Tatiana Tibuleac repite la intensa voz narrativa de ‘El verano que mi madre tuvo los ojos verdes’ en una historia de alcoholismo y memoria
«Nos robaron nuestro idioma, nos robaron nuestro dinero, nos robaron lo que nos hacía sentirnos felices». Desde el resentimiento y la fragilidad, una mujer en la cincuentena llamada Mila arrastra la culpa y el rencor mientras nos cuenta su vida de miseria como limpiadora, paseadora de perros y cuidadora. Es migrante en París y viene de un pasado donde llegó a ser profesora de Universidad en su Moldavia natal. En la novela, atravesada por la necesidad de explorar la propia biografía y la Historia (los abuelos de la escritora fueron deportados al Gulag de Siberia, donde nació su madre), el dolor de la humillación lastra la vida de la protagonista.
En el pasado de Mila importa un padre alcohólico como ella misma, como si las adicciones se heredaran, el recuerdo lleno de rabia de un poeta y periodista bohemio vocacional, de resultado catastrófico para las mujeres que lo rodearon; un padre complicado de gran sensibilidad a ojos de los otros, pero al que describe con crudeza como padre ausente de silencios angustiosos y arrebatos de ira. En algunos datos coincide con el de la escritora: «Mi padre se parece al padre del libro», reconoce desnudando un poco el pacto entre la ficción y la memoria. El presente de Mila y esa vida de miseria en París, agravada por el desarraigo, representa a muchos emigrantes del Este de Europa llenos de sueños y esperanza. En Occidente, sus estudios y su profesión no significaban gran cosa; sobrevivir es lo que importaba.
A veces la imaginación puede jugar en contra del relato. El puzle que cruza pasado y presente permite a la narradora exhibir gran capacidad fabuladora en sus múltiples trabajos. Se entrega con creatividad desbordante a levantar una galería de personajes no siempre dotados de densidad psicológica, roza el exhibicionismo verbal y se arriesga a que algunos lectores revisiten la admiración hacia su celebrada primera novela.
La relación de amistad y amor entre Mila, Malik y la bellísima y manipuladora Ella aglutina el relato de la primera juventud; pero el triángulo amoroso se dispersa como la fugaz felicidad del título cuando se reencuentran en París y avanzan las páginas. La distancia entre las aspiraciones y la realidad se lee como un largo lamento.
El arquitrabe narrativo se tambalea en una pantalla mental que proyecta historias que despliegan y alternan pasado y presente. La forma en la que se cuenta a sí misma define la personalidad de la narradora protagonista cuando trata de arreglar como buenamente puede el juguete roto de su infancia. En esta historia de soledad espesa y degradación, la herencia del alcohol es el vínculo del descalabro de Mila, su excusa para no ser feliz.
—MARÍA BENGOA

