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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Tatiana Tibuleac vuelve a indagar en los demonios familiares en su nueva novela, ‘Cuando seas feliz, golpea tú primero’, una evocación de la figura del padre como destino contradictorio e inevitable

A la hora de leer la nueva novela de Tatiana Țîbuleac (Chisináu, Moldavia, 1978), Cuando seas feliz, golpea tú primero, que acaba de publicar la editorial Impedimenta con la traducción de Marian Ochoa de Eribe, resulta inevitable acercarse a la luz de la primera obra de la autora, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, aparecida en el mismo sello en 2019 y objeto de un éxito más que considerable en España. En las dos historias, el pasado familiar se convierte en un laberinto emocional de difícil resolución: en El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, un artista rememora el último verano que compartió con la madre que lo rechazó, un trance en el que aquella mujer sometida por una enfermedad voraz queda prefigurada como destino inevitable y a la vez doloroso; ahora, en Cuando seas feliz, golpea tú primero, un hallazgo fortuito lleva a la protagonista a ajustar cuentas con su padre, entre la admiración y el rencor, entre la aceptación de lo debido y la acumulación del daño. Hay cierta lógica, por tanto, en la consideración de las dos novelas como un díptico formal (también en el segundo título de la autora, El jardín de vidrio, la familia de la joven protagonista atraviesa la trama como un eje crucial, aunque más en virtud de su ausencia o de su sustitución) en torno a la ascendencia familiar como manifestación incómoda de la identidad propia y, al cabo, prueba de fuego ineludible para la madurez; pero también presentan ambas suficientes singularidades para determinar su autonomía, independientemente de la mirada al mundo y a la condición humana que Țîbuleac continúa construyendo a través de su escritura. La protagonista de Cuando seas feliz, golpea tú primero es Mila, una mujer de cincuenta años que nació en la Europa del Este y vive en París. El trayecto vital del personaje parece imitar así al de la autora, y esta proximidad se percibe en un poso más asentado respecto a El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, en un tono más sólido, menos efectista, más natural y más capaz de sugerir y decir mucho con menos. En Mila, eso sí, se dan cita con fidelidad los signos propios del arquetipo del perdedor: entregada a los brazos del alcohol, malvive en una saturación de trabajos precarios y habitaciones de casas ajenas mientras soporta en su conciencia un aciago historial de traiciones y humillaciones. Esta trayectoria conecta de manera directa con su padre, cuyo recuerdo se aviva tras el hallazgo de una nota manuscrita que había permanecido escondida entre las páginas de un libro. Este descubrimiento desata un caudal de emociones contradictorias: Mila ajusta las cuentas con su progenitor y evoca cada uno de los silencios, los olvidos, las desapariciones, las atenciones negadas, los golpes bajos, los abandonos, la negación del afecto que explica, o al menos sostiene, la indigencia sentimental del presente; al mismo tiempo, algo en el personaje preserva a pesar de todo la misma admiración que profesaba de niña por aquel hombre, un periodista bohemio y fracasado también, que demostraba más amor a sus libros que a su propia hija y para quien el ejercicio de la libertad debía dejar siempre alguna víctima. En esta paradoja, Mila entiende que su padre ha terminado siendo la forma que adopta su conciencia para acusarse a sí misma: “Si mi padre me viera ahora, sería el primero en juzgarme. ʻ¿Quién quedará a tu paso?ʼ, me preguntaría. ʻ¿Cómo te recordará la gente?”. Țîbuleac evita con acierto cualquier tentación de exhibicionismo (la violencia, presente, está siempre más sugerida que manifiesta) para centrar la atención del lector en un conflicto universal: el reconocimiento del padre como una meta irrevocable, contra la que de manera natural se opone resistencia y en cuya aceptación, sin embargo, cristaliza la verdad de lo que se es. Es cierto que Cuando seas feliz, golpea tú primero no nos cuenta nada que no sepamos, pero, como sucedía en El verano en que mi madre tenía los ojos verdes, la voz narrativa, dirigida con una honestidad sucia y brutal (favorecida para el lector en español, y de qué manera, por la apabullante traducción de Marian Ochoa de Eribe), constituye de largo el principal valor de la novela, un hilo bien firme que conduce a una experiencia incómoda y aplastante. Frente a la evocación del padre, los personajes que comparten la deriva de Mila (espejos eficaces para su tormenta emocional) presentan una construcción de sólida carnalidad. Es difícil no sentirse aludido en este viaje al Hades en el que Eneas vuelve a abrazar a Anquises, un padre de cuya identidad duda antes de caer en la cuenta de que tampoco él es el mismo. “Una niña de ojos violetas bailando en un bloque soviético, una joven con la espalda quemada, una mujer que disimula sus cardenales”: no hay mayor reconocimiento que el que procura la ausencia del padre. Ni mayor testimonio que la buena literatura, como es el caso, para atestiguarlo.

—PABLO BUJALANCE