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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

En la literatura de Gueorgui Gospodínov el tema central es siempre el padre. El búlgaro parece estar persiguiendo entre sus páginas una sombra, un fantasma. A veces, hasta un eco. Porque más allá de consideraciones psicológicas (si es parte de un trauma o de una ausencia), el motivo suena a ejercicio de memoria. A pretexto y punto de partida desde los que dar rienda suelta a su curiosidad. Gospodínov es un autor curioso, en las dos acepciones que puede tener el término. Tiene una mirada infantil, lúcida, abierta a los detalles y a descubrir novedades en lo cotidiano. Y un estilo único, enraizado en lo posmoderno (etiqueta que le queda muy estrecha, pues la trasciende completamente), pero sin sus tics ni limitaciones. Es un escritor de escenas preferentemente cortas, casi de pestañeos. Gospodínov es capaz de empatizar con una babosa, de sentirse babosa, cuando así lo reclama su necesidad de sacar adelante sus recuerdos. Estas breves pinceladas sirven para contextualizar –y de paso presentarlo al lector de estas líneas– Física de la tristeza (2018), un libro superlativo, eclipsado por el posterior monumento titulado Las tempestálidas (2020), que Impedimenta ha rescatado –en una edición revisada por María Vútova– tras su primera publicación en el sibarítico catálogo de Fulgencio Pimentel. No es un libro cualquiera: fue el primer éxito de Gospodínov; y ni siquiera fue un éxito cualquiera: su primera tirada se agotó el primer día de su salida, y, durante una década, pervivió como el mayor best seller de su país. Solo los libros que llegan al alma, que tocan el alma y que exploran incluso conceptos del alma son capaces de semejante trascendencia. Física de la tristeza es un libro importante. Quizás de los más importantes que se hayan publicado en los últimos años. Es, además, un artefacto (pues incluso es más que un libro, no tan solo por lo visual como por lo vital que resulta) de difícil adscripción: no es novela, no es un conjunto de memorias. Es algo corpóreo, orgánico, que está latiendo. Su prólogo de apenas dos páginas se cierra con una frase ejemplar y significativa: «Yo somos». Gospodínov respira, acaba de dar sus primeros pasos, sus ojos se desperezan por primera vez ante los rayos del sol. Todo lo observa extrañado, con una mirada sin mediatizar, límpida, pura como la de un niño. Gospodínov va recorriendo un largo camino que culmina en la muerte: la frase final «Ya fuimos» es vacío, punto, epanadiplosis, cierre del círculo. Ante el espejo de estas páginas se miran frente a frente el Gospodínov que es y que fue y el Gospodínov que será. El búlgaro se pregunta qué quedará tras nosotros, qué restos y recuerdos dejaremos a nuestro paso: al análisis de los receptáculos para las generaciones futuras suma también el de las listas de lo importante, que en su opinión es lo perecedero, pues lo duradero se confunde, pervierte, se manipula. Física de la tristeza es el vademécum de lo breve, y de quienes no escriben la Historia. Una frase temprana (página 45) define y determina las intenciones del autor: «No puedo ofrecer una narración lineal porque tampoco lo son los laberintos ni las historias». Gospodínov no puede ser lineal, tampoco, por pura coherencia: su libro es vida, y esta se empeña en ramificarse, en abultarse o achicarse, en ser caprichosa. El autor habla de laberintos porque uno de sus héroes es uno de los antihéroes más desdeñados, una figura trágica: el Minotauro de Cnosos. Hijo repudiado y a la vez hermano odiado, la historiografía se ha empeñado en presentarlo como un villano, cuando es en verdad un hijo pródigo, un huérfano extraviado. Y de paso, es también el abuelo del autor, desde el momento en que, en una feria, viese al niño con cabeza de toro y su madre maquinase un infanticidio abandonándolo a una suerte que nunca corrió. Ahí empieza todo para Gospodínov. Al principio fue el Padre, o el Padre del Padre. Ya lo advertirá más adelante, o quizás mucho antes (pues los tiempos se solapan aquí): el suyo será un libro triste, y no porque toque temas melancólicos. Es y será triste como solo pueden serlo las cosas de las que no tenemos certezas, aquellas de las que dudamos y en las que titubeamos. Gospodínov no escribe como catarsis, escribe para encontrarse, para tener al menos la certeza de que sigue vivo. Necesita contar lo propio y lo ajeno, como el comprador de historias de uno de sus libros, como ese Gaustín que es a la vez pícaro, bribón y personaje entrañable, una suerte de Quijote que sueña y persigue imposibles. Por eso, Física de la tristeza más que poliédrica es polifónica. Diversas voces hablan al unísono, deseosas de sentirse, de oírse, de ser escuchadas. Gospodínov las apila, sin ningún orden jerárquico: las ha encontrado, las ha recordado, las ha almacenado. De repente el niño solo y solitario que vive en un sótano minúsculo, con una única ventana a pie de calle, se convierte en el escritor deseado que observa estupefacto las imposturas del lujo, las costuras de los discursos, las falsedades de los decorados. Gospodínov parece moverse siempre como alguien que, desde otra época, se contempla a sí mismo y al resto a la vez que narra. Su manejo del tiempo, de las dimensiones, de las sensaciones, de los latidos, difícilmente tienen parangón en la (moderna) literatura. Dotado de una gran empatía hacia el prójimo y ante los acontecimientos, posee páginas bellísimas, solo frágiles en apariencia, que se adhieren en el recuerdo como lo hacen los sobresaltos. Física de la tristeza es un libro nacido para quedarse, para permanecer. Porque hace que lo insignificante se sienta único. Por ejemplo, cuando habla de su cronología familiar, en una Bulgaria plúmbea, casi de distopía, no se detiene –o si lo hace es para dedicarle más un sarcasmo que un comentario amargo– en lo solemne. Gospodínov quiere hablarnos de lo que habitualmente nos rodea y a lo que no damos importancia; usa el lenguaje de lo diario, de lo familiar. Es en la rutina de las pequeñas cosas donde anida el germen de toda vida, donde reside lo verdaderamente primordial. En apuntarlo consiste, nada más y nada menos, Física de la tristeza.

–Joaquín Torán.