Las interferencias entre el recuerdo personal y la memoria colectiva, las mitologías que moldea el individuo y el cuerpo social para solidificar un relato del pasado que no sostienen una revisión crítica desde el presente, la melancolía y el movimiento transfronterizo como estados esenciales del individuo, y el poder de la literatura y los mitos para remodelar a voluntad cualquier episodio de nuestra vida han sido algunas de las piedras de toque que han convertido a Gueorgui Gospodínov (Yámbol, Bulgaria, 1968) en una de las voces más celebradas y singulares de la literatura europea de las últimas décadas. Satírico, juguetón, humorístico y lleno de inventiva, el autor mira al mundo como un niño asombrado y luego reflexiona sobre lo visto con la templanza y la ironía del poeta desencantado. Impedimenta recupera ahora Física de la tristeza –título anterior al de su consagración internacional con Las tempestálidas, premio Booker Internacional y premio Strega–, que desde sus primeras páginas –un narrador que asegura haber nacido bajo un sinfín de formas y en un sinfín de épocas, seguido de la aparición de un niño Minotauro y de un individuo capaz de penetrar en los recuerdos ajenos como si los estuviera experimentando en carne propia– obligan al crítico recurrir a ese comodín para cuando no hay vertebración clara, dirección específica ni clasificación sencilla: “artefacto”. O en palabras de su mismo diseñador: “No puedo ofrecer una narración lineal porque tampoco lo son los laberintos ni las historias”. Gospodínov construye pues un laberinto en el que el lector va saltando de tiempo, escenario y perspectiva a cada recodo del camino (o cada micro capítulo), con la coartada de que ese narrador multifacético padece una “empatía patológica o síndrome empático-somático obsesivo”, lo que es una forma de resumir la condición natural de todo escritor con alas. Si les resulta confuso, no hay que alarmarse, pues aunque este libro aleph o bosón sueña con ser aquel que “contenga todas las formas y géneros”, y donde “todo puede ser recogido y transportado”, sí que hay un hilo de Ariadna fundamental que lo recorre: la infancia y la adolescencia en el asfixiante régimen socialista de la Hungría de los años sesenta a los ochenta. Bajo su apariencia proteica, y su aspiración a trasplantar al papel los principios de la física cuántica, Física de la tristeza tiene mucho de Bildungsroman, en él abundan los listados de objetos, lugares y alimentos teñidos de melancolía –destaca una disertación sobre las cápsulas del tiempo y sobre el sexo en tiempos represivos–, que con frecuencia desembocan en conclusiones demoledoras –“todo ese imperio del kitsch de plástico y porcelana que, insisto, en su día fue inestimable para nosotros, ahora parecía viejo y derrotado”–, a la vez que el viaje por distintos puntos de la geografía europea y la consiguiente exposición a variantes idiomáticas son reivindicados como formas de evasión de los yos minúsculos y de las garras de la tristeza.
—Antonio Lozano

