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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

En «Cuando seas feliz, golpea tú primero», un retrato de las mujeres de su generación y su país en los años noventa, ahonda en el dolor y las heridas que deja la muerte del padre

a felicidad es un germen extraño. Un privilegio. Un sentimiento que Occidente da por descontado pero que es un bien escaso. Tatiana Tîbuleac no se engaña y saber que lo primero que te arrebata la vida es la felicidad. La autora reflexiona sobre aquellas generaciones que la precedieron y conoce, porque se lo contaron, también porque lo ha vivido, que la dicha es una impresión fugaz que te pueden arrebatar en cualquier momento. «Comparto ese miedo a ser feliz, porque en esta parte del mundo, Europa del Este, la felicidad es algo muy raro y existe la idea de que debes aprovechar cada minuto de ella porque alguien te la va a robar. De ahí viene el nombre». El nombre al que hace referencia es el título de su última novela. La autora de «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes» y «El jardín de vidrio», Premio de la Unión Europea de Literatura, dos obras que exploran las geografías de lo familiar y lo doméstico, regresa con «Cuando seas feliz, golpea primero» (Impedimenta), una reflexión, a través de la historia de Mila sobre la figura paterna, el duelo y los abismos que el tiempo abre entre los padres y los hijos. «Mi padre era una persona ocupada, pero no necesariamente feliz. Se entregaba a todos, menos a su familia».

La protagonista se marcha y el padre muere solo y abandonado. ¿Cómo se vive con esa cicatriz?

Todos aprendemos a vivir con remordimientos. Yo estaba en París cuando mi padre falleció. Teníamos una buena relación, pero murió solo. No estuve allí porque falleció de un ataque al corazón, algo difícil de predecir. Pero esta metáfora del padre que muere solo no proviene de mi vida personal. Es la maldición de los padres que tienen hijos migrantes. En Moldavia y Europa del Este, cuatro o cinco generaciones atrás, la gente nacía en un pueblo, crecía en un pueblo, tenía a sus padres al lado y a sus primos cerca. Se tenía cierto control sobre las familias. Y, por suerte para mi generación, se inventaron Facebook y Zoom. Eso alivia mucho, pero, obviamente, no puedes ir de París a Chisináu en 20 minutos. En ese sentido, creo que muchos padres murieron solos. Los hijos llegaron, algunos a tiempo para verlos morir, pero la mayoría, no. Recuerdo haber hecho un reportaje sobre los primeros años de la migración, donde muchos migrantes moldavos enterraron a sus padres por teléfono. No tener documentos en el extranjero significaba que si uno regresaba para enterrar a sus padres, ya no volvería. El padre de mi libro muere solo en nombre de todos los padres que han muerto solos. Una de las cargas de los padres es estar preparados para morir solos.

Mila, su protagonista, emigra.

Es una migrante de la primera ola migratoria, la que trajo intelectuales de esos países a Europa, pero intelectuales que nunca lograron trabajar en sus profesiones para realizar la vida que tenían. Mila sabe que haría cualquier cosa para sobrevivir. Ella no es solo una mujer, sino todas las mujeres que emigraron del Este, durante los años de locura que siguieron a la disolución de la Unión Soviética, intentando encontrar una nueva vida. No puedes amar a Mila por completo. Hay gente que la odia, que dice que es misógina, grosera, alcohólica, que juzga a todo el mundo, y es cierto, pero no la podría haber hecho diferente, porque estas no son personas que estén viviendo la mejor versión de sí mismas. Son personas que tienen que sobrevivir más que vivir.

Es muy real…

Habla libremente y trae todos los prejuicios y partes malas a la obra, porque quería que la gente entendiera que a veces, no importa qué elección hagas en la vida, puedes terminar como Mila. No es solo tu elección. Puedes hacer todo bien, puedes estudiar, puedes trabajar duro, puedes estar dispuesto a expandir tu mente y aun así te puede ir mal en la vida. Los inmigrantes son lo que se les permite vivir, no lo que pretenden vivir.

Ella proviene de la generación que sigue a la caída del Muro de Berlín en 1989.

Todas esas cosas por las que luchamos estaban allí de repente. Pero los trabajos vinieron con una pobreza horrible y con mucha criminalidad. No creo que Europa Occidental se dé cuenta de cuánto afecta la criminalidad en la gente sencilla. Lo ves en las películas y dices, guerra, mafia, asesinatos, pero las personas se vieron muy afectadas durante esos años por bandas criminales. La gente sencilla fue la primera en ser robada, violada y perder sus posesiones.

Mila quiere a su padre, lo admira, pero, a la vez es capaz de reconocer el enorme daño que le ha causado a pesar de todo.

