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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Fue en noviembre del año pasado cuando, absolutamente conmocionado por su lectura, escribí en este suplemento Artes & Letras sobre ‘Madre mujer muerta’, la entonces última novela de ese escritor vallisoletano y universal que es Adolfo García Ortega. Han transcurrido once meses —menos de un año natural— y a ese monumento narrativo le han seguido ‘La belleza de lo literario’, publicado por el sello leonés Eolas, la reedición (más de un cuarto de siglo después) en Galaxia Gutenberg de ‘Lobo’, cuya versión original —ahora revisada y corregid— fue editada por Ollero y Ramos y me sirvió para asomarme por primera vez a la manera de narrar de uno de los más grandes prosistas de nuestra lengua, y, por último, para completar un póquer ganador, ‘Los falsarios’, el libro alumbrado por Impedimenta y que no sé muy bien cómo clasificar, si es que la buena escritura necesita clasificación.

En cualquier caso, esta oda a la luna, ahora que está tan de moda, y más allá de que tenga aires de ensayo, perfiles de novela, alardes digresivos o devaneos de diario, es un rellano de puertas que ocultan sorpresas continuas y acontecimientos inesperados; pero también un homenaje a la imaginación deslumbrante y a la categoría creativa que combina el buen hacer a la hora de escribir con la erudición de los maestros elegidos, esos que saben cautivar a sus acólitos sin permitir la más mínima concesión a la distracción o al aburrimiento. En ‘Los falsarios’ García Ortega vuelve a poner de manifiesto que su técnica literaria es privilegiada, que elementos recurrentes a lo largo de su trayectoria, como su confraternización con la ciencia y la tecnología, vuelven a manifestarse, pero no de una forma latosa e inalcanzable, sino con la dulzura delicada de un pastel puesto al alcance de un niño. Por eso, poco importa dónde encuadrar este amalgamado relato. Lo que puntúa es el sabor de boca que dejará en el paladar de los lectores, que certificarán que se trata de un texto distinto que no provoca indiferencia. Y eso es mucho decir en estos tiempos en que el amontonamiento temático, los argumentos análogos y los autores clasificados por unos determinados gustos o tendencias copan el interés de los grandes grupos editoriales. Después de leer algo tan original y fresco como ‘Los falsarios’ no sé a qué carta quedarme. Desconozco qué es verdad y qué el resultado de la fantasía mejor destilada. Y, lo mejor del juego, es que no me importa en absoluto. Sé, claro está, que Verne o Herschel o Amstrong o Aldrin o Collins o José de Espronceda o Rosa Chacel son personajes tan dispares como reales, pero hay otros —incluso sus biografías y los textos que presuntamente los avalan— que pueden ser (o no) fruto de una invención desbordada. Incluso vayan ustedes a saber si el propio Marcel Proust se parapeta detrás de un personaje que se atribuye escritos y teorías absolutamente cuestionables en su tiempo y descabelladas hoy, que los estudios astronómicos y astrológicos han llegado tan lejos como los telescopios y los cohetes que han sido capaces de poner una pica en Marte. Misterios descifrados Hay tantos personajes, tantas perspectivas, tantas alusiones a lo mítico y lo legendario que tienen que ver con ese misterioso (aunque cada vez menos) territorio selenita que, si acaso, uno solo echa en falta al gallego de la tonada venido de El Ferrol. Pero, bromas aparte, García Ortega plantea de una forma desenfadada los enigmas que durante siglos han llevado de cabeza a muchos humanos cuando se planteaban si había o no vida en la luna y quiénes podrían ser sus habitantes, vegetales o de carne, hueso y antenas. Esos misterios desconocidos se descifraron (y perdieron su encanto) el día que Amstrong hizo una especie de surfing levitando sobre el Mar de la Tranquilidad. Como pensaba el teniente Thorndike, a bordo del navío USS Hornet, mientras rescataban a los héroes responsables de tamaña hazaña, la Humanidad, la que acababa de dar un gran paso, ya no sería la misma. Se decía adiós a la luna de Shakespeare, a la de Verne, a la de Cyrano de Bergerac, que aseguraba que lo difícil no era viajar hasta ella, sino regresar a la tierra, o a la del Abate Marchena que —como describe en un pasaje de su brillante diario— pretendía viajar en globo hasta su superficie, partiendo a la hora del té británico y regresando para la cena. En su lugar, se daba paso a la luna de la era atómica. Aun así, el ensayo, la novela o lo que quieran García Ortega o sus lectores que sea, deja incógnitas sin despejar. Cuál sería el sexo de la luna. Seguirá dando la hora el reloj de Amstrong. Quién se ocultaba tras el nombre de A. Lock o cuántos miembros ilustres, además de los que aparecen al final del libro, formarían parte de esa cofradía de falsarios escépticos, empeñados en elaborar principios chocantes y cursis sobre nuestro único satélite natural. Quizás nunca lo sepamos ni, en realidad, nos importe. Lo que es cierto e inapelable es que el último año de Adolfo García Ortega, lejos de ser natural, ha sido literariamente sideral.

—José Ignacio García