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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Con camisa de cuadros rojos y negros y pantalón vaquero casi parece el protagonista de cualquiera de los carteles de películas del Oeste que decoran su casa. Jon Bilbao, nacido en Ribadesella en 1972 aunque de familia vasca, con madre de Algorta y padre de Erandio, recibe en su piso alto del Casco Viejo bilbaíno con paisajes de tejados y montañas desde la ventana del salón, vigas de madera y gran biblioteca. Una docena de libros del maestro del terror Stephen King quedan bien a la vista, cuando otros los relegarían a un estante inferior ¿quizá por cierta vergüenza de género? Ahí está también en lugar central ‘Moby Dick’, tan presente en su novela ‘Shakespeare y la ballena blanca’ (2013), junto a volúmenes de los grandes de la literatura y una buena selección de cómics.

– Le gusta Stephen King, ¿le parece que está infravalorado simplemente por el género que escribe?

– Le tengo muchísimo cariño, me ha proporcionado muchísimas horas de disfrute cuando era más joven, a día de hoy no lo releo, pero lo mantengo ahí, son los libros que leía de chaval. Y claro que están en un lugar bien visible, porque lo que soy en parte surge de ahí. Y respecto a la consideración superior o inferior por el hecho de escribir género, pues lo siento por los que lo menosprecien porque eso significa que su forma de leer es mucho más aburrida de lo que podría ser, ¿no? No dejo de oír comentarios similares, si no menospreciando el género, sí mirándolo por encima del hombro o ignorándolo, cuando el género puede ser una vía para llevar a cabo una escritura muy personal, íntima diría incluso, y que puede interpelar de una forma muy poderosa y también íntima a quien te lee. No tiene por qué ser mera evasión o repetición de escrituras formularias. También tengo en las estanterías a Proust y Flaubert, me gusta el maridaje entre la cultura popular y lo que se entiende como alta cultura. La zona limítrofe me resulta muy sugerente.

Trabaja a ordenador en un sencillo despacho rodeado de pósters como los de ‘Pat Garrett y Billy the Kid’ y ‘Conan el bárbaro’, y de una mítica Underwood, máquina de escribir popularizada hace más de un siglo y objeto de deseo de escritores. Llegó a esta profesión tras unos años dedicado al asunto que estudió, ingeniería de minas. Intentaba seguir con el negocio familiar, una cantera de carbonato en Picos de Europa, e incluso pasó unos años en Petronor.

– Pero no estaba cómodo.

– Ya cuando estudiaba en la Escuela de Ingenieros de Oviedo, me di cuenta de que aquello no era lo mío. Me remangué y me dije ‘vamos a terminar lo que hemos empezado’, pero necesitaba un mecanismo compensatorio. La vía de escape que había sido la lectura dejó de ser suficiente y empecé a escribir sin ánimo de llegar a nada, una cosa muy íntima que se iba a un cajón. Pero esa afición fue ganando terreno… hasta llegar a esta entrevista. Muchos se extrañaron de que dejara un puesto fijo, aunque la familia ya se lo imaginaba.

Su experiencia en la refinería de Muskiz le sirvió para crear ‘Basilisco’ (2020) -primera novela de una celebrada trilogía junto a ‘Araña’ (2023) y ‘Matamonstruos (2024)-, donde el protagonista de una de las dos tramas entrelazadas es precisamente un ingeniero padre de dos hijos que trabaja allí. El otro es el pistolero del Oeste John Dunbar. Es decir, él mismo y su alter ego. Ambos aparecen también de distintas maneras en su último libro, ‘Esta es tu casa’ (ed. Impedimenta, 2026), nueve perturbadores relatos, la mayoría enlazados entre sí de algún modo.

– Ya en el primero propina al lector un buen puñetazo en el estómago, el momento de la cueva, terror puro.

– Sí, es un cuento de terror gótico.

– La imaginación actúa potenciando lo que no se cuenta explícitamente. Como en la película ‘Amén’ de Costa-Gavras, que decidió no mostrar lo que el protagonista descubre a través de una mirilla en las duchas nazis. Solo vemos el espanto en su ojo. ¿Cuánto de importante es dejar al lector en un escenario ante el que se imagina cosas?

