Llega la escritora moldava Tatiana Tîbuleac a la barcelonesa Casa Abacus arrastrando un tróley en plena gira española para hablar de su nueva y perturbadora novela, Cuando seas feliz, golpea tú primero, en la que aborda la relación entre un padre viudo, periodista durante la época soviética, y su hija Mila.
Tîbuleac se ha disculpado por pergeñar, de nuevo, una historia que sacude al lector, como ya ocurría con la exitosa El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, pero así es como escribe.
Publicada por Impedimenta y Amsterdam en catalán, Tîbuleac construye un relato sobre la memoria, las ausencias y las heridas que nunca se cierran, con dos protagonistas principales, un padre, que queda viudo en la capital moldava durante el régimen soviético, que bebe mucho y que debe hacerse cargo de una niña pequeña.
El lector verá cómo crece esta niña, Mila, y cómo ya de mayor, caídos los regímenes comunistas, emigra a París, donde tampoco tendrá una vida especialmente feliz.
La novelista comenta que, al principio, quería adentrarse en la generación de su padre, que era la que ya protagonizaba su otro título, El jardín de vidrio, donde mostró su lucha por recuperar el idioma de Moldavia, el orgullo y la identidad nacional, «huyendo de la rusificación».
Ahora se adentra por una Moldavia en transición, «una transición que no acaba nunca y es por ello que hay tantas dificultades», con años muy difíciles, tras la caída del Muro de Berlín, en los que «la gente perdió puestos de trabajo, empezaron los procesos migratorios e incluso hubo gente que empezó a venderse, a traficar». «Conseguimos todos aquellos valores que buscábamos, pero no nos supusieron estabilidad y yo quería escribir sobre lo que supuso para la generación de mi padre, pero también para aquellos que optaron por marchar, dos generaciones diferentes, aparentemente opuestas, pero conectadas por el miedo a ser felices, por la incapacidad de ser plenamente felices », ha dicho.
Su Mila, subraya, sería alguien que más que vivir, sobrevive, una mujer que es «muchas mujeres» que emigraron hace más de treinta años de países como Moldavia, en este caso a Francia, y que tienen que estar «constantemente demostrando que son mejor que los otros».
En las páginas de esta novela, por otra parte, muestra a una mujer alcoholizada, y no esconde que creció rodeada de alcohólicos, con un padre que también bebía mucho, y procedente de una familia que contaba con unas bodegas, aunque, remarca, nunca vio a sus abuelos borrachos.
«Quería hablar del alcoholismo en la mujer, porque es un tema oculto», ha considerado, y ha agregado que «ha llegado la hora de decirlo alto y claro, reivindicar que se hable de esto, no ocultarlo. El alcoholismo es una patología, que hay que tratar y ayudar a quienes la sufren».
Ha querido destacar que en Moldavia no se ve igual a una mujer alcohólica que a un hombre en estas mismas circunstancias, aunque se ha dado cuenta de que en España también ocurre lo mismo. «A mí -ha confesado- me gusta el vino y bebo y he tenido épocas en las que pensaba que con su ayuda podría escribir mejor. Quizás no he caído en el alcoholismo porque soy madre y piensas que no quieres que tus hijos te vean así».
En relación a la situación internacional, remarca que los moldavos están «muy preocupados» porque no están en la Unión Europea, ni en la OTAN, y «no les protege nadie, siendo como son sus vecinos».
—IRENE DALMASES

