El océano como posibilidad y límite, como algo que envuelve y que contiene silencio y meditación. Eso es lo que vivió Jean-Jacques Rousseau durante el otoño de 1765 en la isla de San Pedro, en mitad del lago de Bienne, en la entonces independiente república de Berna, en Suiza, después de que dos de sus obras, «Emilio» y «El contrato social», fueran condenadas al fuego y el autor decidiera dejar la escritura para dedicarse al estudio de la botánica. Eso es lo que cuenta el escritor sueco Steve Sem-Sandberg (Oslo, 1958) en «El océano», donde recrea la estancia de Rousseau en una isla en la que en una época hubo un convento, después un hospital de tísicos y luego se llenó de viñedos y de campos de cáñamo. Mientras intenta integrarse en la rutina de la isla, Rosseau convive con la vigilancia de los lugareños, el distanciamiento de su compañera Thérèse Levasseur y la permanente irrupción de los fantasmas del pasado.
Faro intelectual
Steve Sem-Sandberg, miembro de la Academia Sueca, además de autor de novelas como «El emperador de las mentiras», concibe «El océano» como una mezcla entre la biografía, el drama político, el ensayo botánico y la historia de las ideas y lo atraviesa con una pregunta: qué queda de un ser humano cuando se lo despoja de todo. La leyenda, quizá, parece decir el autor, que muestra a un Rousseau atrapado entre su condición de faro intelectual en una época convulsa y la de un intelectual que ha sido repudiado. El resultado es una novela que perfi la un retrato humano bastante desgarrador. Porque no sólo reconstruye un episodio histórico crucial en la vida de Rousseau, sino que propone un viaje íntimo, secreto y algo oscuro hacia la imposibilidad de escapar de uno mismo, especialmente cuando se halla rodeado de océano tan inmenso como profundo.
—Diego GÁNDARA

