquetipo. Porque no solo abundan sus tocayos en Macedonia (la nómina de personajes de la novela lo confirma), sino también en otras partes: es frecuente en nuestro magma nostálgico del viejo mundo rural que algunos reivindican, con la excusa, por ejemplo, de tener limpios los montes. Lo que quieren es tener limpia la conciencia. El Toni de la novela –y tantos que se consumen en urbes y en páramos– se sabe víctima de un presente endiablado, el puro infierno. Ni lo entiende ni lo quiere entender. Su desconcierto es el penúltimo zarpazo de la manosfera. Y así, de paso, recomiendo otra lectura: el ensayo de Lionel Delgado Tristes y salvajes (Ariel). Describe y analiza este desconcierto, tan autodestructivo, a veces tan violento. Lo he percibido incluso en las aulas. Son víctimas de un mundo que no entienden. Y, más que pena, dan miedo.
—Toni Losantos

