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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

La moldava Tatiana Țîbuleac habla de su nueva novela, basada en su padre periodista y la realidad de la emigración

Muy pocos turistas visitan Moldavia, antigua república soviética que alcanzó su independencia en 1991. Nosotros hemos venido porque tenemos una cita con su escritora más célebre, Tatiana Țîbuleac ( Chisinau,1978), que escribe en rumano, la lengua oficial del país. Pese a la tranquilidad que se respira, esta ciudad de 800.000 habitantes está a tan solo dos horas de coche de la guerra de Ucrania. Las estadísticas indican que es uno de los países más pobres de Europa, pero eso no se percibe paseando por los parques y las calles del centro de la ciudad. Como en los libros de Țîbuleac la identidad (nacional, lingüística, personal) es el gran tema de una sociedad que ha visto cómo sus ciudadanos cambiaban de pasaporte y de alfabeto de una generación a otra, tras la independencia de 1991. En esa época se ambienta Cuando seas feliz, golpea tú primero (Impedimenta/ Àmsterdam), novela protagonizada por Mila, emigrante moldava en París, como la autora de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, un fenómeno internacional que solo en España ha vendido 200.000 ejemplares. El de ahora, cuenta, “es un libro sobre la relación de la mujer con su padre, periodista, como el mío, y el desarraigo de los emigrantes”.

Țîbuleac vive en las afueras de París, pero ha querido que nuestro encuentro sea en Chisinau, y más concretamente en su barrio de Botánica, en los territorios donde suceden varios de sus libros, especialmente el segundo, El jardín de vidrio, sobre una niña y una anciana que recogen botellas por las calles de la ciudad.

“Mi padre, ya fallecido, odiaba la idea de que yo también fuera periodista, como él –revela la escritora, paseando por su antiguo barrio–. Es una profesión difícil. ‘Nunca comerás a tu hora y pasarás frío– me decía–. ¿Por qué no te haces médica? ¿Por qué no te haces cualquier otra cosa?’. En aquella época, ser periodista significaba despedirte de tu familia el lunes por la mañana y volver a casa el viernes por la noche, dormir en pueblos… Recorrías el país en autobús. Mi madre era correctora en el periódico… así que crecí en una familia en la que escribir y leer eran muy importantes. Nunca fuimos pobres… pero sabíamos que nunca seríamos ricos”.

La ternura con que habla de su padre es como la del libro, donde se alterna con momentos de crudeza porque “todo el mundo pasa por una etapa en la que odia a todo el mundo y, ante todo, a sus padres”. Sin embargo,“él me enseñó a leer. Y con esto no quiero decir queme enseñara el alfabeto, sino que me enseñó a leer literatura, cómo entender los libros. Aprendí de él lo importante que puede ser un libro en la vida de alguien, en la visión que tienes de la vida. ‘Lee muchos libros malos –me decía– porque solo así llegarás a los buenos’. Opinaba que nadie puede decirte qué es un buen libro hasta que lees uno malo y otro…y al final ya lo entiendes tú”. Con un suspiro, asegura que “le importaba más su profesión que su familia. No le culpo, porque creo que yo hubiera hecho lo mismo si no fuera mujer y no tuviera hijos. Para él, la dignidad consistía en ser honesto en tu trabajo, hacerlo muy bien y ser respetado por ello”.“No podía ser un libro sobre él, sino que es sobre los dos y nuestras respectivas generaciones”, concluye.

Tibuleac fue conocida durante años, pese a los consejos de su padre, como periodista televisiva. Al emigraraFrancia, un día, tras pasar un verano con su padre, sintió la necesidad de escribir ficción y, así, recuperar sus raíces. La frase inicial de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2017), ya se ha hecho famosa: «Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás».

Muy distinta es la relación que mantiene la autora con su madre, a quien visitamos en su apartamento. Nació en un gulag en Siberia, donde sus padres, pequeños propietarios rurales, habían sido deportados. Nos ha cocinado placintas, unas tartas al horno tradicionales de la cocina moldava, y nos muestra álbumes de fotos.

“Lo más traumático de las deportaciones de mi familia es que nadie hablaba de ello –prosigue Țîbuleac–. Mi abuela me contaba historias de la tierra del invierno, la tierra del hielo, sin más, así que durante muchos años pensé que era una tierra mágica. Aquella mujer, que fue deportada allí para ser exterminada, encontró fuerzas para inventarme cuentos de hadas. Mi madre me contó la verdad cuando yo ya era periodista”.

El alcohol es uno de los temas centrales del libro. “En la antigua Unión Soviética casi todo el mundo era alcohólico, no solo mi padre. En París, durante la pandemia, también vi a mucha gente a mi alrededor que empezó a beber un poco más, yo incluida. Y pensé que era una forma de conectar con el pasado, aunque no esté muy orgullosa de esta conexión, claro, pero de algún modo fue tejer otro vínculo con él. Y sí, hice que mi personaje fuera alcohólica. Me interesó mostrarla marginalización de las mujeres alcohólicas: en Europa del este, si un hombre bebe, sigue siendo el mismo, pero la mujer cae en la decadencia”.

“La independencia fue estupenda –piensa la autora– pero no tuvimos los medios para disfrutarla, caímos en una enorme pobreza y se produjo una emigración masiva. Ese es el otro tema clave del libro. Fue una época muy dura, mi padre y muchos intelectuales se vieron muy afectados, lo perdieron todo, sus trabajos, su dignidad, su capacidad para mantener a sus familias. Todos esos valores según los cuales tienes que estudiar, trabajar duro y así conseguirás tu objetivo… dejó de tener sentido porque todos esos acabaron siendo pobres, mientras que algunos que no lo hicieron eran millonarios. Fue una época de caos, de delincuencia…”.

“Soy la primera inmigrante oficial de mi familia”, comenta. Pero se considera afortunada “en comparación con aquella primera ola de emigrantes ilegales que debió trabajar muchos años para pagar las deudas del viaje, vivían en condiciones precarias, muchos fueron víctimas de la trata de personas”. La nueva novela ahonda en “el hecho de no tener trabajo, no tener una identidad, la sensación de no pertenecer a ningún sitio”.

El jardín de vidrio, la segunda novela de Tibuleac, se centra en una huérfana que crece entre dos idiomas y culturas, símbolo del país actual, hasta el punto de que se ha realizado una imponente versión teatral, a cuyo estreno en el Teatro Nacional asistimos por la noche, acompañados de la autora. Los aplausos duraron más de 8 minutos.

Los libros de Tibuleac, a caballo siempre entre lo personal y los grandes acontecimientos históricos, encuentran la belleza en lo más horrible. Sobre la guerra de Ucrania, afirma que “está aquí al lado, y nos afecta cada día. También tenemos un territorio anexionado por Rusia, Transnistria. Tenemos amigos, familias… No formamos parte de la Unión Europea, así que la amenaza rusa es más seria. La guerra de Ucrania nos muestra que olvidar el pasado y no crear una memoria colectiva en un país puede conducir a esto. Durante muchos años tuvimos aquí un régimen comunista y no hicimos nada como sociedad para que los criminales pagaran, como en el Holocausto. Es el mismo tipo de crimen: hubo gente que murió de hambre, gente deportada, gente a la que mataron”.