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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

El escritor búlgaro, Premio Booker Internacional, publica en España las novelas ‘El jardinero y la muerte’ y ‘Física de la tristeza’. En esta entrevista habla de memoria, miedo, duelo, curiosidad y empatía, y de la literatura como una forma de comprender el mundo y defender los límites de lo humano

“Aprendí a leer solo bastante pronto, a los cinco años. En aquel entonces vivía con mi abuela en un pequeño pueblo de Bulgaria. Cuando terminé todos los libros que teníamos en casa, ella iba de casa en casa por todo el pueblo, recogiendo cualquier libro que pudiera encontrar para mí”.

Esa abuela nómada en busca de lecturas convirtió a su nieto Gueorgui Gospodínov (Yambol, 1968) no solo en un apasionado lector y un escritor destacado de Europa, sino en un autor itinerante por los diferentes géneros literarios: poesía, cuento, novela, ensayo, no ficción y teatro, además de artista de videoinstalaciones.

Tal vez, esa sensibilidad nace de una de sus primeras lecturas:

“Recuerdo vívidamente lo profundo que me impactó La pequeña cerillera, de Hans Christian Andersen. La leí con total empatía: podía sentir el frío y la soledad de aquella noche de Navidad. Creo que esa historia, para mí la historia por excelencia del abandono, marcó mi infancia de forma profunda y dio lugar a miedos que, con los años, he intentado controlar a través de la escritura. También recuerdo que todas las tardes, alrededor de las seis, mi abuela leía la Biblia a escondidas junto a la ventana. Me sentaba a su lado y la escuchaba. A través de su voz susurrante, escuché por primera vez el Libro del Apocalipsis completo”.

Pronto la escritura llegó a la vida de Gueorgui Gospodínov. El autor evoca esa época en una entrevista por correo electrónico.

Lo primero que escribí fue una pesadilla que me atormentaba todas las noches cuando era niño. Quería contársela a mi abuela, pero ella se llevó un dedo a los labios y dijo que los sueños aterradores nunca se deben contar, porque de lo contrario cobran vida. O, como ella decía, ‘se llenan de sangre’.

No sé cómo se me ocurrió la idea, pero me di cuenta de que podía escribirla. Así que lo hice, con mis letras recién aprendidas, torpes y desiguales. Y entonces ocurrió un milagro: nunca volví a tener esa pesadilla. Sin embargo, nunca la olvidé. Incluso ahora, cincuenta años después, la recuerdo con perfecta claridad.

Sigo creyendo que el miedo y las pesadillas son algunas de las mejores razones para escribir. Si de algo sirve, escribir nos ayuda a domar a las bestias que habitan en nuestro interior. Después, empecé a escribir mis propios cuentos y poemas ingenuos, que fingía esconder, aunque mi abuela y mi madre siempre conseguían encontrarlos”.

Traducido a más de treinta idiomas

Ya entonces la poesía empezó a acompañarlo. Algo esencial en su vida personal y literaria, porque va más allá de sus poemarios: su mirada poética también está presente en sus narraciones.

“Los primeros poetas, en mi infancia, fueron los grandes poetas clásicos búlgaros: Dimcho Debelyanov, Peyo Yavorov e Ivan Vazov. Más tarde, descubrí a poetas como Arthur Rimbaud, Guillaume Apollinaire, Jacques Prévert y toda la tradición francesa. Luego llegaron Walt Whitman y Emily Dickinson, la poesía oriental, seguida de T. S. Eliot, a quien leía constantemente, Dylan Thomas, W. H. Auden, Joseph Brodsky, los poetas Beat y muchos otros. Sigo leyendo poesía con la misma devoción y sigo escribiéndola. Para mí, la poesía sigue siendo el camino más corto hacia lo inexpresable”.

Aquella peregrinación libresca transcurrió en los años en que Bulgaria era un Estado socialista bajo la órbita de la Unión Soviética. En 1989 cayó el régimen comunista búlgaro y Gospodínov ya tenía algunos escritos. En los primeros años noventa publicó dos poemarios y despidió la década, en 1999, con su primer cambio de registro, Novela natural.

