La autora publica ‘Cuando seas feliz, golpea tú primero’, una brutal radiografía sobre el duelo paterno y el desarraigo de la emigración
Tatiana Țîbuleac aterriza en Madrid para presentar ‘Cuando seas feliz, golpea tú primero’ (Impedimenta), su tercera novela tras siete años de silencio, mientras las calles de la ciudad en la que reside desde 2008, París, arden en protestas y tensión social.
Con dos hijos en el instituto, uno de los epicentros de los disturbios, la escritora moldava comprende que los franceses hayan sido educados en la defensa de sus derechos a través de la manifestación, pero, para ella, hay una línea roja: «La violencia es lo que siempre me pone en guardia. He preguntado muchas veces a los franceses por qué, para reclamar sus derechos, tienen que quemar el coche o la tienda de alguien; por qué otras personas, igual de inocentes, tienen que sufrir. La respuesta siempre ha sido que, si no, el mensaje no queda claro. Es una forma de actuar totalmente diferente a la cultura en la que fui criada, donde la propiedad privada es sagrada y no puedes exigir tus derechos pisoteando los de los demás », afirma a ABC.
De esa mirada, desconfiada y cruda, desde París pero llevando en el corazón Chisináu, nace el inquietante título de su último libro. «Ha sido interpretado y reinterpretado de muchísimas formas, y cada vez me parece algo extraordinario», detalla con una sonrisa en los labios. «Creo que la gente de Europa del Este tiene miedo de ser feliz, de mostrarse feliz en público. Hemos atravesado suficientes fenómenos históricos traumáticos como para saber que la felicidad no dura a largo plazo, y nos la van a robar. De ahí el ‘golpea tú primero’: no es un llamamiento a ir pegando a la gente por la calle, sino una advertencia de que vas a ser golpeado, así que debes estar preparado».
Tibuleac sitúa ‘Cuando seas feliz, golpea tú primero’ justo al término de ‘El jardín de vidrio’, su segunda novela. En el fin de la era soviética y los primeros años de la independencia de Moldavia, a principios de los noventa. «Las ideas nacionalistas, el regreso a la lengua rumana y la independencia triunfaron. Parecía un final feliz. Pero entonces surge la pregunta: ¿qué pasó después? Después vino la mayor crisis económica, las primeras olas de emigración ilegal y los intelectuales fueron prácticamente pisoteados. Nuestros padres fueron los primeros que pagaron el precio de esa independencia».
La autora encarna esa ruptura en Mila, que emigra a París, y en su padre, un periodista bohemio que se queda solo mientras ve cómo todo por lo que luchó se derrumba a su alrededor. Demasiadas coincidencias biográficas para pasarlas por alto, y más teniendo en cuenta que el padre de la autora falleció recientemente. «Quise que la relación padre-hija fuese lo más cercana a la nuestra. Quise rodearnos de los sabores, de los olores y de las imágenes con los que hemos vivido los dos. Y revivir los lugares maravillosos de su vida, de su juventud. No sé si este libro es un homenaje hacia mi padre, pero sí es un lugar en el que los dos nos podremos reencontrar a partir de ahora siempre. Y creo que mi padre, que creyó más en la literatura que en la vida familiar, lo va a apreciar».
En su libro, el padre de Mila encarna a las personas que lucharon por el renacimiento, por el bien de las siguientes generaciones de Moldavia. Y, en cierta manera, Mila es la continuación de esa historia. «Todo lo que quiso su padre para ella se cumple. Llega a una ciudad maravillosa, espectacular, en la que se supone que debería estar contenta. En la mente de su padre ella lo está, pero su realidad es muy diferente». Mila encarna a esa generación intermedia de migrantes ilegales de la primera ola que dejaron de ser lo que fueron para convertirse en lo que el entorno les permitió («aceptaron trabajos que en su casa nunca habrían hecho. Se convirtieron en invisibles») y que jamás han logrado encajar ni dentro ni fuera de su patria. «Son personas que se han quedado en el medio, sin pertenecer a ningún sitio», señala.
Vivir en ese limbo es sinónimo de trauma y Tibuleac lo convierte en un círculo vicioso. A sus 50 años, Mila afronta serios problemas de salud por su alcoholismo. «No es una excusa. Es una consecuencia», defiende. «Me interesó que fuera así para hablar de la marginalización de las mujeres alcohólicas en comparación con los hombres. Mila dice en el libro que cuando un hombre bebe, sigue siendo el mismo, pero que cuando es una mujer la que lo hace, queda marcada por la decadencia. Es algo que pasa mucho en Europa del Este». En su declive, Mila también es objeto de mucha violencia. «En Moldavia fue una transición a una época en la cual hubo muchas pérdidas de trabajo y la criminalidad creció mucho. No creo que haya habido años con tantos picos de violencia desde aquel entonces», argumenta.
Guerra de Ucrania
Convertir la migración en el centro de su novela no responde solo a un ejercicio de memoria del pasado, Tibuleac también la proyecta sobre la acogida de Europa occidental hoy: «No veo Europa como países, sino como espacio. Eso para mí tiene una gran importancia. Creo en la migración que respete la cultura, la tradición y el idioma de ese país. No creo que el país tenga que adaptarse a los migrantes. Si miramos a las migraciones del pasado, siempre ha habido un enriquecimiento cultural. Sin embargo, cuando las personas que llegan traen también los problemas de su país, ya hablamos de otro tipo de migración. Y creo que el gran problema de Europa actualmente es saber hacer esa diferencia entre la migración correcta y la migración violenta. La extrema derecha encierra a todos los migrantes en la misma casilla y eso no es correcto».
Esa tensión cobra una urgencia trágica con la agresión rusa a Ucrania y el clima de amenaza constante sobre Moldavia, una guerra que la autora vive con angustia. «Mi madre reside aún en Chisináu y ahora cada vez llegan más drones rusos, se escuchan los bombardeos que hay en la frontera con Ucrania y en sus calles hay refugiados». Aunque advierte que puede extenderse a todo el continente, Tibuleac entiende que, desde España, no se puede tener la misma sensación de alarma.
El panorama se vuelve más sombrío para su país, que no está en la Unión Europea y no se beneficia de la protección de la OTAN. «Mi gran preocupación es que, además de todas las muertes, la guerra va a hacer que Moldavia retroceda cincuenta años y nos encontraremos en el punto que está ‘El jardín de vidrio’, y perderemos todo aquello por lo que hemos luchado». De nuevo, la tregua es frágil y la felicidad dura poco. Por eso hay que estar preparado.
—Celia Fraile Gil

