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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

El autor rumano repasó ayer su trayectoria literaria en un diálogo con Marian Ochoa y Xavier Montoliu Pauli, dos de sus principales traductores

El diario de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956) empieza en 1973, a sus 17 años. Sus páginas, dispuestas en varios cuadernos, comprenden todas las vertientes de su vida, desde anotaciones como puede ser una apreciación meteorológica hasta todos los sueños que recuerda de estos 53 años. Pensamientos y muchas otras cosas —“unas más confesables que otras”, aclaraba— con los que ya ha publicado cinco volúmenes en Rumanía, uno de ellos traducido al catalán (Dietaris 1990-2017. Una tria) por Xavier Montoliu Pauli. “Los guardo todos en mi casa. Según mis cálculos, diría que son unas 5.000 páginas de diario. Ocupan más o menos un metro”, apuntaba el autor, considerado el novelista más importante de su país, que ayer acudía a Baluarte con motivo de los Encuentros de Pamplona. En la ponencia, Vértigo y belleza, lo acompañaron sus traductores; Montoliu y Marian Ochoa de Eribe, quien ha llevado varias de sus obras al castellano, publicadas por Impedimenta.

“Diría que es lo más importante que escribo. A veces lo llamo ‘mi piel textual’. Me recuerda a The Pillow Book (1996), la película donde el personaje principal se tatúa poemas a lo largo de su cuerpo. Mi diario es una entrevista que me he hecho a mí mismo durante estos años y que espero seguir continuando. De ella se ramifican todos los demás libros que he escrito”, confesaba Cartarescu. No son pocos. Le siguen obras como la trilogía Cegador, formada por El ala izquierda (1996), El cuerpo (2002) y El ala derecha (2007); Nostalgia (1989) o Solenoide (2015). Ochoa de Eribe, traductora de todas ellas, las calificaba como una “catedral literaria”.

Lejos de marcar una distancia frente al público, el escritor —término con el que no se siente reflejado (prefiere “persona que escribe”)— se proyectó como uno más: “Llevo la vida de una persona ordinaria. Mientras no estoy en mi escritorio, nadie diría que soy escritor. Vivo como cualquiera de ustedes, es decir, veo películas en Netflix, juego a videojuegos, escucho música —rock sobre todo— y estoy bastante al día con lo que ocurre en la actualidad de este género musical, paseo, paso horas y horas hablando con mi esposa, dedico tiempo a mis hijos, en fin, lo que hace cualquier persona. Nunca pienso ni un solo segundo en el libro que esté escribiendo ni en ningún otro. Eso solo ocurre cuando entro en mi despacho”. Condición indispensable a la que sumó dos exigencias: la puerta cerrada y una taza de café.

Claro, el tiempo —concepto que califica como “ilusorio”— no lo compagina todo. De ahí que explicase que fueron 14 años los que tardó en escribir su trilogía. “Creo que soy un autor muy lento e ineficiente. La escribí en distintos lugares de Europa: en Berlín, en Stuttgart, en Viena, en Budapest, en Bucarest. Es un libro de 1.400 páginas, así que da a unas 100 páginas al año. Dostoyevski tardaba seis meses en escribir una gran novela. Balzac lo hacía incluso con mayor frecuencia”, reconocía.

Ese distanciamiento hacia la figura del escritor lo siente en base a su anhelada huida del juego literario, en el que engloba fines como la fama, los galardones o el dinero: “Ahí estoy perdido porque ni la manera en la que lo hago es la corriente ni mis expectativas de la literatura lo son, pero, al mismo tiempo, si publico, no puedo decir que estoy desapegado de ese juego. Un verdadero escritor tendría que hacerlo solo para sí mismo. Es decir, morir y ser enterrado con sus escrituras”. Bajo este paraguas, puso en la conversación a Kafka, por su deseo de destruir sus textos; a Virgilio, encontrado en su lecho de muerte con el manuscrito de La Eneida, y a Henry Darger, que vivió como un conserje solitario en Chicago hasta que falleció y se descubrió su obra.

Quizá, aunque el resultado sean los libros publicados, su lento proceso creativo dentro de esa habitación a puerta cerrada tenga mucho que ver con su rechazo al consumismo instantáneo: “En el momento en el que pongo el bolígrafo sobre el papel —porque escribo a mano—, se crea como una corriente eléctrica, me olvido de mi vida ordinaria y me desdoblo en el cuerpo de la persona que escribe. Solo existo a través de la página, solo vivo a través del texto que escribo. No soy como los que planifican sus obras. Yo escribo una novela como se escribe una poesía. Nadie planifica un poema”. En consonancia con esa improvisación, el a partir de estas líneas ya nombrado como poeta, respeta todo lo que graba el papel. “Nunca hago tachones. Es como una carrera de caballos. Un caballo tiene un jinete que le hace correr, pero el jinete tiene que ser humilde y nunca utilizar la violencia contra su caballo. Lo debe dejar libre para que pueda ganar su carrera. A mí me da la impresión de que mi mente es mi caballo. Ella tiene más talento, más inteligencia y más técnica que yo y la dejo correr por sí sola”, ilustraba Cartarescu.

La dualidad que intentaba explicar aludía a una fuerza superior capaz de proporcionar el engranaje de la escritura. En este caso, lo comparaba con una máquina de coser: “Una costurera sabe que un hilo tiene que venir de arriba y otro de abajo. Solamente cuando esos dos hilos se encuentran, la costura se puede realizar. Yo me considero el hilo de abajo. Lo que no sabemos es de dónde viene el de arriba. Sin embargo, siempre será necesario. Lo podemos llamar inspiración, consciencia, Espíritu Santo o de cualquier otra manera, pero te tiene que ayudar; si no, no tienes ninguna oportunidad”.

La belleza suprema

Esa fuerza que queda sin nombrar encuentra su cauce más natural en la poesía, que para él no se reduce a un género sino a una manera de vivir: “La poesía es la capacidad de ver la belleza donde los demás no la ven y yo diría que todas las artes tienen ese deber de traer la belleza al mundo. Esto no es un trabajo fácil para los artistas. Algunos pueden dejarse el cuerpo por el camino y quienes la reciben, por su parte, también pueden salir malheridos. La belleza suprema es difícil de soportar, pero la necesitamos más que a nada”.

El escenario actual no lo pone fácil. “Hoy los poetas ya no son héroes, se les desprecia y, en realidad, son lo más importante del mundo. Ellos no participan en el círculo de la corrupción. Para mí, la poesía es el arte más bello de todo el conocimiento. Me imagino a todas las áreas —filosofía, arte, cultura, teología…— como una pirámide egipcia donde todas convergen hacia la cúspide. En este caso, la cúspide de esa pirámide sería la poesía, la gracia universal”, desmenuzaba el autor. Podría ser allí donde se encuentre el origen de nuestro hilo superior.

—IRUNE ABADÍA ESAIN