Su obra, traducida a más de treinta idiomas, incluye novelas como El jardinero y la muerte (uno de los libros del año 2025 para WMagazín), Física de la tristeza (con traducción de María Vútoba en editorial Impedimenta) y Las Tempestálidas (Premio Booker Internacional 2023), además del volumen de cuentos Acerca del robo de historias (Impedimenta).

Poesía, prosa y memoria

El interés por la memoria histórica, las desigualdades, las injusticias y los vínculos afectivos ya estaba presente, a través de un elemento diferenciador: apreciar o rescatar la belleza en los detalles, en la cotidianidad, en el valor de lo corriente como hilos invisibles que sostienen la existencia.

Después de tres libros de poemas, llegó a la narrativa con Novela natural.

“Para mí, no se trata de otro género literario. No veo ninguna diferencia fundamental entre pensar en el mundo a través de la poesía o de la prosa. La búsqueda de significado, de las conexiones entre las cosas, la epifanía, la melancolía, el ritmo del lenguaje: todo esto pertenece por igual a ambos, independientemente de la forma en que escribamos. Novela Natural es muy similar a mis poemas. Prefiero pensar en mi escritura como una forma de introducir poesía en la prosa”.

Novelas y cuentos esparcidos de poesía en una prosa de párrafos cortos o fragmentarios, como ráfagas de escenas o imágenes llenas de pensamientos.

“Supongo que esto es algo que viene de la poesía. Mi primer poemario se tituló Lapidario y consistía en poemas muy cortos. Recuerdo haber escrito algunos en el reverso de los billetes de autobús mientras viajaba.

Un texto breve o un fragmento es como una de las cerillas que enciende la niña en una gélida noche de invierno: una breve explosión de luz que dispersa la oscuridad por un instante, antes de que vuelva a oscurecer. Crea una pausa que deja espacio para la imaginación o la memoria del lector”.

En sus libros, la memoria y los recuerdos van construyendo la identidad.

Estamos hechos de memoria e historias. La memoria recorre nuestro cuerpo a todos los niveles, desde el ADN de nuestras células hasta los recuerdos acumulados que heredamos de los libros que hemos leído. Esto me parece profundamente importante, y es algo a lo que vuelvo constantemente en mis libros. ¿Existimos si no recordamos nada de nuestro pasado? ¿Existimos siquiera una vez que la última persona que nos recordaba de niños se ha ido?”.

Entonces, ¿qué es la memoria?

“Una conversación.

Una conversación interminable con todos nuestros cuerpos y con cada ser humano que ha vivido, desde la antigüedad hasta nuestros días. En definitiva, todo lo anterior es una forma de ver el tiempo”.

Y ¿qué es el tiempo?

“No tengo una respuesta breve. Por eso escribí Refugio del Tiempo (Premio Booker Internacional)”.

Las dos caras de la belleza

Su novela Física de la tristeza es un ejemplo claro de la importancia de la belleza en lo cotidiano, pero, sobre todo, una invitación a descubrirla a través de la empatía.

“Siempre me he preguntado cómo sería si pudiéramos entrar de verdad en las historias de otras personas, si pudiéramos conectarnos con ellas de la forma más profunda posible. Si pudiéramos ser, a la vez, el niño que llora, la mujer que ríe, una nube de junio, un árbol de ginkgo, un caracol, el Minotauro, una mosca… Por eso la frase clave en Física de la tristeza es: Somos. Es, quizás, la definición más breve posible de empatía”.

En esa novela hecha de fragmentos aislados e interconectados a la vez, como la vida misma, Gospodínov conecta con el asombro y explora las fronteras entre realidad, memoria, imaginación y literatura.

“Para ser sincero, no recuerdo con claridad cómo el Minotauro entró en mi vida. Leí una edición de los mitos griegos antiguos en algún momento. También escuché las historias de mi abuelo sobre las ferias ambulantes que visitaba de niño, donde había todo tipo de maravillas: un niño con dos cabezas, etcétera.

Cuando comencé a escribir Física de la tristeza, me resultó fácil imaginarme conociendo al niño minotauro que exhibían en esas ferias. Lo imaginé con tanta viveza que ahora, a veces, creo que realmente lo vi. La imagen del minotauro surgió de ese sentimiento de abandono que compartíamos los niños de mi generación, solos todo el día en las pequeñas y oscuras habitaciones de los apartamentos alquilados en la ciudad. En cierto modo, éramos una generación minotauro”.