– Me parece sumamente importante. Es un poco frustrante para alguien que cuenta historias que tu herramienta más poderosa no esté en tus manos. Me refiero a la imaginación del que te está leyendo. No hay que decirle al lector lo que tiene que imaginar sino empujarle a ello, porque eso enriquece el texto de una manera muy personal, consiguiendo que la lectura sea un acto tan creativo como la escritura. Se logra no diciendo ni explicando todo, sino dejando espacios para la diversión y la interpretación. A lo mejor hay gente que resopla: es que esto va a ser complicado, voy a tener que pensar… No, te estoy dejando tiempo para que te diviertas y aportes lo que quieras. Cuando leemos clásicos como ‘El Quijote’ y ‘Moby Dick’ y decimos «¡qué modernos eran, cómo se adelantaron a su tiempo!». Lo que sucede es que esos autores dejaron espacios en blanco para que los lectores los llenaran con su visión personal, que es 100% contemporánea. Somos nosotros los que hacemos modernas las novelas gracias a que nos han tendido la mano para hacerlo.

El niño Jon

– Otro momento terrorífico en su libro: cuando el personaje Abel entra en el sótano de su casa en Ribadesella (la del escritor) y el personaje Jon resulta tremendamente amenazante. Hace usted cameos, como Hitchcock…

– Abel es un personaje ficticio y ese Jon que aparece con él es alguien con cierto parecido, pero no soy yo.

– Sin embargo, parece ser el niño del segundo capítulo. Dice: «A Jon le gustaba que un hecho cotidiano, librarse de una mascota no deseada, desencadenara una serie de sucesos que concluía en una tragedia a gran escala».

– Ese Jon niño del segundo capítulo sí soy yo, la historia está un poco deformada para ajustarla a los requisitos del cuento, pero me reconozco en ese personaje.

– ¿Qué le da miedo?

– De pequeño, lo que a muchos, la oscuridad, la soledad, no terminar de encajar aunque al mismo tiempo tampoco quieres encajar del todo… Y ahora, perder el tiempo.

– ¿De dónde sale tanta imaginación?

– De una afición innata a las ficciones. Y del entorno donde crecí, esa casa de Ribadesella, un lugar peculiar con sus montes, sus cuevas, la ría enfrente. Era un espacio de juego inagotable y versátil que servía para dramatizar cualquier fantasía que se me pasara por la cabeza. A día de hoy sigo haciendo lo mismo. Cuando escribo, trato de emular aquella sensación de juego: en este escenario voy a narrar un drama de la Guerra Civil, ahora probaré si sirve para contar una historia de terror, y luego un thriller con tintes de ciencia ficción.

– Pocas cosas despiertan más cariño y a la vez más terror que la casa de la infancia.

– Puede ser. Lo has sintetizado muy bien. Yo no idealizo la infancia, creo que en este libro queda claro. Tengo cariño a lugares, a personas y a momentos, pero me sacudí la infancia de encima lo más rápido posible porque también es una época dura y repleta de incertidumbres.

– ¿Qué le atrae del western?

– Al margen de cuestiones estéticas y sus paisajes tan despojados, me apasiona la esencialidad de las narraciones, que yo equiparo a los relatos mitológicos. Historias muy simples en el buen sentido, con personajes que pueden ser encarnaciones de ideas o más polifacéticos y realistas. Ofrecen muchas posibilidades. Y también el que se haya convertido en un lenguaje internacional: podemos contar una historia que sea un western pero ambientada en cualquier lugar del mundo y en cualquier momento de la historia.

– Relatos y, en el otro extremo, una trilogía de éxito como la de ‘Basilisco’, ‘Araña’ y ‘Matamonstruos’. ¿Cómo se quedó al concluirla?

– Fue muy bonito y emocionante. Un gran viaje que me dio mucho en lo personal, mucha compañía durante su escritura. Y un gran aprendizaje porque en un 50% era western y había que documentarse y escribir de manera diferente. Y luego estaba el otro 50%, porque son libros con dos líneas temporales, una que transcurre en EE UU a finales del siglo XIX y otra, en la cornisa cantábrica en la actualidad, con un personaje con cierto parecido a mí. Fue triste despedirme de algunos personajes porque me acompañaron mucho tiempo, pero me parecía que ahí tenían que quedarse. No me quedó vacío porque tenía ideas de por dónde continuar. Creo que ‘Esta es tu casa’, pese a tener un pie en el continuismo al repetirse algunos escenarios y personajes, es un paso adelante: hay una introducción al género del miedo, algún relato en el que ahondo en la historia familiar y también escribo un libro de cuentos orgánico, que no es que se lea como una novela pero unos relatos llevan a otros.

