La moldava publica ‘Cuando seas feliz, golpea tú primero’, novela en la que a través de la relación entre un padre y una hija habla sobre el dolor, la culpa y el fracaso: “La felicidad es lo más frágil que tenemos
La felicidad, en determinadas partes del mundo, puede parecer una imprudencia. La escritora moldava Tatiana Țîbuleac (Chișinãu, 1978) lo aprendió de su padre, un hombre entregado a los ideales de su generación, a la identidad, a la lengua, a las luchas colectivas, pero no necesariamente a sí mismo y, desde luego, no a su familia. Cuando comenzó a escribir Cuando seas feliz, golpea tú primero (Impedimenta), antes de que él muriera, hablaron largo y tendido sobre la felicidad. «Descubrí entonces que aquello que él consideraba una vida feliz tenía muy poco que ver con lo que yo entendía por felicidad. Él había vivido para todos menos para él y para su familia. Yo, perteneciente a otra generación, había crecido con otras expectativas», explica. Entre ambos, sin embargo, encontró una coincidencia inesperada: el miedo a ser feliz.
«En nuestra parte del mundo, la felicidad es algo que llega muy raramente y existe la sensación de que, si la tienes, tienes que ser feliz intensamente en ese segundo porque desaparecerá por completo», asegura la escritora. «Siempre existe la sensación de que alguien necesariamente te va a robar esa felicidad. Esto es lo que nos pasó en Moldavia. Nos robaron nuestro dinero, nos robaron nuestro idioma, así que todo lo que nos hacía sentir seguros o felices hasta cierto punto nos fue robado». De ahí el título, que funciona menos como una consigna de autoayuda, bromea, que como una advertencia: «Cuando llegue la felicidad, disfrútala porque puede durar un instante y, sobre todo, prepárate para defenderla».
A Țîbuleac le divierte que algunos lectores hayan interpretado de manera completamente distinta esas palabras. Un periodista joven llegó a preguntarle si había escrito un libro motivacional. «Me encantó esa pregunta, me alegró el día», recuerda entre risas. No lo es, claro. Es un libro sobre la fugacidad de la felicidad, pero también sobre las vidas que han aprendido a desconfiar de ella. Sobre el dolor, la culpa y las formas que encontramos para sobrevivir. En el centro está Mila, una mujer de 50 años que vive en París –ciudad a la que la autora se mudó en 2008–, antigua profesora universitaria en Moldavia, emigrante de la primera ola que abandonó su país después de la disolución de la Unión Soviética y que, como tantos otros intelectuales del Este, descubrió que en Occidente sus estudios y su profesión no garantizaban nada.
Cómo sobrevivir acaba siendo una de las claves de la novela. Mila trabaja en casas ajenas, cuida de desconocidos, bebe mucho, mantiene relaciones difíciles, juzga a los demás y también a sí misma. Puede ser a un tiempo egoísta, grosera, misógina, divertida, lúcida, vulnerable y capaz de hacer daño. La autora no busca que el lector la quiera por completo, al contrario. «No creo que sólo existan personas buenas o personas malas», opina. «No podría haber hecho a Mila diferente, porque estas no son personas que estén viviendo la mejor versión de sí mismas. Son personas que tienen que sobrevivir más que vivir toda su vida».
Por eso Mila tampoco es únicamente Mila. Țîbuleac quiso convertirla en la representación de toda la gente que emigró del Este durante los años posteriores al derrumbe soviético buscando la vida que sus padres habían soñado para ellos. «Puedes hacer todo bien, estudiar, trabajar duro, estar dispuesto a expandir tu mente y aun así te puede ir mal en la vida», explica. «Mis inmigrantes, sus buenas o malas decisiones y las vidas que llevan son el resultado de la sociedad. En cualquier parte del mundo los migrantes son lo que se les permite ser, no lo que ellos querrían ser».
La paradoja es especialmente cruel, abunda, porque la generación anterior había luchado precisamente para que sus hijos pudieran vivir mejor. Su anterior novela, la descarnada y poética El jardín de vidrio, terminaba, recuerda, cuando parecían haberse conseguido todas aquellas cosas por las que se había luchado: la lengua, la independencia, el dinero, el trabajo, una vida nueva… pero la libertad llegó acompañada de una pobreza brutal y de una criminalidad que golpeó especialmente a la gente corriente. «La gente sencilla fue la primera en ser robada, violada, en perder sus posesiones a manos de las mafias surgidas tras el derrumbe», explica. «La generación de los padres había ganado aquello por lo que llevaba décadas luchando, pero estaba demasiado agotada para disfrutarlo. Y la siguiente recibió una promesa distinta: ahora sí podrían vivir. Pero tampoco sucedió», lamenta, tajante.
Mila es hija de esa contradicción. Su padre conoce París a través de los libros, de los escritores, de la cultura, de una imagen idealizada de Occidente. Ella llega allí para descubrir otra cosa. Él imagina que su hija está viviendo la vida que él soñó para ella; ella oculta que, en realidad, está viviendo mucho peor de lo que él imagina. «Mila quiere vivir mejor que su padre y el padre siente que todos sus esfuerzos finalmente están ahí para que Mila viva una buena vida, pero ella no puede. No puede soportar el salto entre sus aspiraciones y la realidad». Entre ambos se abre así un abismo que no es únicamente familiar, es el abismo entre dos generaciones que han conocido dos formas distintas de sacrificio y de fracaso.