Gospodínov tampoco se olvida de la otra cara de la belleza: la pérdida de un ser querido y su dolor. Su novela El jardinero y la muerte reconstruye el tiempo que pasó junto a su padre enfermo antes de que muriera. De su historia surge la duda de si el dolor por la muerte de un ser amado es un sentimiento sincero porque esa persona no está o si es más bien un acto de egoísmo porque nos hace sufrir.

“Es ambas cosas, por supuesto, pero eso no lo hace más fácil. Es de lo que hablo en esa novela. El duelo por quienes hemos perdido crece y echa nuevas hojas con el paso de los años. Todavía guardo los números de teléfono de mi padre y mi madre en mi móvil.  Aún quiero llamarlos, normalmente por la noche. Cada acontecimiento, bueno o malo, anhela ser compartido con ellos. Nos sentimos disminuidos y abandonados, pero eso también forma parte del duelo.

En el contexto de este libro, el amor puede ser un jardín que cultivas para quienes amas. Amar también es tomar la mano de un padre o una madre que deja este mundo ante tus ojos. Es permanecer a su lado hasta el final”.

Curiosidad, populismo y ultraderecha

La curiosidad es otro factor que late en sus libros y hace avanzar a sus personajes, y a la historia. Pero existe la sospecha de que la gente empieza a perder la capacidad de curiosidad y asombro, como ha advertido, entre otros, Alberto Manguel.

“El mundo se ha llenado repentinamente de respuestas, la mayoría banales o falsas. Las encontramos cada vez que abrimos nuestros teléfonos o computadoras portátiles. Esto merma nuestra capacidad de hacer preguntas, tanto al mundo como a nosotros mismos. Y una vez que eso sucede, la curiosidad comienza a marchitarse. Como sabemos, el cuestionamiento y la curiosidad son el comienzo no solo de la filosofía, sino de toda comunicación humana genuina.

Siento una enorme admiración por Alberto Manguel y he tenido la fortuna de conocerlo personalmente. Es una de esas personas excepcionales con las que se puede hablar de literatura de la manera más natural y amena, recorriendo el mundo con él como si fuera una biblioteca o un laberinto, descubriendo que la maravilla a veces yace dormida en las cosas obvias que hemos dejado de ver”.

Pero, aunque la realidad muestra que, en esa búsqueda de belleza, aparece un mundo donde tienden a imponerse las formas burdas, despreciativas y brutas, algunos políticos señalan valores como la bondad, la solidaridad, la empatía o la fraternidad como algo negativo, propio de personas débiles.

“Es cierto, pero esto solo demuestra cómo, en realidad, estas personas reconocen el poder de la empatía, cuánto les supone un obstáculo y cuán decididas están a eliminarla. Por eso debemos defender los límites de lo humano.

La propaganda no comprende la empatía ni sabe qué hacer con ella. Donde quiera que exista la compasión, la maquinaria de división, polarización e incitación contra los demás comienza a flaquear.

Es triste ver con qué facilidad el virus del populismo ataca el sistema inmunitario de Europa. Europa, después de todo lo que ha vivido, debería poseer una inmunidad mucho más fuerte.

En cierta medida, esto también es una cuestión de memoria, o, mejor dicho, de una amnesia colectiva que sirve a los intereses de la extrema derecha. Parafraseando a Goya, el letargo de las sociedades engendra dictadores.

Para no terminar con una nota demasiado pesimista, añadiría que en los últimos dos años también se percibe que en distintas partes del continente las sociedades están empezando a despertar”.

Gueorgui Gospodínov podría pedir silencio llevándose un dedo a los labios, como hizo su abuela con él cuando quiso contarle una pesadilla, y decirle que “los sueños aterradores nunca se deben contar, porque, de lo contrario, cobran vida. O, como ella decía, ‘se llenan de sangre”. Y él exorcizó sus monstruos escribiendo. Ahí sigue transformando el miedo en memoria, la memoria en empatía y la empatía en una forma de resistencia frente al olvido y de entrada en la vida de los otros, para recordar esos momentos de belleza cotidiana que no vemos.

—Winston Manrique Sabogal