No es un padre muy presente, no es el tipo de padre que sabe criar bien a sus hijos. Es soltero, alcohólico, poeta, periodista y, ya sabes, escritor, lo que significaba que en ese tiempo estaba mayormente en casa, pero no es un maltratador, no odia a Mila. Si lo colocas a este padre en su época, cuando los niños no esperaban que sus padres hicieran nada por ellos, porque la idea es que se hicieran adultos muy rápido y asumieran responsabilidades rápido, no es tan malo. Mila no sufrió abusos sexuales ni fue golpeada ni abandonada sin comida. Es una relación típica de los niños de mi generación. Sus padres están ahí pero aun así ausentes debido a los trabajos, debido a las carreras. Solíamos hacer muchas más cosas por nosotros mismos desde una edad muy temprana, ya sabes, entre nuestras obligaciones, muy temprano, teníamos que cocinar para nosotros mismos, ir solos a la escuela, hacer todo lo que significaba tareas, actividades por nosotros mismos. Los padres estaban ahí para guiarnos, pero no para darnos el apoyo que se da hoy.

¿Su padre es similar al que aparece en el libro?

En su mayor parte mi padre era así, solo que yo tenía una madre y él no dejó una familia. Siempre oí hablar de lo brillante que era, lo interesante que era, que era un buen poeta y un buen periodista… Él esperaba que yo fuera como él ya a los nueve o diez años. Tal vez eso me convirtió en la escritora que soy, pero en otro modo, soy esa niña del libro, porque tal vez al escribir este libro, de alguna manera recupero ciertas cosas que no tuve. Cuando era más joven y todavía no había tenido hijos, tenía más cosas que reprocharle a mi padre. Ahora, siendo madre, entiendo que algunas cosas se repiten, porque es propio de la naturaleza humana no comprender algo profundamente hasta que uno se encuentra en la misma situación.

En su libro escribe «que vivir con dolor es peor que la muerte». Una frase bastante dura.

No le tengo miedo a la muerte. Esto viene de mi familia. Mis abuelos lograron escapar del gulag. Regresaron con una hija que se convirtió en mi madre. Así que para ellos, hablar de la muerte es diferente a como habla hoy un chico de 20 años y que le tiene miedo porque todos a su alrededor hablan de la muerte como lo peor que te puede pasar. He crecido rodeada de personas que vivieron situaciones terribles, con dolor, humillación, tragedia, viendo morir a sus hijos delante de sus ojos. La muerte nunca me pareció peor que eso. Crecí con gente que rezaba por la muerte y que decía que, en lugar de seguir así, era mejor morir. Eso me marcó.

¿Cómo?

Me da miedo convertirme en una carga para alguien, que una enfermedad me convierta en una carga para mis hijos, en lugar de simplemente morir. En muchos sentidos, la muerte es más fácil que vivir cosas que te matarán lentamente Es una posición personal y no hay que extrapolaría, claro. Mis abuelos pensaban así y eso se hereda.

Uno de los temas que aparecen en el libro es la vulnerabilidad que padecen las mujeres en los países del Este y la violencia sufren en sus vidas.

Ahora empezamos a tener nuevas generaciones de chicas que no toleran la violencia de los hombres. A las niñas se les enseña a decirle que no a un hombre, que no quieren tener relaciones sexuales y que el consentimiento debe ser mutuo. Tenemos sociedades donde las mujeres pueden recibir ayuda sin ser avergonzadas, porque la época de la que hablo en el libro no era así. Si una niña era violada, era su culpa. Significaba que no hablaba bien, no caminaba bien, no se vestía bien; un hombre no lo pensaba dos veces antes de golpear a una mujer, a una esposa o a una hija, o incluso a otra mujer, porque se consideraba ella lo había provocado. La violencia en la sociedad moldava, y no me da miedo extenderla a Rumanía, Ucrania o países similares, estaba arraigada en las viejas costumbres. La generación de mis abuelos siempre consideró aceptable que un marido golpeara a su esposa para disciplinarla. Existía un sinfín de ejemplos folclóricos que glorificaban esta violencia.

¿Y a los hijos? ¿También estaba esto presente en la educación?

Los padres golpeaban a sus hijos. Era normal. Si no lo hacían se consideraba que no les importaba su educación, ya que se creía que la educación, a través de la violencia, era el mejor camino. Cuando los niños crecen, lo hacen con los mismos prejuicios, las mismas ideas. Ahora es diferente. Las mujeres están más preparadas. Tienen más educación, la sociedad está de su lado, la ley está de su lado. La violencia en Moldavia todavía existe. Es mayor que en Latinoamérica. Me sorprende descubrir en otros países europeos, como en Alemania, que la violencia es muy alta allí. Como escritores, como figuras públicas sociales, tenemos que denunciar esto.

¿Rusia? ¿Qué supone para usted la guerra actualque hay ahora en Ucrania?

Al no estar en la OTAN, es muy probable que haga a Moldavia más vulnerable. Mi país está habituado al miedo a ser conquistado y acabar en cualquier momento como una república militar.

—Javier Ors