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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

El escritor noruego publica El océano (Impedimenta), una novela configurada en forma de relato en presente sobre un mundo rousseauniano

En 1765 Rousseau es lo que hoy llamaríamos un intelectual cancelado: han quemado sus libros en París y Ginebra, una turba ha apedreado su casa, y cuando las autoridades de Berna lo alojan en un monasterio de la isla de San Pedro, en el lago de Bienne, más que refugio le conceden un arresto domiciliario. Steve Sem-Sandberg (Oslo, 1958) vuelve a esas seis semanas del autor de_ El contrato social_, un regreso oportuno porque aún vivimos en un mundo rousseauniano: la emoción antes que los hechos, la bondad natural que la sociedad desvirtúa, el exhibicionismo de la intimidad, la supeditación a la opinión ajena que él mismo denunció.

En ese mundo pervive su teoría del rumor: «No es preciso que nada sea leído, comprendido o mencionado siquiera para que una información falsa se propague», dice el narrador. Rousseau dejó escrito que en ningún otro sitio fue tan feliz. El Océano lo desmiente, y la grieta ya la había visto W. G. Sebald, que visitó la isla dos siglos después y tituló su ensayo con una cita de _Confesiones: «j’aurais voulu que ce lac eût été l’océan»,_ el deseo de que el agua lo aislara del todo. Recordaba Sebald que a Rousseau lo acosaron las visitas y que aun así creyó poder quedarse para siempre. De esa frase, el título de Sem- Sandberg retiene la última palabra y la vuelve ambivalente: «océano» es la medida de un alivio sin límites, el instante en que no hay frontera entre uno y el mundo, y es también el agua que, en las pesadillas de Rousseau, sube planta a planta hasta inundarlo todo. La gran decisión es mostrar un cuerpo enfermo. Rousseau padece retención urinaria que solo alivian las sondas de cera que Thérèse, su compañera, le introduce entre terribles dolores. Lleva seis años impotente, aunque conserva el deseo. Ese dolor le impide viajar, le roba el sueño y lo aleja de las visitas por si no puede contenerse. El filósofo de la transparencia vive pendiente de algo que debe ocultar, como los hijos que entregó al hospicio antes de escribir _Emilio_. Thérèse, que sostiene las sondas y lleva la cuenta de los hijos, es la primera en ver que la isla es una jaula, y la única cuyo reproche él no puede atribuir a un enemigo. El cuerpo desmiente así la leyenda de la isla feliz.

Sem-Sandberg lo llama relato, no novela: un solo bloque sin capítulos, en presente, sin marcas de diálogo, donde los recuerdos suben y bajan como una marea y afloran cartas, un testamento, un libelo. Caben en él la vida, las ideas y el herbario de Rousseau sin que ninguno mande sobre una prosa lenta y sensorial, que piensa desde el dolor y la vergüenza. Para poder quedarse prometió no escribir, y guarecerse en las plantas, que no requieren interpretación. El océano quebranta a su manera esa promesa. «El mundo es una mano cerrada y solo podemos convencerlo de que se abra mediante la palabra humana», reza una madrugada, arrodillado en el muelle.

—Marta Rebón