El libro convierte esa experiencia migratoria en una historia íntima, pero también en el retrato de una transformación social que todavía tiene zonas de silencio. Muchos de los jóvenes que la escritora encuentra hoy en Chișinãu desconocen lo que sus padres vivieron durante aquellos años. «No les contaron a sus hijos que cuando eran niños no tenían nada que comer más que patatas», apunta. «No porque quisieran ocultar la verdad, sino porque aquellas humillaciones se habían convertido en vergüenza».
El padre de Mila no es un monstruo ni un maltratador, es un hombre ausente, alcohólico, poeta, periodista y escritor, alguien cuya inteligencia y sensibilidad admiran quienes tienen acceso a él, pero que no sabe estar para su hija como ella necesita. «Tiene una mente brillante, una forma interesante de ver el mundo y la vida, pero Mila no tiene acceso a ello. El padre es maravilloso para otras personas que tienen acceso a él, pero Mila es una niña que quiere que esté más en casa y él no puede darle eso». Ahí la novela se acerca más que nunca a la experiencia de su autora. «Mi padre se parece mucho al padre del libro», reconoce. Ella también creció escuchando que era brillante, que era un gran poeta, un buen periodista. «Tal vez eso me convirtió en la escritora que soy hoy, por eso en cierto modo soy esa niña del libro, porque tal vez al escribirlo, de alguna manera recupero ciertas cosas que no tuve», confiesa.
No hay, sin embargo, voluntad de ajustar cuentas. La maternidad ha cambiado incluso la manera en que mira aquello que durante años reprochó a su padre. «Antes de tener hijos tenía más reproches hacia mi padre, pero ahora que soy madre empiezo a entender algunas cosas. Es propio de la naturaleza humana no comprender algo profundamente hasta que uno se encuentra en la misma situación», reflexiona.
El padre de la novela muere sólo. El de Țîbuleac también murió sin ella a su lado, aunque insiste en que el libro no reproduce exactamente su historia y que mantuvieron una buena relación, especialmente durante sus últimos años. La muerte en soledad pertenece, sobre todo, a una generación de padres cuyos hijos tuvieron que marcharse para poder vivir. Durante sus años de periodista, la autora llegó a hacer muchos reportajes sobre emigrantes moldavos que enterraron a sus padres a distancia porque regresar podía poner en peligro su situación en Europa. «El padre de mi libro muere solo en nombre de muchos padres que han muerto solos. Una de las cargas de los padres de esa generación consistía en estar preparados para morir solos», zanja.
El alcohol pertenece también a esa herencia. Está en el padre, está en Mila y forma parte de una determinada cultura de la Europa del Este, pero Țîbuleac conoce demasiado bien sus consecuencias como para romantizarlo. «En mi juventud era imposible ser escritor o periodista y no beber. Uno siente que cuando bebe es mejor, más inteligente, más genial». Ella quiere desmontar, precisamente, esa asociación entre alcohol y creación: «El alcoholismo es una enfermedad, no es un trance místico. Te quita más de lo que te da», sentencia.
Del alcohol al dolor hay un paso que la novela tampoco evita. Țîbuleac creció rodeada de personas marcadas por el hambre, la deportación y la humillación; sus abuelos fueron deportados al gulag de Siberia, donde nació su madre. «Crecí rodeada de personas que vivieron situaciones terribles, con tanto dolor, tanta humillación, tantas tragedias, viendo morir a sus hijos delante de sus ojos. Por eso la muerte no era lo peor». La frase explica también la violencia que atraviesa el libro, especialmente contra las mujeres, y la memoria de una sociedad en la que los golpes eran comunes. «La generación de mis abuelos siempre consideró aceptable que un marido golpeara a su esposa o a sus hijos para disciplinarlos». Ahora todo ha cambiado, dice, «pero una cultura asentada durante generaciones no desaparece de un día para otro. Y los escritores debemos denunciarlo». Igual que en sus otras dos novelas, la Historia es una música de fondo en Cuando seas feliz, golpea tú primero: la caída del comunismo, la pobreza y la criminalidad de los 90, la emigración… pero nunca toma forma de lección. «La literatura puede ser un punto de partida para recuperar una memoria silenciada», defiende con contundencia, «pero tenemos que ser responsables y no convertirla en propaganda». La guerra de Ucrania, dice, reforzó esa convicción: «No quiero que mis libros sean un instrumento de odio. Lo que me interesa es cómo la Historia termina entrando en una familia, en un cuerpo, en una conversación entre un padre y una hija». Sin embargo, tras tres novelas atravesadas por esa geografía y ese pasado, Țîbuleac empieza a sentir la necesidad de explorar otras cosas. «Me estoy haciendo mayor y empiezo a aburrirme de explicar que mis novelas no son puramente autobiográficas, de decirle a la gente cómo leerlas. Ahora me interesa escribir sobre sexo, amor, deseo, amistad, odio… todas esas emociones humanas que ya están en mis libros, pero sin que estén determinadas por las implicaciones de ser de X lugar. Y estoy en ello, a ver si lo consigo», concluye.
—Andrés Seoane

