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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

LA editorial Impedimenta hace gala, además de seleccionar cuidadosamente los textos que publica, de otros aspectos que contribuyen a que la experiencia lectora se convierta en un auténtico placer. Los amantes de las buenas ediciones valoramos mucho la elección del papel utilizado, su textura y su color, así como la tipografía y la maquetación. Y qué decir de las imágenes que ilustran las portadas… En este caso, la escogida es Age of luxury, de Marisa Pons Avedikyan, toda una declaración de intenciones y un ingenioso spoiler de lo que nos vamos a encontrar en Cepillar al gato, que está en el mercado desde el pasado mes de marzo. Que las incomprendidas protagonistas de los trece relatos recopilados sean ancianas puede resultar extraordinario. Pero todavía lo es más el que se vean envueltas en situaciones a todas luces escabrosas, como son el suicidio, el incesto o la automutilación; o que hablen sin tapujos sobre sus relaciones sexuales y sus deseos más íntimos. Son mujeres en la última etapa de sus vidas que no se resignan a ser uno más de los muchos problemas que tienen sus familiares más directos, esos que en teoría deberían cuidar de ellas a estas alturas de la vida. Mujeres que tampoco quieren acabar en residencias, cárceles de áspero terciopelo, donde sus voluntades quedan al margen de toda toma de decisiones, ni en las casas de sus hijos, a veces convertidas en auténticos campos de batalla en los que, por un anhelo de protección excesiva, sus propios vástagos acaban arrebatándoles su adorada independencia. Mujeres que exigen que sus opiniones se tengan en cuenta. Mujeres que proclaman a los cuatro vientos que sus corazones, aunque encerrados en cuerpos decrépitos agostados por las arrugas, siguen latiendo a ritmo vivo cuando la libido se despierta, corazones abiertos a los impulsos primarios que rigen el comportamiento de todos los seres humanos, también el de las mujeres viejas. Jane Campbell, Mereyside, Inglaterra, 1942, publicó esta colección de relatos en 2018, nada más y nada menos que a los setenta y cinco años, e inmediatamente se convirtió en un auténtico fenómeno editorial. Poco tiempo después, en una entrevista en The Telegraph, vino a decir con toda la sorna del mundo que esperaba que toda aquella atención mediática se debiera a la calidad de sus textos y no a su edad, ya que era su ópera prima. No en vano, tan poco habitual es el hecho de que en sus relatos las mujeres viejas sean el centro alrededor del que giran todos los acontecimientos como el de que sea una anciana la autora de los mismos. Pero Campbell era conocedora de historias muy parecidas a las que han visto la luz gracias a la publicación de Cepillar al gato porque a lo largo de gran parte de su vida profesional como psicoterapeuta ha atendido en su consulta a multitud de mujeres que le han revelado, sin ningún tipo de filtro, experiencias que, si no iguales, son muy parecidas a las que hoy nos ocupan. Mujeres mayores que le han confiado sus miedos, sus anhelos o sus decepciones; pero también sus pasiones y sus ambiciones. Separando el grano de la paja, y añadiendo material ficticio que bien podría encajar en el perfil de sus pacientes, Jane Campbell consigue atrapar la atención del lector desde el minuto uno gracias a su prosa directa, a sus personajes hábilmente perfilados y sobre todo a lo inesperado de las temáticas que propone. Véase, si no, el relato titulado «Schopenhauer y yo», para comprender el terror que provoca en la protagonista su internamiento en el sistema de hipervigilancia de las residencias de ancianos, donde la individualidad de la mujer se diluye en rutinas infantiles y decisiones tomadas por otros. Abundando en el mismo tema, «Los fantasmas del confinamiento », que se desarrolla en un futuro distópico inmediatamente posterior a la pandemia, nos recuerda claramente al Big Brother de Orwell, hasta el punto de que la protagonista acaba preguntándose si «¿vivir así es vivir o simplemente es no estar muerta? ». Mujeres que, al mismo tiempo y a pesar de demostrar que todavía son autónomas física y mentalmente, exponen abiertamente ciertos temores a los efectos que en ellas produce el paso del tiempo, al deterioro de los encantos que tuvieron en épocas pasadas o a la pérdida de la elegancia que las identificaba, junto con otros más peregrinos que les duele reconocer, como los relacionados conel control de sus esfínteres, todo lo cual no hace más que sacar a la luz la vergüenza que sienten ante los avisos que manda el cuerpo de que el final se acerca. «El deseo de un viejo es repugnante, pero el deseo de una vieja es todavía peor. Todo el mundo lo sabe». Así de contundente es el inicio del primer relato, titulado «Susan y Miffy». La gran mayoría de quienes han escrito sobre Cepillar al gato han centrado sus trabajos en esta premisa, pero quizá se haya abusado de focalizarlo todo en esta afirmación tan rotunda, ya que otros temas, como el adulterio, son esenciales para la comprensión de relatos como «Lamia», «no se puede obligar a amar a alguien en concreto», o en «Lacrimae rerum», aunque de un modo menos evidente. En «Amabilidad», por su parte, la astuta protagonista se toma la justicia por su mano sin sentir ningún tipo de arrepentimiento posterior. El incesto sobrevuela «El Benteneo », mientras que la automutilación impregna otro que acertadamente lleva por título «El rasguño». Prácticamente la mitad de los relatos acaban con la muerte de sus personajes principales, nada extraño dada su avanzada edad; pero dos de ellas terminan suicidándose, lo que supone una contradicción con otra de las ideas sobre las que se sustenta Cepillar al gato, que la vejez no es para cobardes. Y si quieren conocer mejor cuáles fueron las intenciones reales de Jane Campbell al escribir estos relatos, no tienen más que leer el estupendo «Epílogo» en el que ella misma ofrece explicaciones muy de agradecer. Disfruten de esta lectura y reflexionen sobre todo lo dicho hasta ahora. Ajusten cuentas con los prejuicios que siempre han tenido sobre las mujeres viejas. Pónganse en su lugar y sincérense al respecto. No es fácil porque tendemos a pensar que a partir de cierta edad ellas ya no pueden tomar decisiones sobre su propio devenir. No es fácil porque creemos que han llegado a un punto en el que determinadas emociones ya no deben influir en sus vidas. No es fácil porque es complicado aceptar el hecho de que sus impulsos sexuales permanezcan intactos, a pesar de que sus cuerpos ya no sean lo que fueron. Más obsceno aún porque pensar en nuestras propias madres en este contexto de sensualidad y erotismo nos parece sencillamente inconcebible, pero es así. Los personajes de estos trece relatos son madres, y abuelas en algunos casos. Y por impertinente que pueda resultar recordarlo, ninguna de ellas es extraterrestre, simplemente son seres humanos que pelean por no acabar siendo invisibles para los demás.

–Jesús Villel.