Nada de rituales

– ¿Recibe ‘feedback’ de sus lectores?

– Sí, es bonito. Tengo suerte, la gente me dice cosas agradables. Hay veces que te sueltan «no he entendido nada» o «dinos cómo termina, explícanos el final». Y lo comprendo. Pero también es bonito cuando te dan interpretaciones personales, posibles lecturas en las que no habías caído y que, cuando alguien las verbaliza, las ves súper evidentes.

– ¿Tiene algún ritual para escribir?

– La profesión de escritor está innecesariamente rodeada de leyenda y romanticismo. La gente se piensa que nos pasamos el día tumbados bebiendo absenta y esperando a que llegue la inspiración. Pero te levantas por la mañana, desayunas, llevas a los niños al colegio y te sientas como si fueras a la oficina. Y al día siguiente lo mismo. ¿Es duro? No es bajar a la mina, pero requiere energía, concentración, constancia, autocrítica. No puedes quedarte de brazos cruzados esperando que lleguen las ideas. Como trabajes a golpes de inspiración, lo que escribas va a ser poco o malo. El mérito está en esos días que te sientes vacío, crees que no tienes nada que contar, no sabes seguir, y aun así te sientas horas ante el ordenador y escribes.

– Con ritual me refería a servirse un vaso de whisky o un café, no a colocarse encima un atrapasueños.

– Ja, ja, por dios, qué va. Me puedo tomar un café, pero igual que haría cualquiera.

«Algunos procedimientos empleados con la IA son un latrocinio a gran escala»

– ¿Qué le sugiere que empresas de IA estén comprando, escaneando y destruyendo todo tipo de libros de segunda mano para entrenar a sus máquinas y que aprendan a pensar como humanos?

– Yo no soy ni tecnófilo ni tecnófobo. Creo que si un avance tecnológico realmente arraiga en las sociedades es porque ha venido a satisfacer una necesidad que teníamos. Cuando no la necesitamos, al final da igual el ruido en los medios o la publicidad, que eso va a decaer. Cuando empecé a publicar, el runrún preponderante en el mundo editorial era que el libro en papel tenía los días contados y que todos íbamos a estar leyendo en cuestión de meses el libro electrónico. Y eso no ha sucedido. ¿Ha desaparecido el libro electrónico? No, hay gente que lo utiliza y ha encontrado su nicho. Por eso ante estos casos como el de la IA, prefiero no prestarle demasiada atención, creo que si hablamos tanto sobre ello y con alarmismo le estamos haciendo el juego a las empresas que les interesa que esto se desarrolle. Pero al margen de que vaya a llevar a algo mejor o peor, algunos de los procedimientos que se están siguiendo me parecen cuestionables. Creo que es un ejercicio de latrocinio a gran escala. Lo que se está haciendo de apropiarse de lo que han escrito o creado otras personas para nutrir su negocio. Porque todo esto no se está haciendo de manera altruista, sino para que unas personas muy concretas ganen muchísimo dinero.

– Dicen que las máquinas nunca alcanzarán el punto de genialidad que a veces logran los humanos en sus libros o partituras, aunque ello sea en muchos casos fruto igualmente de la acumulación de lecturas o escuchas de la persona.

– Ya, pero lo ha escrito una máquina. Y no me interesa lo que ha escrito una máquina. Un libro escrito por una persona de una forma u otra conecta contigo porque lo ha escrito una persona. Responde a unas necesidades, a unos objetivos que tú puedes compartir. Una máquina no escribe por necesidad.

– Quizá el peligro esté en que haya personas que digan que es suyo lo que han creado las máquinas…

– A lo mejor tampoco encuentro tanta diferencia entre la gente que puede llegar a hacer eso y las personas que ya crean con plantillas, sin correr riesgos, imitando, esperando satisfacer los gustos del consumidor…

—Isabel Ibáñez